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[Pronóstico del Tiempo] El cielo que nos volvió locos
Hay una vieja frase de pueblo que dice que en el interior cordobés no tenemos estaciones, sino que vivimos en una tómbola atmosférica. Sin embargo, en el último tiempo, el clima de Villa María dejó de ser una simple charla de ascensor o el clásico latiguillo para romper el hielo con un desconocido. Hoy, mirar al cielo se convirtió en un ejercicio de observación cotidiana y, por qué no, en el escenario de misterios que ni los manuales tradicionales de geografía logran anticipar.
Pasamos, casi sin anestesia, de veranos infernales con el termómetro clavado en los 40 grados a la sombra y la demanda energética al límite, a transformarnos en una especie de trópico pampeano.
Todavía está fresco en la memoria el hito climático de abril de 2026, un período que pateó el tablero de las estadísticas locales. Según los registros históricos, la ciudad acumuló la impactante cifra de 230 milímetros de agua.
Aquella copiosa racha, consolidada definitivamente el sábado 25 de abril, destruyó un récord de precipitaciones que se mantenía invicto desde hacía más de cuatro décadas, cuando en abril de 1980 cayeron 203 milímetros.

Los informes técnicos de las estaciones meteorológicas locales y los relevamientos de la cuenca confirmaron que se trató del abril más lluvioso en la ciudad de los últimos 70 años. En unas pocas semanas cayó el agua equivalente a todo un trimestre, alterando las dinámicas productivas de la región y obligando a Defensa Civil a abrir las válvulas del dique Piedras Moras para contener el caudal del Río Ctalamochita.
Adivinando el tiempo
Ante tanta incertidumbre meteorológica, los villamarienses activamos nuestros propios mecanismos de lectura ambiental. Están los «científicos de bar», esos que juran que la rodilla o el dolor de espalda son más precisos que cualquier alerta del Servicio Meteorológico Nacional. Y están los nostálgicos que todavía conservan en la repisa del comedor el mayor misterio de la física popular: el eterno lobo marino de Mar del Plata.
Ese souvenir de yeso, que compite palmo a palmo en el imaginario colectivo con los radares de última tecnología, encierra un secreto que cruza la ciencia con la magia hogareña. ¿Cómo hace para ponerse rosa justo antes de que se largue el chaparrón sobre la Plaza Centenario, y regresar al azul brillante cuando el sol limpia el horizonte?

No hay brujería ni mitología paranormal. Las hojas de divulgación química elemental explican que el truco detrás del adorno radica en una fina capa de sal de cobalto, un compuesto altamente sensible e higroscópico.
Cuando la humedad de nuestra región aumenta y el aire se satura, el mineral cambia su estructura molecular y vira de color. Un verdadero laboratorio de bolsillo que resiste el paso del tiempo en los hogares cordobeses.
Impredecible
Vivimos en una ciudad donde se puede salir a la mañana con bufanda y volver al mediodía con la campera bajo el brazo, renegando contra el viento norte.
El tiempo en Villa María se ha vuelto un vecino impredecible, complejo para la planificación urbana y agropecuaria, pero siempre sorprendente. Desde la mirada académica y la vinculación territorial que ejercemos día a día, entender estos fenómenos nos invita a reflexionar: quizás el verdadero misterio no esté solo en las nubes, sino en nuestra capacidad para interpretar la ciencia cotidiana, mirar al cielo con atención y, por las dudas, salir siempre con el paraguas en la mano.
- Recopilación, redacción y arreglos: Mg. Hernán R. Allasia
Director del Centro Universitario Mediterráneo (vinculación UNVM-FUNESIL)