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«Panchito», un ejemplo de inclusión y compañerismo
La inclusión y la diversidad de las personas con capacidades diferentes en los ámbitos educativos y laborales aumentan las posibilidades para estas personas, además de ser beneficiosa para toda la sociedad. Un ejemplo de ello, es Panchito, quien hace casi un año trabaja en una panadería y, a los 15 días de estar trabajando, se ganó el corazón de la familia de Marcelo Montoya, dueño del lugar.
Escribe: Carolina Durand
Francisco “Panchito” Alanis tiene 21 años, nació con síndrome de Down y cursó sus estudios secundarios en el Instituto Bernardino Rivadavia. Le gustan las milanesas con puré, el fernet con coca, Abel Pintos y Sergio Dalma. Hace natación martes y jueves y trabaja hace casi un año en la panificación.
Él, es el ejemplo vivo de que las capacidades diferentes no son motivo para pensar que quienes las tienen, deban tener una vida acotada o restringida.
Incluir es generar oportunidades
De acuerdo a los últimos datos estadísticos privados de este año, el 13% de la población de Argentina tiene algún tipo de discapacidad y, de las que se encuentran en edad laboral, el 75% se encuentra desocupada.
Asimismo, de acuerdo a estos estudios, más del 70% de las empresas radicadas en Argentina no tiene como empleados a personas con discapacidad, y menos del 40% de las firmas cuenta con una política que promueva la inclusión laboral frente a la discapacidad.
Estas cifras deberían alertar para sentarse a pensar como sociedad y como estado, qué proyectamos y qué concretamos, respecto a la diversidad y la inclusión. El prejuicio, muchas veces elaborado sobre un fundamento erróneo y por falta de información, termina generando barreras cuya raíz es el desconocimiento.
Vivimos rápido, descansamos poco, sentimos banalmente y nos olvidamos de disfrutar, aprender y dar las gracias por las pequeñas cosas que nos rodean día a día, y nos acompañan en todo momento.
Panchito solía ir a la plaza Capitán de los Andes a ver a otros jóvenes a andar en bicicleta. Así conoció a Carlos, uno de los hijos de Marcelo Montoya, dueño de la panadería Lor-Car. La mamá de Pancho pidió a Fernando Pereyra, director de Comercio e Industria municipal, con el lanzamiento del programa PPP , si habría posibilidades de que su hijo se inserte laboralmente con el programa, y así darle la oportunidad de socializar, generar nuevos vínculos y trabajar.
El lugar para que el joven tuviera esta experiencia sería la panadería de Montoya, quien al ser consultado sobre incorporarlo, accedió de inmediato, puesto que ya había oído de Pancho y tenía referencias positivas, aun sin conocerlo ni tratarlo.
Buen compañero
“Cuando me lo ofrecieron, me dijeron, ‘es especial’. Y así fue, a la semana de conocerlo me di cuenta en lo especial que se había convertido para nosotros y a las dos semanas estaba compartiendo la mesa con mi familia, acompañándome a tomar café a los bares, pintando de buen humor y alegría la panadería, generando vínculos con sus compañeros, con los proveedores y con los clientes”, relató Montoya, el reconocido panadero.
El síndrome de Down es una alteración genética que se produce en el momento de la concepción y se lleva durante toda la vida. No es una enfermedad ni padecimiento. Sus causas son desconocidas. Cualquier pareja puede tener un hijo con síndrome de Down. Uno de cada mil niños nace con este síndrome.
Esta alteración, también llamada trisomía 21, hace que dentro de los 23 pares de cromosomas que todas las personas tenemos, aquellas con síndrome de Down tengan 3 cromosomas en el par número 21. Debido a esto, aparecen capacidades intelectuales diferentes, y será en esta instancia en la que la estimulación temprana y la contención familiar como primer núcleo de vinculo, ayuden a que un niño con estas características pueda socializar permanentemente e insertarse en la cotidianeidad de todos.
Café… y a trabajar
“Tuve que aprender cómo se hacen las cosas en la panadería. Ahora hago pan negro y pan para lomo. Enmanteco las bandejas y embolso las tostadas. Hago todo mi trabajo y a veces me voy cuando termino y otras me quedo acompañando a Coky y a Carlos, mis compañeros”, contó Panchito.
“La intención era acompañarlo y resguardarlo, pero al pasar los meses, su voluntad y su intención de trabajar a la par de todos nosotros, nos sorprendió total y gratamente. No se cansa nunca. Es muy voluntario y despierto. Él pone la chispa mientras trabajamos, excepto las veces que lo hacen enojar y se empaca, es bravo”, comentó Montoya.
El dueño de la panadería, 50 años, cuatro hijos, quien empezó a los 11 años en el rubro para poder comer y sobrevivir siendo tan solo un niño, destacó: “La mayor capacidad de Francisco que puedo destacar es lo amable y cariñoso que es. Siempre está observando y mirando si estás bien o mal, se arrima te da un abrazo, un beso, te pide que te tranquilices y te da paz. Eso no lo provoca cualquier persona”.
“Mis hijos están grandes, por lo que antes de entrar a su horario (de 9 a 13) solemos ir a tomar un café, charlar y si nos demoramos, a las 9 remarca que es tarde y que hay que ir a trabajar”, concluyó el panadero.
Y ahí nomás se fueron a trabajar.