[Miradas] La honestidad en caída: Mentime, que me gusta

Honestidad. Qué bien suena. Qué poco se usa. Qué mal se la aplica. Algunos políticos, muchos, ya la borraron para siempre de su pequeño diccionario de bolsillo. La estrategia de algunos es resucitarla, darle un par de cachetadas para que se despabile un poco. A lo mejor, quién dice.

Escribe: Germán Giacchero

“Yo solo sé que soy honesto”, dice el intendente de un pueblo.

“Soy honesto”, repite por enésima vez un gobernador.

“No soy corrupto”, vocifera un presidente.

Honestidad. Qué palabra esa.

Algunos políticos, muchos, ya la borraron para siempre de su pequeño diccionario de bolsillo.

La estrategia de otros es resucitarla, darle un par de cachetadas para que se despabile un poco. A lo mejor, quién dice.

Honestidad. Qué bien suena. Qué poco se usa. Qué mal se la aplica.

¿Acaso ser honesto no debiera ser la condición natural de un candidato para desempeñarse en un cargo público? Por supuesto que sí. Pero pareciera que no.

¿Sirve de algo gritar que se es honesto ante una tribuna descreída o en medio de un ejército de funcionarios sospechado de corrupción o de amistades peligrosas con el poder? Quizás sí, tal vez no.

Y lo que es más importante, ¿todos los que vociferan su honestidad tienen pruebas de ello? Gran interrogante.

Por eso, no debe resultar extraño que la palabra esté en extinción en boca de candidatos, en plataformas electorales o eslóganes políticos. Pobre. Ni quienes han lucrado tanto tiempo con ella la usan ya para hacer marketing.

Solo unos pocos atrevidos, caraduras o, en realidad, tipos honestos se atreven. Pero cada vez resulta menos posible distinguir entre unos y otros.

Nos han relatado tantos cuentos para ir a dormir, que ya nos dormimos de nada.

Hermosas fábulas y leyendas donde se combate a los ogros de la inflación, a los monstruos de una economía inestable y a los duendes malvados que atentan contra la salud, la educación y el trabajo.

Entre los grandes narradores de la historia debiera otorgárseles un lugar de privilegio a toda nuestra clase dirigente. Sin excepción, sea casta o anticasta.

Qué pena que nosotros nos hagamos los distraídos y pensemos que nada tenemos que ver con la agonía de la honestidad.

Hastiados de tantas mentiras y de promesas incumplidas, la honestidad ha perdido sentido.

Pisoteada y bastardeada a lo largo de siglos, parece estar escribiendo su epitafio. Con nuestra indiferencia, claro.

Cada tanto, alguien ejercita primeros auxilios con ella, pero es inútil. No basta la respiración boca a boca para salvar a un enfermo terminal.

Honestidad brutal

Pedimos honestidad y después nos resignamos. A la falta de ella, claro.

Pero, de igual manera no estamos preparados para una dosis extra grande de honestidad cruda y sin concesiones.

Toda la existencia de nuestra sociedad se cimenta en una serie de creencias, teorías pseudocientíficas y mitos que damos por verdaderos. Su derrumbe sería el desplome de nuestra forma de vida.

Pero sin ir tan lejos, no estamos preparados ni nos gustaría escuchar certezas de boca de quienes pensamos que nos mienten siempre.

¿Qué pasaría si alguien rompiera con el molde tradicional? ¿Le creeríamos o no?

Vivimos entre mentiras y renegamos de ellas, pero no soportaríamos lo contrario.

La honestidad brutal duele, descoloca, enoja.

Nos mienten porque en parte aceptamos la mentira como regla de juego. Por resignación, comodidad, indiferencia o por lo que fuera.

Y mal que nos pese, todavía nos vamos a dormir con los cuentitos de siempre, donde los finales felices abundan.

Pero, la realidad es otra.

Mañana será otro día. Y habrá que pensar en ganar el mango como se pueda, en cómo haremos para que no falte de comer, en la interminable lista de los problemas que nos aquejan.

¿No será mucho hablar de honestidad, transparencia y eficiencia?

Nada es casualidad.

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