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Premios & presos políticos: Reconocimientos al borde del absurdo
El Nobel de la Paz a Obama, el Premio “Rodolfo Walsh” a Chávez por su aporte a la libertad de expresión o el Premio al Ciudadano Global al expresidente presidente Mauricio Macri, fueron claros ejemplos de que todo premio es político, no caben dudas. Que sean son justos o merecidos, es otra cosa. Que rocen la incoherencia o no se ajusten a la realidad, también.
Escribe: Germán Giacchero
Hay una vieja deuda (entre tantas otras) que la humanidad no podrá saldar jamás con un ciudadano argentino. Jorge Luis Borges, el viejo carcamán, reaccionario y gorila, sí, pero también brillante y lúcido intelectual como pocos, se fue a la tumba sin recibir el premio Nobel.
Fue un eterno candidato. Pero, la organización priorizó siempre sus ideas políticas antes que la luminosidad y trascendencia universal de su obra literaria para justificar su mirada esquiva.
Pero, el mismo comité de selección no tuvo ningún dilema en otorgar el Nobel de la Paz al expresidente norteamericano Barack Obama por su “labor” en Oriente Medio. A diferencia de otro ex primer mandatario como Donald Trump, a quien se le puede reprochar millones de cuestiones, el demócrata primer presidente negro nunca dejó de hacer la guerra y enviar tropas para imponerse a sangre y fuego.
Incredulidad y vergüenza ajena
Así, con una finalidad bien determinada, pero a contramano de la realidad, al borde de lo absurdo, de la mano del oportunismo o como reconocimiento a la incoherencia entre lo que dicen y hacen los ovacionados, son otorgados numerosos premios, distinciones o reconocimientos que provocan sensaciones encontradas: desde la incredulidad y la sorpresa hasta la vergüenza ajena y la indignación.
Sensaciones compartidas por quienes, solo por dar un ejemplo entre tantos, vieron azorados cómo el expresidente de Venezuela ya fallecido, Hugo Chávez, recibía de la Facultad de Periodismo de La Plata el Premio “Rodolfo Walsh” por la Comunicación Popular.

Se lo reconocía por su lucha a favor de la libertad de expresión. Pero nada se decía del silenciamiento de los opositores políticos, el encarcelamiento de decenas de periodistas, las clausuras de una treintena de emisoras radiales y de TV y la prohibición de cantantes y artistas que no comulgaban con su gobierno.
Hebe de Bonafini, la presidenta de Madres de Plaza de Mayo, recibió la misma distinción académica.
La incansable luchadora por los derechos humanos recibió la escultura que reproduce el libro “Operación Masacre” en medio del escándalo desatado por las denuncias en su contra por presunta defraudación al Estado y lavado de dinero a través de la Fundación que preside en el marco del programa de viviendas “Sueños Compartidos”.
Es decir, Bonafini encabezaba una organización acusada de uso indebido de millones de pesos otorgados por el gobierno nacional, pero se la reconocía por su “compromiso fehaciente con la verdad y los valores democráticos”. En la Facultad argumentaron que el premio había sido decidido antes de que estallara el caso. Pero, igual significó un oportuno baño de respaldo político para la dirigente social.
Nada casual
Son sensaciones también compartidas por quienes asistieron desprevenidos ante la novedad del otorgamiento del premio “Ciudadano Global 2018″ al presidente Mauricio Macri por parte del “Atlantic Council” (Consejo del Atlántico), en Nueva York.
Los motivos oficiales del premio hablaban del “incansable compromiso y dedicación desinteresada para con su país y su gente a través de la reforma económica y la revitalización del país mediante una política pragmática que busca renovar las relaciones de Argentina a nivel mundial”.
Pero, esos fundamentos resultaban algo débiles o confusos en un momento de crisis económica, política y social que atravesaba el país, fogoneada por un dólar incontrolable.

