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[Miradas] El Sabelotudo…
Ayer, escuchando radio, me crucé con una definición espléndida del sabelotudo. Hay miles y están en todas partes: en redes, en streaming, en cualquier mesa de debate. Es la evolución natural del panelista de TV, ese que no sabe de nada, aunque hable de todo.
Escribe: Félix Vera
Lo vimos en pandemia, opinando de vacunas como si fueran sommeliers de laboratorios, expertos en microbiología y, de paso, estrategas de geopolítica.
El sabelotudo no disimula su ignorancia, más bien la exhibe con orgullo. Nunca leyó un libro completo, jamás entendió las teorías que cita y defiende, como tampoco pisó una facultad. Prefiere inventar sus propias reglas y presentarse como autoridad absoluta, y cree y afirma que eso es “libertad”.
Se autopercibe líder de opinión, aunque en realidad solo lidera su propio ego. Siempre tiene listo el decálogo de razones, comenzado por la más importante: la culpa siempre es de los otros.
Cuando elige su público, busca a gente menos leída para lucirse con frases de Séneca o citas mal memorizadas de Nietzsche. Pero si se cruza con alguien que sabe, cambia la estrategia.
Confronta, grita, desvía, porque su especialidad es vaciar el debate de contenido, y si todo termina en insultos o con un golpe sobre la mesa, mucho mejor.

El sabelotudo no debate, coloniza. No conversa, ocupa.
No le importa la razón, le importa el impacto emocional. Su autoridad no surge del conocimiento, sino del ruido y la repetición, por eso es que lo domina una moral religiosa.
En una sociedad que confunde información con comprensión, su voz estridente termina pareciendo verdad.
A fuerza de repetir, construye realidades y lo político y la política se degrada en griterío, la convivencia democrática se convierte en un ring, y gana quien grita más fuerte.
Al final, parece que el sabelotudo está ganando. No porque tenga razón, sino porque arrastra todo a su nivel de ignorancia y simplificaciones. Y ahí, en ese barro, la tragedia no es él.
La tragedia somos nosotros, que lo escuchamos.