[Llanto, dolor y risa] La eterna contradicción de ser argentinos

Escribe: Germán Giacchero

Argentina es un país infectado de paradojas, fagocitado por contradicciones y plagado de dualidades.

Destila opulencia desde su mismo nombre, que significa plata, pero su historia está marcada por la escasez.

Es el reino de la abundancia y de las riquezas que desvelaron a conquistadores e inmigrantes europeos por igual, pero su destino parece trazado por la ausencia, la carencia y la necesidad.

En el “granero del mundo” que podría alimentar a buena parte de la población mundial, hay niños y niñas que se mueren de hambre.

Argentina ocupa posiciones de privilegio como productor de semillas y sus praderas, cada vez más concentradas en menos manos, figuran entre las más fértiles del globo.

Pero los millones de hectáreas de soja sembradas no pueden saciar el hambre de su gente.

Sobran las contradicciones entre el país que quiso ser y el que es en realidad, la oposición entre su abundancia y escasez, su anhelo primermundista y su realidad de callejón.

Se encuentra entre las naciones líderes como productor mundial de carnes y cuenta con millones de cabezas de ganado, pero la carne es casi inaccesible para bolsillos insolventes.

Genera miles de toneladas de lana cada año, pero abrigarse en invierno insume todo un presupuesto.

Sobran las contradicciones entre el país que quiso ser y el que es en realidad, la oposición entre su abundancia y escasez, su anhelo primermundista y su realidad de callejón.

Singularidades de un país que se creía condenado al éxito, que como Narciso terminó enamorado de su propia imagen falsa y que, debilitado de tanto espejismo, terminó dándose de lleno contra la implacable realidad.

Una realidad que, por fortuna, aún nos da márgenes para poderla cambiar.

¿Podremos? ¿Sabremos? ¿Querremos?

Eterna contradicción

Somos los creadores de esa nebulosa compleja, complicada y tantas veces desentrañable y doliente que es la realidad argentina.

Somos los argentinos una especie de ambidiestros sociales, bipolares políticos, piscianos culturales, superclásicos deportivos.

Somos diablillos traviesos con caras de angelitos, ángeles celestiales abandónicos del paraíso, o falsos profetas en la tierra prometida.

Una parodia lastimosa de Dr. Jekill y Mr. Hide, la sombra eterna y el Big Bang. El yin y el yan, el agua y el aceite, el polo sur y el extremo norte, cara y cruz, Babilonia y el Vaticano. Un modelo de Frankestein mil veces disuelto, y mil veces vuelto a armar.

Víctimas y asesinos de nuestros propios sueños. Hacedores e impedidores; prometedores e incumplidores; monarcas del granero del mundo y reyes desnudos de las tierras fértiles trabajadas por los más pobres y explotadas por los más ricos.

Víctimas y asesinos de nuestros propios sueños. Hacedores e impedidores; prometedores e incumplidores; monarcas del granero del mundo y reyes desnudos de las tierras fértiles trabajadas por los más pobres y explotadas por los más ricos.

Grandes emprendedores, pequeños embaucadores, torpes inversores, grandes deudores, críos aprovechadores.

Fanáticos de los espejos, aduladores de espejismos. Creadores de los récords más absurdos; saboteadores de los proyectos más sensatos y maravillosos.

Un juego de dualidades a la enésima potencia. Una división ilógica, una contradicción eterna, una grieta absurda, un oxímoron caprichoso, un corazón partido.

Un sentido común fisurado, una ideología en formación, una herida abierta y que sangra. Un río que no halla su camino hacia el mar, un horizonte que no encuentra su final.

Todo eso somos, y más, claro.

Un país de locos, sí, pero es el país que supimos conseguir.

¿Lo podremos cambiar?

O, aunque sea, ¿mejorar?

Compartir:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *