[Leyendas Urbanas] La llorona de los velorios en Villa Nueva

Escribe: Prof. Luis Luján

Villa Nueva es una ciudad situada en el Departamento General San Martín, provincia de Córdoba, en el centro de Argentina. A comienzos del siglo XIX, propietarios de la zona solicitaron al Gobernador Juan Bautista Bustos que decretara la creación de una localidad en la margen sur del río Tercero o Ctalamochita, y este accedió en octubre de 1826, recibiendo los terrenos donados de la estancia de la Familia Ferreyra.

Sus habitantes suelen guardar celosamente sus creencias y costumbres, pero el progreso social hace que algunas cosas se modifiquen sustancialmente y, muy especialmente, los velorios. Estos son una práctica que el hombre ha realizado desde tiempos remotos, que es nada más ni nada menos que el culto a sus muertos.

Muchas veces acudían en los velorios esos personajes a los que llamaban “la llorona”, algo así como mujeres que se las contrataban para llorasen todo el tiempo.

Muchos años atrás no existían las casas mortuorias, y cada familia velaba a sus seres queridos en un ambiente en sus propias casas. También se recuerda el velatorio de los angelitos, un rito algo extraño para esta época que se realizaba cuando un niñito se iba al cielo. Y muchas veces acudían en los velorios esos personajes a los que llamaban “la llorona”, algo así como mujeres que se las contrataban para llorasen todo el tiempo en que durase el rito.

Nuestros abuelos nos narraban cosas extrañas respecto a las lloronas, pero ese término tiene otros orígenes más mitológicos o legendarios.

En nuestro país, se dice que la llorona era una mujer que había matado a sus hijos arrojándolos al río. Ella se suicidó por el motivo de los sentimientos de la culpa por sus acciones. Se la describe como una mujer alta, vestida de blanco.

Cuando aparece, no se le puede ver su cara, aunque en algunas ocasiones los pies parece que flotaran en el aire. Se aparece por los caminos lanzando grandes lamentos que enloquecen a los perros.

Los relatos cuentan de un espíritu que hacía dar miedo a las personas que andaban por ahí, buscando las almas de sus hijos y que, cuando esto pasaba, todo el pueblo se encerraba dentro de su casa y se escuchaba el llanto doloroso de la llorona, y los perros se enfurecían y ladraban mientras ella paseaba por las calles.

Y esa llorona provocaba unos sonidos que hacían temblar las costillas de las pocas personas que estaban presentes.

Lo cierto es que, de tantos relatos de la llorona, ninguno causó más estupor en Villa Nueva que el hecho sucedido a un hombre que hoy tiene más de noventa años y que aún recuerda con miedos y llantos.

Tenía él unos quince años cuando falleció su abuela. La estaban velando en su casa, del otro lado de la avenida Libertad. Era un hogar muy humilde, en donde tenía una amplia habitación que solía ser utilizada como cocina y comedor. Allí predispusieron todo para velar a la anciana que, según decían las malas lenguas, se creía que practicaba magia negra.

Sin lugar a duda la mujer, en vida, se la conocía como la única curandera del pueblo, y todos acudían a ella, no solamente para sanar algunas enfermedades, sino para lograr algunas pócimas mágicas para enamorar o provocar el mal a otras personas. Se cree que practicó la hechicería por más de setenta y cinco años en la región, y se dijo que ella había pactado con el Maligno en su corta juventud.

Y como muchos vecinos le temían de vida, pocos fueron a su velatorio. Entonces, ese joven creyó que alguien había llevado a una mujer para que llorase ante la carencia de lágrimas en el lugar. Y esa llorona provocaba unos sonidos que hacían temblar las costillas de las pocas personas que estaban presentes, pero nadie se atrevía solicitarle que llorase en otra frecuencia que no dañase los oídos.

El hombre recuerda que, a pedido de un vecino que no podía dormir por el llanto, tuvo que dirigirse hacia esa mujer a solicitarle que cese de llorar. Cuando se acercó y la mujer giró su cabeza en dirección al muchacho dejó al descubierto un rostro, algo que jamás olvidará mientras viviese, pues, era la fisionomía de una calavera con algo de piel agusanada, con extrañas bolas rojizas como sangre en la cavidad de sus ojos.

Aún hoy, según relato del anciano, se suele oír el llanto de la llorona, aunque la casa fue derrumbada hace más de veinte años.

La llorona, al ser descubierta, salió corriendo a una velocidad que ninguno de allí pudo describir, y desapareció en la oscuridad de la noche. Los pocos presentes quedaron pasmados ante el asombro. Nadie pudo encontrar una respuesta a eso, solamente se lo atribuyeron al pasado tenebroso de la difunta y a su relación con las sombras del mal. Lo cierto es que el llanto de la llorona permaneció en la sala y nadie supo de dónde provenía.

Aún hoy, según relato del anciano, se suele oír el llanto de la llorona, aunque la casa fue derrumbada hace más de veinte años. Pero si uno osa en pasar de noche por la vereda y pronunciar el nombre de su abuela, la llorona lo perseguirá y no lo dejará en paz hasta que pronuncie diez veces el mismo nombre, en posición penitente, de rodillas y con los ojos cerrados sin contemplar su rostro, el de doña Isabela.

Recién ahí cesará su llanto, aunque lo perseguirá en sus sueños más profundos.

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