La Municipalidad de Villa María presentó la quinta edición de...Leer más
La Municipalidad de Villa María presentó una nueva oferta de...Leer más
La Municipalidad de Villa María informó que el intendente Eduardo...Leer más
La Municipalidad de Villa María presentó una nueva oferta de...Leer más
Los acusados rechazaron las imputaciones y apuntaron a la complejidad...Leer más
Desde muy chica, en Villa María, María Emilia Gil supo...Leer más
[24 de marzo] El origen de otra tragedia: la política económica
Escribe: Julio César Nieto
Para marzo de 1976, el país venía de sufrir el primer coletazo económico de su historia, el “Rodrigazo”, que trajo una devaluación del 160%, entre otras medidas de semejante gravedad.
La política vivía una etapa de creciente violencia con atentados y enfrentamientos de grupos guerrilleros (ERP y Montoneros) que agravarían la estabilidad institucional llevando al golpe cívico-militar del 24 de marzo de 1976.
José Alfredo Martínez de Hoz, nacido el 13 de agosto de 1925, pertenecía a una de las familias conservadoras y tradicionales del país. En su propia residencia, en 1866, se fundó la Sociedad Rural Argentina.
Martínez de Hoz
El 29 de marzo, Martínez de Hoz es designado ministro de Economía de la Nación por la Junta Militar. Su nombramiento se decidió primeramente por sus relaciones internacionales, la simpatía de la clase alta y sectores financieros con necesidad de un “guiño”.
Su desembarco arrancó con un sorpresivo crédito del FMI por 110 millones de dólares, iniciando una bola de nieve que nunca acabó.
El 2 de abril de 1976, Martínez de Hoz presentó su “Programa de recuperación, saneamiento y expansión de la economía argentina” que consistía en 3 ejes:
- Inflación
- Deuda Externa
- Recesión
Los “Tres Incendios” como los llamó en su momento terminaron saliéndose de control, llevando al país a una etapa de caos con secuelas hasta la actualidad.

Una receta conocida
En marzo de 1976, el país que desde 1975 se encontraba en recesión, había iniciado un peligroso incremento de la deuda para financiar el déficit fiscal y asomando el temible fantasma de la hiperinflación.
La receta aplicada (muy parecida a la actual) consistió en: devaluación, dólar alto, incremento de los salarios nominales -pero siempre por detrás de la inflación-, preocupación por sostener el nivel de empleo (ajuste sin despidos) y acuerdos de precios.
La devaluación inicial favoreció al sector agropecuario, que creció fuertemente por dos años y mejoró la balanza comercial argentina. La actualización de las tarifas de los servicios públicos, entonces en manos del Estado, disminuyó el enorme déficit fiscal.
Evitar la hiperinflación, controlar la fuga de capitales y comenzar la recomposición de reservas fue considerado un “éxito” en el inicio. Pero sobre el final de 1976, la inflación comenzó a repuntar y llevó a la famosa tregua de precios por 120 días llevando al gobierno a una excesiva política en controles de precios.
Esas medidas tuvieron un efecto boomerang: las tasas de interés llegaron a ser superiores a la inflación; llevando así a un desencanto de las clases concentradas que en su momento apoyaron la designación del flamante ministro, logrando un distanciamiento de los sectores empresariales casi a nivel general.
El historiador Roberto Cortes Conde nos dice que “muchos empresarios se habían acostumbrado a créditos con tasas inferiores a la inflación, que en la práctica eran un regalo o un subsidio. El encarecimiento de la tasa de interés tuvo un fuerte impacto en la industria, que bajó la producción; en 1978 hubo recesión”.

La famosa “Tablita”
Para evitar la pérdida de competitividad empresarial es cuando aparece la famosa «tablita», es decir, una devaluación programada, gradual y conocida (crawling peg).
El “crawling peg” implica una devaluación progresiva y controlada de la moneda por parte del Banco Central. La idea es que la devaluación esté predeterminada y la tasa de cambio sea conocida con anterioridad.
En rigor, consiste en una serie de devaluaciones progresivas que tratan de ubicarse por encima de la inflación, pero siempre evitando dar saltos bruscos en el valor de la divisa. Bajo este esquema, el tipo de cambio se va moviendo de acuerdo a una pauta que fije la entidad monetaria.
Las últimas veces que se utilizó este mecanismo fue bajo la gestión económica del exministro Axel Kicillof, cuando el gobierno kirchnerista buscaba compensar la pérdida de competitividad de los últimos años, en donde la inflación le había ganado por lejos a la suba del dólar; y durante la gestión de Guido Sandleris en el Banco Central desde septiembre de 2018 hasta el 10 de diciembre de 2019.
En los años de Martínez de Hoz (1976-81) los capitales comenzaron a ingresar en dólares, compraban pesos, se colocaban en tasas de interés superiores a la inflación y mucho mayores que la devaluación, por lo que podían comprar poco tiempo después muchos más dólares y fugarse.
Era la «bicicleta financiera» que convivió con un espectacular atraso cambiario, lo que creó la sensación de la «plata dulce».
En 1981, acorralado por la Junta y los mercados, Martínez de Hoz abandonó la tablita y devaluó, poco antes de dejar el cargo al terminar la presidencia de Videla.
El nuevo presidente, Roberto Viola, y su ministro, Lorenzo Sigaut, debieron enfrentar mercados que estaban convencidos de que la devaluación seguiría. El ministro lanzó su frase tristemente recordada: «El que apueste al dólar perderá». Se desató una espiral hasta entonces inédita de devaluaciones seguidas por inflación.
La injusticia de la deuda

El período 1976-1983 inauguró el primero de los dos grandes ciclos de endeudamiento del último medio siglo. Las políticas económicas aplicadas en primer término por José Alfredo Martínez de Hoz y posteriormente por Lorenzo Sigaut, se basaron en un modelo de valorización financiera.

Hacia fines de la dictadura, el 17 de noviembre de 1982, se llevó a cabo la estatización de la deuda de los grandes grupos empresarios privados. Deuda que ascendía a USD 14.5 mil millones.

La mayoría de los préstamos contraídos por las empresas privadas que generaron dicho monto, se trataban de meras registraciones contables entre las casas matrices y las sucursales radicadas en Argentina, es decir, auto-préstamos y maniobras fraudulentas.
Al finalizar la dictadura, la deuda había aumentado un 500%. La misma había ascendido de 8,2 mil millones en 1976, a 45 mil millones en 1982, constituyendo parte de la “bola de nieve” que recibirían las administraciones posteriores.
El resto es historia conocida.