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[Carta de un hijo que te extraña] Papi, pateá la pelota hasta el cielo…
Pasaron 15 años desde la última vez que te vi. Hoy, siento la necesidad de publicar nuevamente este texto que escribí pensando en vos. Cuando te fuiste de acá para acompañarnos desde el cielo. O como se llame el lugar donde se alojan las buenas personas como vos, una vez que la vida decide hacer una pausa.
Escribe: Germán Giacchero
Mi viejo se llamaba Enrique Osvaldo Giacchero.
Él me advirtió mil veces que, si pateaba la pelota hacia arriba, debajo de un árbol inmenso, en algún momento quedaría atrapada en una rama. Pero lo hacía igual, ante mi pedido infantil de “Papi, pateá la pelota hasta el cielo”.
Y el fulbito se quedaba encajado, y yo lagrimeaba, y él me consolaba. Qué iba a imaginar entonces que la pelota nunca iba a llegar hasta el cielo. A ese mismo cielo que él alcanzó el lunes 7 de marzo de 2011.
Mi viejo no solo pateaba la pelota hasta el cielo. Me hacía los barriletes con caña y los maravillosos colores de River, me compraba las figuritas en el kiosco de la esquina, me llevaba en su bicicleta enorme a primer grado y luego se iba a trabajar a la carpintería, el único oficio que tuvo toda su vida.
Y el que nunca quiso enseñarme. Quizás porque quería otra cosa para mí, tal vez para que no repitiera algunos sinsabores de la vida si llegaba a encariñarme con el martillo, las sierras y las maderas.
Los sinsabores, se sabe, llegan igual en la vida, se sabe. Pero, uno siempre quiere evitarlos para las personas que ama.
“Carpintero, dejame tocar tus manos, que tantas cunas hicieron, carpintero, carpintero…”, canturreó alguna vez, un 19 de marzo, su día y el de todos los carpinteros. Y con sus manos grandes y fuertes no solo hizo mi cuna, que fue la de mis hermanas también.
Además, construyó casi todos los muebles de casa: la mayoría de ellos aún resisten incólumes el abrazo del tiempo. Y varios juguetes de mi primera infancia, como ese camioncito de madera que aparece en casi todas las fotos de mi primer año.
Sus manos enormes, y a veces ásperas por la rutina del trabajo, se volvían pura ternura cuando cobijaban los cuerpitos tibios de sus nietas recién nacidas. Y la temida torpeza dejaba paso al gesto más dulce cuando las abrazaba o jugaba con ellas.
“Soy mejor abuelo que padre, ¿no?”, solía bromear.

Mi viejo era el tipo al que una úlcera le atravesó el estómago de tanto tragarse los sinsabores de la vida, luego de estar un tiempo sin trabajo. Aún me acuerdo cuando sus hermanos –mis tíos- lo llevaron para que se curara una tarde soleada de otoño.
Y de cuando una vez sano, se devoraba flanes y postres de chocolate enteros que le preparaba mi tía Chola, mi madrina, que, a decir verdad, era la madrina de todos, porque cada vez que nos visitaba repartía regalos para cada uno de nosotros.
Mi viejo ironizaba diciendo “¡Viva la abundancia!”, cada vez que veía que algo se derrochaba en épocas de escasez, que no fueron pocas, y yo por detrás gritando “¡Viva la ambulancia!”.
Él me enseñó que “La manteca no es para los gatos”, cuando había dos cosas que no se correspondían. Y es verdad. La manteca no es para los gatos.
Mi viejo era el padre que se amargó tanto cuando unos turros me afanaron la bici a las dos semanas de tenerla. La que tanto había costado y que estaba destinada para que no me cansara tanto para ir y volver del cole a la casa de mi abuela Mercedes, donde viví algunos años.
Mi viejo era el mismo que yo gastaba con el peso de la herencia y la genética. Sobre todo, por su calvicie y mi futuro de pocos pelos. Y él se reía. Como esa vez que se había entusiasmado con Carlitos Menem, en el 89. Pocas veces lo había visto tan alegre, contagiado de optimismo, cuando como casi la mitad del país cacheteado por la hiperinflación pensaba que se venía un gran cambio. Y como casi la mitad del país terminó un tanto desilusionado.
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Mi viejo hacía los mejores asados. Y era la más justificada excusa para juntarnos en familia un domingo, tanto como para zafar de prender el fuego y hacerme cargo por completo de la parrilla, a pesar de las críticas que llegaban desde la barricada femenina.
No hubo intercambio de honores. Qué se le va a hacer. En el traspaso de genes, no hubo nada que transmitiera esa pasión criolla al máximo. Pero claro, yo me encargaba del vino. Todo no se puede hacer en la vida…
Mi viejo no aguantaba la vida en departamentos y le tenía poca estima a los ascensores. Siempre, siempre extrañaba su casa y su cama, cuando estaba en plan de peregrinaje para visitar a sus hijos y nietas o para someterse a un listado de exámenes médicos, que soportó sereno a pesar de algunas pocas quejas.
Mi viejo era un hombre, por lo general, callado, reservado. Pero cuando se enfadaba, por ahí, se hacía escuchar. Como cuando pegaba un par de gritos o mostraba las “Sorpasso” número 45 para amedrentar hasta el más insolente que jodiera mucho en horas de la sagrada siesta.
Mi viejo no usaba despertador alguno para madrugar. Él nos despertaba a todos a la vida. Su único “vicio” eran los puchos. Malditos puchos…
Sí, era un tipo de pocas palabras y muchos silencios, quizás porque la vida no había sido del todo generosa con él en su infancia y adolescencia. Tenía la mirada más bondadosa de todas y la más seria cuando algo lo hacía enojar. Aunque eran las menos.
A veces, era algo terco, poco demostrativo de sus inmensos afectos. Pero lo que realmente importa es que era, sobre todo, un buen tipo. El tipo más bueno que conocí. Y honesto. Y leal. Si es que esos valores tan agraviados sirven hoy para algo.
De tan discreto que fue, quizás para no hacernos sentir mal por los dolores de su enfermedad, casi nunca se quejaba. Hasta las últimas horas de vida sostuvo que estaba bien, que solo le dolía un poco, cuando en verdad sabíamos que su malestar le estaba propinando una tremenda paliza.
Su procesión iba por dentro. Siempre había sido así. Y esta vez no iba a ser diferente. Hasta que su grandioso corazón dijo basta…
Hoy, te mando un gran abrazo, como ese que algunas veces olvidamos o postergamos darnos, quizás porque siempre creemos vamos a ser inmortales y eternos.
Ya no te puedo pedir “Pateá la pelota hasta el cielo”. Pero fijate que alguna debe de haber por allá. Dale que desde arriba debe ser más fácil… Dale que yo la atajo…
Dale que pronto te la vuelvo a alcanzar…