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[VIDEO] Heriberto Pronello, creador del Huayra y un ícono del automovilismo: “Villa María y Villa Nueva son mis lugares en el mundo”
El diseñador y constructor de autos de competición Heriberto Pronello habló de todo en una entrevista con EL REGIONAL. A sus 90 años, el creador del Huayra Pronello Ford, conducido alguna vez por Carlos Reutemann, trabaja en el diseño de la Liebre IV, implementando tecnología moderna en un vehículo deportivo para la calle. En una charla íntima en su reciente paso por Villa María con los periodistas Germán Giacchero y Roberto Alassia, con quien tiene una amistad de hace muchos años, habló de sus pasiones, anhelos y recuerdos inolvidables.
Escribe: Germán Giacchero
Pronello se llama Heriberto. Tiene 90 años y, aunque nació en Morteros, vivió en Mar Chiquita, reside en Buenos Aires y goza de reconocimiento internacional, asegura que sus lugares en el mundo se encuentran al lado del río Ctalamochita, en Villa María y Villa Nueva.
Pronello es una marca registrada en el mundo del automovilismo. Es como esas denominaciones que trascienden al producto y por sí solas garantizan un sello de calidad.
No es exagerado afirmar que marcó un quiebre en el deporte motor argentino, de la misma manera que un tal Juan Manuel Fangio lo hiciera en la actividad de los pilotos.
Su historia con el diseño automotriz comenzó con la adquisición de un lavadero en calle Corrientes, en pleno centro de la ciudad, donde hoy una placa recuerda su legado.
Tenía 19 años y una pila de sueños, tantos como metros de superficie poseía ese enorme terreno, donde levantarían un galpón para empezar a “hacer cosas”.
Por ese entonces, alternaba su actividad con sus viajes a Córdoba para cursar en la facultad. Tiempo no le sobraba.
“Posiblemente fue la época más productiva de mi vida o muy cerca de eso, porque fue un momento también en el que el país estaba en ebullición, la gente quería hacer cosas y todo se veía como tan promisorio”, recuerda en el coqueto lobby de un hotel céntrico, a pocos metros de donde se inició la historia que luego pasaría a la posteridad.

En aquellos años, aún no imaginaba que sería el alquimista del Huayra Pronello Ford, un ícono del automovilismo argentino, conducido alguna vez por Carlos Reutemann.
Tampoco, que 51 años después su creación sería reconocida en Inglaterra como “auto del año”. Una distinción que no deja de sorprenderlo. “La verdad es que eso no me lo podía suponer jamás”, confiesa.
Su apellido es palabra mayor en el diseño de autos deportivos, no solo por la creación del Huayra, también por el descubrimiento del “efecto suelo” en los coches de carrera. Un hito que lo llevó a ser consultado por la Universidad de Oxford.
Entre muchos tantos otros logros de su pasado y su presente, Pronello no descansa. Hoy, continúa trabajando en una evolución de la familia de autos denominados “Liebre”, con el diseño de la Liebre IV, implementando tecnología moderna en un vehículo deportivo para la calle.
Anecdotario infinito
En el medio de la charla entre dos amigos que se conocen hace 70 años, los recuerdos y las anécdotas se tropiezan entre sí, y las fechas y los momentos se entrecruzan con la misma velocidad que condujo el auto “Halcón”, preparado para los hermanos Emiliossi, para llegar a tiempo a entregárselo y que en el trayecto no lo atraparan en los controles camineros policiales.
El día anterior lo estaba probando cuando despistó y torció las suspensiones. Trabajó toda la noche a contrarreloj para ponerlo a punto.
“Tomamos la ruta 9 y pasamos las camineras a 230 – 240 km/h porque era la única forma de llegar para poder participar en la carrera. Los dejamos sorprendidos a los policías, que organizaron una especie de barricada, pero nos metimos por un espacio vacío en la banquina. Al día siguiente el auto arrancó punteando la carrera”, rememora con una sonrisa.
Por entonces, los autos de competición podían alcanzar velocidades cercanas a los 300 km/h, en caminos mucho más rústicos y peligrosos que los actuales. “Vos tenías la velocidad, pero no la podías acelerar hasta ahí porque el camino no lo permitía”, remarca Pronello.
Con el tiempo, hubo decisiones oficiales para “bajar” las velocidades máximas de los vehículos de carrera.


Volver al futuro
Pronello, con casi un siglo de vida, no duda. No busca en el pasado lejano, ni en los ecos cercanos su mayor logro profesional. Lo deja librado al futuro.
Cuando este periodista le consulta por eso, responde sin dudar, “el próximo”. “Sí, el próximo, el que voy a poner en conocimiento dentro de un tiempo”.




Ante la insistencia para que ofrezca un anticipo, desliza: “Es un vehículo carrera-calle, es un auto de paseo para viajar tranquilo con la familia, aun manejado por personas que no sean profesionales, pero cuando se pone de carrera, es un auto de carrera”.
Y aclara que se diferencia de otras producciones similares existentes en el mercado. “Por ejemplo, Porsche tiene un modelo que es carrera-calle, incluso la denominación es esa, pero es un auto que está hecho en un término medio, como para que tenga un buen comportamiento en las dos situaciones”.
El Huayra
El modelo IV del auto denominado Liebre representa un avance superlativo en relación con su mítica creación.
“El Huayra tiene que ser considerado como lo que fue en el momento que fue. Si yo lo comparo con lo que estoy haciendo ahora, el Huayra es una carretilla. Porque no tenía ni cerca las cosas que estoy haciendo ahora”, remarca.
“Y claro, era tiempo cuando no existían la computadora ni los programas para simular lo aerodinámico. Son épocas incomparables con lo que se puede hacer ahora, porque hay formas de planearlo, de controlarlo, de calcularlo, que antes no existían”, acota.