La entidad otorgadora no era una cooperadora presidencial ni mucho menos una organización aséptica, sin necesidad de beneficios políticos. El Consejo del Atlántico es una especie de brazo ideológico del libre mercado, la globalización y el ADN imperialista estadounidense, palanqueada por corporaciones como Chevron, Ford, Lockheed Martin y Coca Cola, entre otras.
Y cuenta con un historial de personalidades en su directorio que va desde Henry Kissinger hasta Ronald Reagan, con todo lo que esto implica.
«Ahora estamos haciendo los deberes», decía Macri mientras sonreía en la gala al lado de la entonces mandamás del Fondo Monetario Internacional, Christine Lagarde.
La “inclusión en el mundo” de la cual tanto se jactaba Macri fue la razón primera por la que recibió el premio. Y nos iba a costar caro. Es que impulsaba tras de sí una cadena de endeudamiento por décadas y una mayor dependencia de Argentina con los designios de Estados Unidos y el resto de las potencias junto con sus espadas financieras como el FMI.
Presos políticos
Milagro Sala se encuentra detenida desde hace cinco años y forma parte del listado de “presos políticos” por los cuales varios sectores del kirchnerismo reclaman su liberación.
Manifiestan que “fueron “detenidos ilegal y arbitrariamente por el macrismo”. El exvicepresidente Amado Boudou también integra ese compendio de funcionarios acusados, procesados o encarcelados por actos de corrupción.
Sala recibió en 2016 de parte de la Facultad de Filosofía de la Universidad Nacional de Córdoba, el Premio “José María Aricó”. Le fue concedido por su “compromiso social y político” y en reconocimiento por su “vasta obra social junto a los sectores más humildes y relegados del norte argentino”.

En los fundamentos se mencionaba “el contexto de persecución política de la que es objeto su persona”.
Es cierto. A través de la organización Tupac Amaru se construyeron viviendas, escuelas y otros edificios para sectores postergados del pueblo jujeño. Eso fue posible gracias a las transferencias de fondos desde el Estado, mediante distintos programas durante el kirchnerismo.
Pero, también es cierto que la organización actuó como “un estado paralelo” de la que el 10% de la población de Jujuy formaba parte.
Entre las numerosas causas que enfrentó o afronta, aparecen presuntos delitos como irregularidades en la adjudicación de viviendas construidas en el marco de planes federales, asociación ilícita, extorsión y fraude a la administración pública. Eso, más allá de la instigación a cometer delitos y tumulto, en el marco de una protesta, por la que fue detenida en primera instancia.
Boudou y el lawfare
El exvicepresidente Amado Boudou recibió en 2018 el premio “Jorge Morresi” junto a otras personalidades «por su trayectoria en defensa de los Derechos Humanos». La distinción fue otorgada por el gremio ATE en la Legislatura porteña.
Ya en 2012, cuando Comodoro Py le ponía los ojos encima, el entonces vice había recibido un premio en Ginebra (Suiza) en nombre de Cristina Fernández, la primera mandataria, Fue de parte de la Unión Internacional de Telecomunicaciones.
En febrero de este año, se conoció que recibió una especie de premio por “estímulo educativo” y un juez redujo su condena en 10 meses. Alegó que Boudou realizó diferentes cursos y talleres durante su detención.

No fue un premio en sí, pero de alguna manera es un reconocimiento: el ex funcionario expuso, a partir de una invitación previa, en un seminario de la carrera de Ciencias de la Comunicación de la UBA.
No solo criticó su situación judicial, sino que apuntó contra jueces, fiscales, medios de comunicación y el macrismo por el denominado “lawfare”.
“¿De qué estamos hablando cuando hablamos de lawfare? Podemos hablar de jueces que condenan a los que no tienen que condenar, o medios que publican noticias falsas y esconden noticias importantes. Yo creo que hablamos de la democracia condicionada”, remarcó Boudou, entre otras apreciaciones.
Cabe recordar que se encuentra con prisión domiciliaria, condenado por un hecho de corrupción en el marco de la causa Ciccone.
Pese a quien le pese
La vida en democracia permite la pluralidad de expresiones. Quienes otorgan los galardones o convocan para clases magistrales están en el derecho de hacerlo a su gusto. Lo que no resulta sensato, vale repetirlo, es la pretensión de legitimar a los agasajados forzando una sola mirada de la realidad y buscando velar parte de la verdad que se oculta tras la condecoración.
Por más premios o halagos que se les otorgue, deben responder a la ley por los delitos de los que se los acusa. El hábito no hace al monje, por más que así parezca. Y nadie debería creer estar por encima de la ley.
Le pese a quien le pese. Y se llame como se llame.