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Un despropósito llamado «Ansés», el silencio del que no se habla
Escribe: Miguel Andreis
Entre otras cosas, esta pandemia puso al descubierto la carencia de sentido común con la que se gobierna. Y esto sin exclusiones. Un poder central que ha perdido su brújula y ha dejado, por su propia impericia, que se instale la industrialización de la sospecha. ¿Es el coronavirus la problemática más acuciante que tenemos los argentinos? Si nos dejamos llevar por la influencia mediática, sin duda que la mayoría de los ciudadanos responderíamos que sí. Es una temática monocorde y por momentos desorientadora por las contradicciones con las que el poder nos maneja. Enteramente todo parece centralizarse en la lucha contra el citado virus COVID 19 y lo demás llevado a un segundo plano. O más lejos todavía. Economía, desocupación, despidos, cierres de empresas y negocios. Daría la impresión que no se ha tomado en cuenta la exposición que implica un país parapléjico, y una economía de anemia en cercanías al coma. Basta señalar que solamente en un mes, tomando CABA y uno de los cordones del conurbano, de ocho millones de personas que se alimentaban en comedores sociales solidarios, la cifra creció a 11 millones. En el medio, un Ejecutivo que no puede dar respuestas porque aún no ensambló una nueva estructura de servicio social, ya que, a los otros funcionarios, acertadamente, dieron de baja por compras con sobreprecios. Si este hecho de putrefacción se formalizó en la peor etapa histórica de la Nación, ni pensar lo que sería en buenas épocas. Lo concreto es que les pidieron a los líderes de los movimientos sociales que esperaran un poco más hasta que pudieran poner en funcionamiento la cadena que manejará los recursos. Olvidando que el hambre no espera. El hambre siempre es de ayer y antes de ayer también.
¿¡Quién piensa en lo que viene!?
Podríamos llegar a suponer que, si bien se trata de una situación inédita para nuestro país, y con indisimulables parámetros de gravedad, por momentos y ante los resultados expuestos una mil veces por día, el efecto del pánico que se trata de imponer, parece haber logrado su objetivo. Sin embargo, en Argentina hay enfermedades mucho más peligrosas y letales, por lo menos hasta el momento en que toma cuerpo este escrito. Logramos, como jamás en la historia paralizar nuestra nación, posiblemente no pocos de los que habitan el poder, prefieran aferrarse
al coronavirus, que, de última, podrán argumentar y con elementos concretos, que en todo caso es lo que les llegó de afuera y nada tiene de competencia el sillón que ocupa el presidente. Ahora bien, ¿Podrán decir lo mismo con lo que pueda potencialmente devenir como causa de una economía que puede llevar a consecuencias tan inciertas como inimaginables? Las contrariedades apabullan.
Y entre tantas incongruencias podemos citar que la cuarentena o aislamiento forzado, no fue mensurado para todos de igual manera. Groseros errores que luego tratan se subsanarse, terminan siendo una constante. Bastará recordar aquel desolado fin de semana donde se “mando” a casi dos millones de jubilados en todo el país, a cobrar su misera jubilación, sin protección alguna.
Del discurso a la realidad
Se alude reiteradamente que casi un 54% de la población está por debajo del índice de la pobreza. Posiblemente así sea. Casi todos los que allí podemos encontrarnos enmarcados, de alguna manera, tenemos relación con una de las instituciones nacionales de los cuales depende un porcentaje avasallante de personas de semi marginados: Jubilados, Pensionados; quienes reciben subsidios del estado, discapacitados, trámites esenciales, emergencias y un interminable etc. Podría señalarse que algo más de 20 millones de personas estamos enmarcadas bajo la operatividad del ANSES. Curiosamente, sus puertas están cerradas casi desde el mismo dictado de la cuarentena. No hay respuestas. Todas las indicaciones recaen en un número telefónico, casi imaginario, el 130. Habrá que insistir centenares de veces – sin exageración alguna- para que ya aturdidos de silencios, una máquina con voz latosa te exprese cualquier cosa menos lo que cada quien pretende averiguar. ¿No se pensó en eso?
¿Quién determinó cerrar el ANSES?
Si los bancos han trabajado y están abiertos, con ciertos y lógicos condicionamientos que le dé protección a quienes están en el lugar, léase empleados o clientes. Si los supermercados atienden también acotadamente y bajo parámetros racionales; cómo puede explicar el Gobierno nacional, de él depende tal ente, que la entidad que mayor número de ciudadanos engloba, permanezca con las puertas cerradas. ¿Es que hemos perdido el más elemental de los sentidos, que es el sentido común en cuanto a lo que implica gobernar?
Nadie puede pretender que se ponga en riesgo la salud o vida de los que allí atienden, los que allí se desempeñan, pero que se tomen todas las precauciones pertinentes, y se piense en los millones de connacionales que tienen necesidades urgentes e impostergables y no encuentran en lugar alguno, una respuesta simplemente coherente. No tienen dónde concurrir.
Se escucha permanentemente, con una demagogia casi revulsiva, hablar de qué tenemos que cuidar a los jubilados, a los de tercera edad, a los indigentes, a los pobres, a los desocupados, a los que carecen de recurso para la más denigrante sobrevivencia… Bien, todo ellos, absolutamente todos, precisan del ANSES. Ahora, ingresaremos en un estiramiento de la cuarentena, muy posiblemente hasta el 10 de mayo. Aún se desconoce qué ocurrirá con esta institución, si continuará con las persianas bajas como hasta el momento o, imitarán a los bancos u otros puntos de aglomeración. ¡Basta de decir que piensan y actúan para dar respuestas a la gente!
Responsables del ANSES, en cualquiera de los órdenes, directivos o gremiales, no se puede manosear a un pueblo que precisa de ustedes, cuasi, como los que tienen su existencia en severos riesgos. ¿Todavía consideran que el mismo es un botín político? Mala señal, señores, mala señal.