El Huayra hasta fue objeto de estudio en la Universidad de Oxford, Inglaterra, por el denominado efecto suelo, un fenómeno aerodinámico que pega el auto al asfalto y le permite, por ejemplo, alcanzar velocidades muy altas sin perder adherencia al piso.
“Me comunicaron con el jefe de la cátedra de Aerodinámica, quien me preguntó asombrado ‘¿cómo pudo usted saber el ángulo exacto en el que se producía el mejor efecto, que ahora se llama efecto suelo?’. Y yo le digo, ‘Si usted supiera cómo hicimos, es muy risueño’”.
“En todo esto hay una serie de coincidencias y un factor suerte importante. Teníamos una ruta abandonada en Villa Nueva, que tenía unos 15 kilómetros de largo, pero era lisita”.
Se refiere a la ruta provincial 2, que debería haber unido Villa Nueva con Pampayasta, pero que nunca se completó.
“Ahí nosotros con Federico Nikel (su gran colaborador) hacíamos los ensayos aerodinámicos como si tuviéramos un túnel”, rememora Pronello.
“Federico, boca abajo, sostenía una madera para darle diferentes ángulos, y yo iba viendo en las redes del auto la carga que producía con los aparatitos que habíamos puesto. Lo transformamos al auto en un laboratorio, sacamos nuestras conclusiones y construíamos en base a eso. Siempre elegíamos, para que los ensayos fueran comparables, la velocidad de 240 km/h”, continúa.
Y no tiene más que elogios para su compañero de ruta. “Federico no solo entiende mis proyectos, sino que los extiende y los mejora, porque es una mente brillante. Es una calculadora terrible, más rápida que la internet de ahora, diría yo”.
En barco y en avión
Su amigo, periodista de automovilismo de extensa trayectoria, le recuerda que, en una ocasión, durante una charla en la UTN local, un estudiante le preguntó sobre un lugar para ir de vacaciones. Su respuesta fue algo parecido a “yo vivo de vacaciones porque hago siempre lo que me gusta, y al hacer lo que me gusta vivo de vacaciones”.
Y ahí nomás aparece el recuerdo de la vez que emprendió un viaje en un crucero que recorrería desde Brasil hasta África y el Mediterráneo, pero se pegó la vuelta a los pocos días de partida. Una anécdota que define su forma de ser y su contracción al trabajo que le apasiona.

“Me acuerdo que cuando llegamos al último de los puertos de Brasil, le dije a mi pareja de entonces, ‘¿no te enojas si me bajo, y me vuelvo?, porque extraño mucho lo que estoy haciendo, y acá todo el mundo habla de jugar a las cartas, es decir, nadie habla nada de hacer algo’”.
Con la comprensión de la otra parte, ahí nomás se tomó un avión y se juntó con un amigo de una ciudad brasileña para ver cómo marchaba su fábrica de bulones para instalaciones petroleras. “A la noche terminé cansado, pero tan feliz de ver gente realizando cosas”.
“Tu papá decía, que nadie se muere en la víspera”, le lanza al aire su amigo, ocasional entrevistador, para continuar fogoneando la memoria.
“Ese era un dicho que mi papá utilizaba para contestarle a la gente que venía al almacén, y le decía, ‘Don Antonio, su hijo se está tirando a la Mar Chiquita con el caballo, allá del otro lado del Viena, se va a matar’. Y mi papá le contestaba con toda tranquilidad, ‘no te aflijas, si hay alguna muerte va a ser la del caballo’”, recibe como respuesta entre risas.
“Soy un desastre”
Pronello se define como “un desastre” en lo personal y familiar, cuando se le consulta por cómo le gustaría que lo recordaran. “Lo soy para las personas que tienen que soportarme, ¿no?”.
“En el plano personal, quisiera que mis hijos me terminen de perdonar haber sido un padre tan ausente, porque yo trabajé tanto y de una forma tan empecinada que me olvidé de todo, ¿no? Tengo unos hijos bárbaros, dos de ellos son ingenieros, trabajamos juntos en muchos proyectos”, destaca.
“Y realmente he tenido varias mujeres y he tenido santas, como la que me acompaña hoy, que son capaces de tolerar a un tipo que, cuando está analizando una idea, está en otro mundo”, añade como para que quede claro.

En su faceta profesional, dice sentirse muy entusiasmado con su iniciativa actual. “Siempre mis proyectos fueron cada vez más sofisticados, con una exigencia de perfección un poco mayor y también el tiempo que le pongo es bastante mayor”.
La pregunta decanta, es casi inevitable. Y llega la respuesta luego de unos segundos de reflexión: “Villa María y Villa Nueva son mis lugares en el mundo, donde yo tuve la oportunidad de abrirme paso para las cosas que pude hacer. Porque necesité mucha colaboración, nada grande, importante, se hace solo. Y la colaboración, el nivel de inteligencia en la gente que tuve conmigo acá es notable, es notable”.
“¿Saben cómo elegía yo a la gente que venía, por ejemplo, del campo y se presentaba para un trabajo? Le pedía que ate con alambre una cosa. Y la forma en que el tipo hacía un nudo, a mí me definía cuán inteligente era. No importa que en ese momento no estuviera cultivado, pero yo sabía que, si esa persona era hábil por naturaleza, lo demás venía rápido”.
Pronello sabe de lo que habla. Sus palabras están llenas de pasado, pero completas de futuro. Tiene 90 años, pero el espíritu de un soñador.
Como el de ese pibe de 19 años, que se animó a derribar los límites de las muros de un lavadero de calle Corrientes para trascender las fronteras del mundo y convertirse en una eterna marca registrada en el universo del automovilismo.
Foto de portada Gentileza Clarín.