[Miradas] La narrativa del poder: Relatos, emociones y viralidad

El poder no necesita ser verdadero para imponerse, le basta con parecerlo, porque la verdad dejó de ser su fundamento y se convirtió en su herramienta. En el presente, lo que realmente importa no es lo que se dice, sino quién logra adivinar el tono exacto de la emocionalidad, y que, por supuesto, los demás lo crean.

Escribe: Félix Vera

La narrativa, lo que hasta hace poco se le llamaba, despectivamente “relato”, en realidad es el territorio donde se disputa el sentido de las cosas, ese espacio invisible que define lo posible y lo imposible, lo aspiracional y lo real, lo que quisiéramos ser y lo que verdaderamente somos.

Dominar la narrativa significa moldear la percepción colectiva, y quien logra hacerlo puede anticipar los resultados antes de que sucedan.

Ya no hace falta ejercer la violencia cuando el relato penetra las conciencias y naturaliza lo que el poder necesita mantener, aunque siempre el poder avisa, mediante acciones concretas, que sigue detentando el monopolio legal y legítimo de la violencia, rompiendo algún hueso o gaseando a un jubilado que “protesta”.

La hegemonía ya no se impone con la fuerza, sino con una historia que parece verdadera incluso cuando no lo es. En ese juego de espejos, defenderse es casi siempre perder. Quien se justifica demasiado confirma la sospecha que pretendía disipar.

Los arquitectos del poder moderno conocen bien estos métodos y los explotan con precisión. Saben que la inocencia o corregir errores, no genera interés, pero la culpa de otros, sí. Por eso se fabrican dudas, porque la duda moviliza, distrae, debilita. Mientras la verdad se ocupa de demostrar, el poder ya instaló otra versión de los hechos y el ciclo vuelve a empezar.

La política contemporánea ya no busca convencer, sino emocionar

La política contemporánea vive atrapada en esa dinámica. Ya no busca convencer, sino emocionar. Lo que circula no son ideas, sino climas. Lo que se impone no es la coherencia, sino la intensidad. El discurso se vuelve espectáculo, la comunicación sustituye a la acción y el consenso se reemplaza por la viralidad.

El poder gobierna los estados de ánimo antes que los territorios, y en esa administración de lo emocional se define su verdadera eficacia, una nueva lógica que las ideas tradicionales, las estructuras partidarias históricas todavía no lograron entender y aceptar hasta ahora.

La era de la posverdad no tan solo algo que se declama, tampoco trajo consigo la muerte de la verdad, sino algo que pocos perciben, su domesticación. La verdad se volvió un recurso estratégico, convocado solo cuando sirve para legitimar y descartado cuando incomoda.

No hace falta escarbar mucho para descubrir que ya no se organiza en torno a proyectos, sino en torno a percepciones, emociones. El liderazgo ya no se mide por la profundidad de una idea, sino por la capacidad de sostenerse en la escena. El “yo” del dirigente reemplazó al “nosotros” del pueblo, y la comunidad política se transformó en una audiencia y los actos de gobierno, en entretenimiento.

En ese escenario, el poder no necesita controlar los hechos, porque controla el modo en que esos hechos son interpretados. Una trastabillada absurda, se la muestra como algo disruptivo, en un triunfo de la nueva forma de enfrentar la realidad. Una crueldad, como acto justo y necesario. Esa es la operación más eficaz del poder simbólico: transformar el presente en una ficción que parezca inevitable.

Cuando los gobiernos se justifican demasiado, cuando intentan explicar o desmentir, terminan cediendo el terreno de la percepción al adversario. En el barro comunicacional no gana quien tiene razón, sino quien logra que su barro parezca tierra firme.

En el barro comunicacional no gana quien tiene razón, sino quien logra que su barro parezca tierra firme

El poder contemporáneo se sostiene sobre una paradoja. Es frágil y efímero, pero al mismo tiempo tiene una capacidad infinita de regenerarse. Vive del conflicto que produce, de la indignación que alimenta y del caos que necesita para sobrevivir. Se fortalece en la confusión porque en la confusión reina.

La ciudadanía, atrapada en esa marea, oscila entre la fascinación y el hartazgo, entre la necesidad de creer y el cansancio de haber creído.

La política de la narrativa ha desplazado a la política del proyecto. Los gobiernos se vuelven relatos que duran lo que dura el interés del público. La palabra pierde su peso, la verdad su valor, la memoria su sentido. Todo se mide en la velocidad con que algo se olvida.

Y, sin embargo, persiste una pregunta que el poder no puede sofocar. ¿Qué sucede cuando ya no necesita convencernos, sino apenas distraernos? Tal vez el desafío no sea disputar la narrativa del poder, sino recuperar la capacidad de reflexión que el poder teme, ese instante donde la palabra se detiene y la ficción se derrumba.

Porque, en definitiva, el poder no teme al error. Teme al silencio que puede desarmar su relato.

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