[Miradas] Hablar en nombre de… la gente: La tiranía de las mayorías

Esta afirmación no es un reflejo de una realidad compleja, sino un acto de voluntad, donde una idea particular se eleva al estatus de verdad colectiva, disolviendo en el proceso la legítima pluralidad de pensamientos y experiencias.

Escribe: Félix Vera

En el fragor del debate público, aparece una pretensión singular: la de hablar en nombre de todos.

Un individuo, con acceso a un micrófono, una cámara o una tribuna de cualquier tipo, asume la potestad de enunciar «lo que piensa la gente«, «lo que la gente siente«, o «lo que la gente demanda«.

Esta afirmación no es un reflejo de una realidad compleja, sino un acto de voluntad, donde una idea particular se eleva al estatus de verdad colectiva, disolviendo en el proceso la legítima pluralidad de pensamientos y experiencias.

La tiranía de las mayorías

Este empleo del término «la gente» no busca describir una realidad preexistente, sino construirla de manera conveniente y convincente.

El mensajero no se limita a informar sobre la opinión colectiva; su propósito es instalar una sola perspectiva como la verdad dominante, utilizando el viejo método de la repetición de esta supuesta opinión, lo que termina generando una ilusión de consenso.

El receptor, vos, yo, de ese mensaje, escuchando al animador, puede llegar a internalizar esta afirmación, asumiendo que, si «la gente» (siempre en abstracto, como un conjunto indeterminado) la sostienen, debe ser cierta, haciendo que este mecanismo contribuya a solidificar una determinada visión del mundo, presentándola como universal y objetiva.

La lógica inherente a esta apropiación se manifiesta con particular crudeza en la descalificación de la disidencia. Se establece que si una opinión, por escasa que sea su base de apoyo real, logra posicionarse como la de la «mayoría», entonces cualquier otra perspectiva deja de tener valor o se la debe bancar, porque “perdió”.

Cuando una idea difiere de la presunta «verdad mayoritaria», a menudo es devaluada y descartada. Es como si la validez de una idea dependiera exclusivamente de su popularidad o, en la actualidad, de su viralidad percibida. En este escenario, la diversidad de pensamiento desaparece; o si logra aparecer, no es bien recibida, sino por el contrario, la disidencia se percibe como un obstáculo que debe ser neutralizado para mantener una fachada de uniformidad. De ahí, al pensamiento único, hay un paso muy pequeño.

Verosimilitud, emoción y el farabute de bar

Un aspecto crítico de esta estrategia es la ausencia de un sustento argumental robusto. La «verdad» que se busca imponer, lejos de edificarse sobre datos rigurosamente verificables, se basa en datos verosímiles. Esto implica el uso de afirmaciones que, aunque puedan sonar lógicas o plausibles a primera vista, no resisten un escrutinio profundo o una contrastación exhaustiva. En otras palabras, pueden ser verdades o mentiras a medias, “sabiamente” utilizadas para sostener un argumento.

Esta «verosimilitud» es intrínsecamente relativa y se construye de manera siempre selectiva, eligiendo hechos aislados, anécdotas o interpretaciones parciales que, sin ser estrictamente falsas o verdaderas, son presentadas de forma que resulten creíbles y contundentes, además de funcionales a la narrativa deseada.

Esta dinámica de apropiación y construcción de «verdades» no se limita al plano racional, por el contrario, explota y exacerba siempre respuestas emocionales. Al invocar a «la gente» o al segmentar el espectro social mediante dicotomías simplistas y emocionalmente cargadas (bien/mal, salvación/condena, pasado/presente), se apela directamente a la identificación afectiva o a la indignación compartida.

Las «verdades» verosímiles, al carecer de un sustento lógico profundo, no buscan la persuasión racional, sino la adhesión emocional.

Es aquí donde el farabute adquiere una relevancia crucial. Este individuo no solo consume la narrativa prefabricada porque cree o le reporta algún beneficio, sino que la afirma como verdad incontestable, amparándose en la autoridad de «tal medio» o «tal animador social».

Este animador social (periodista, locutor, tiktocker, youtuber, la vecina, “los servicios”), cuyo impulso puede ser tanto la convicción genuina como tan solo el mero oportunismo instrumental, proporciona una validación que el farabute propaga en su entorno. Al hacerlo, transforma el eco mediático en un coro popular y le confiere a la narrativa una legitimidad informal, consolidando su hegemonía sin necesidad de un andamiaje argumental complejo. Todo se resume a que lo dijo fulano en la radio o en la tele, o lo peor, lo vi en TikTok.

La complejidad contemporánea añade capas a esta verosimilitud. La proliferación de noticias falsas (fake news), la viralidad de los memes que simplifican temas complejos en formatos altamente digeribles, y las capacidades de la inteligencia artificial para generar contenido indistinguible de la realidad, operan precisamente en esa línea difusa entre la realidad y la fantasía.

Estos dispositivos no solo apoyan la narrativa impuesta, sino que la refuerzan, ofreciendo «pruebas» o «testimonios» que, aunque generados o distorsionados, contribuyen a la ilusión de un consenso inquebrantable.

La fragilidad de la verdad

Este entramado de apropiación de la voz colectiva y construcción de verdades verosímiles nos sitúa en un escenario donde la distinción entre lo que es y lo que se pretende que sea verdad, se vuelve cada vez más difusa.

La omnipresencia de narrativas que se presentan como el sentir unánime, el descrédito sistemático de cualquier matiz disidente y la potencia de la emoción sobre la razón, se transforma en un terreno fértil para la proliferación de visiones simplificadas y polarizadas de la realidad.

Ya no se trata ya de debatir ideas, sino de adherirse a identidades, validadas por el eco de voces que replican un mensaje único y conveniente.

En este panorama, la capacidad de diferenciar el consenso genuino de la simulación de unanimidad adquiere una relevancia ineludible. Reconocer que la «verdad» puede ser un constructo performático, apoyado en la verosimilitud y amplificado por la repetición irreflexiva de terceros, es un acto fundamental.

Frente a la insistencia de voces que, por convicción o por conveniencia ocasional o instrumental, proclaman verdades absolutas cimentadas en una supuesta mayoría o en la autoridad de un «animador social», el verdadero desafío radica en la preservación de la capacidad crítica.

Esto implica tener que andar hurgando, casi poniéndonos en detectives, para determinar qué es realmente real, qué es una mentira, o qué es un constructo puramente oportunista.

Mantener la distancia, interrogar la supuesta obviedad y resistirse a la comodidad de la adhesión, se nos presenta como una defensa indispensable contra la impostura de la voz única, portadora de la verdad.

Es en esta vigilancia constante, es donde reside la posibilidad de percibir y sentir la complejidad que, de otro modo, quedaría sepultada bajo el peso de un monólogo colectivo reconfortante o chocante, pero siempre fabricado.

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