[Historias] Celso Caballero, el cautivo de los indios que volvió y murió de pena   

Celso Caballero, nacido en Ballesteros, narró a la revista “Nativa” de diciembre de 1936, cómo fue su regreso del cautiverio al que fue sometido desde el 15 de noviembre de 1860, por un malón de ranqueles que venían arriando manadas de animales hacia el Sud y él andaba repuntando una majada hacia la estancia “El Chato” de don Martín Ramos.

Escribe: Julio A. Benítez – benitezjulioalbertoo@hotmail.com

Celso había cumplido 12 años y vivió entre los indios de Arauco hasta 1890 hasta que el gobierno chileno comenzó con la opresión a las tribus, y tomó la decisión de volver a lo que seguía llamando “Mi tierra”, ya convertido a dos razas, la blanca y la aborigen.  

“Recorrí a caballo la enorme distancia, viendo cómo orgullosas estancias se levantaban como fortalezas, lejos de los caminos. ‘Costié’ campos con interminables alambrados y sufrí la pena de atravesar por los aduares de algunos restos miserables de las tribus sometidas.

Celso fue cautivo de los ranqueles. Volvió mucho tiempo después a Ballesteros.

Llegué a Ballesteros envejecido, pobre y casi desconocido. Al dar mi nombre, el recuerdo de mi persona se levantaba como una borrosa imagen, entre los que fueron amigos de la niñez y aún entre mis parientes.

De los criollos que fueron mis conocidos, mis parientes, mis amigos, encuentro a ancianos vencidos, arrinconados en caseríos miserables

Yo sabía que no se habían extinguido los odios contra los indios, a pesar de que ahora les tocaba a los gauchos con quienes peleamos, soportar la tiranía impalpable de la pobreza, contra la que ni siquiera se puede morir llevándole una carga a lanza”.

Celso seguía desenvolviendo sus reflexiones con elocuencia tan patética, diciendo que nada le era grato haber vuelto a su tierra, que tanto había añorado. “Han desaparecido los bosques, las hermosas lagunas, los campos abiertos, los bañados, las aves que los alegraban. De los criollos que fueron mis conocidos, mis parientes, mis amigos, encuentro a ancianos vencidos, arrinconados en caseríos miserables”.

Los gobiernos… ¿Por qué dejaron que se arrancaran los bosques, que se aplanaran las cañadas, que se cambiaran los nombres de los lugares, que se cercaran los campos y se cortaran los caminos legendarios

“Juan Pereyra, mi primo, el de la familia heroica que resistió en el “Chato” durante largos años las invasiones ranquelinas, es el símbolo de esta decadencia; es portero del alambrado que cerca el mismo campo, propiedad en el presente de un… ¡extranjero! ¿De dónde han venido las oleadas victoriosas de esta nueva gente, que ha sepultado a los hombres y nuestras cosas? ¿No hubo nadie que pensara en detenerlos, consintiendo que cambiaran todo por sórdido interés el hermoso panorama de estos bellos campos, belleza que parecía imperecedera?”.

“Los gobiernos… ¿Por qué dejaron que se arrancaran los bosques, que se aplanaran las cañadas, que se cambiaran los nombres de los lugares, que se cercaran los campos y se cortaran los caminos legendarios, cuyas huellas semiborradas apenas he podido distinguir a través de los hostiles alambrados? Acaso… ¿No valía nada la belleza de nuestra tierra, para que impunemente se la destruyera?”.

Los nombres de los lugares donde murieron por ella, nuestros abuelos, nuestros padres, fueran borrados del mapa y sustituidos por el de extranjeros que nada dicen a nuestros recuerdos ni a nuestra tradición

“Y, por lo que veo, no valió nada el heroísmo con que la defendimos, para que hasta los nombres de los lugares donde murieron por ella, nuestros abuelos, nuestros padres, fueran borrados del mapa y sustituidos por el de extranjeros que nada dicen a nuestros recuerdos ni a nuestra tradición. Como herencia de proscriptos, ha sido robada la tierra argentina.

Muchas veces en mis noches errantes he llorado por los criollos, por los indios, por los paisajes desaparecidos. Aquí me tienen todavía vivo, entre esta civilización agitada y triste, a la que miro con desprecio desde el rincón donde arrastro mi existencia torturada, mientras llega el momento en que mi vida se extinga como una luz maldita, en noche que ya ha cubierto toda mi tierra, toda mi raza”.

Leé la historia completa:

Celso se alejó a eso de la oración en su viejo caballo, de espaldas al crepúsculo con la cabeza perdida entre los hombros, inclinada la frente sobre sus trágicos y dolorosos recuerdos.

Siguió viviendo en Ballesteros Viejo hasta su fallecimiento ocurrido el 28 de junio de 1938 y habiendo escuchado su relato se comprende hasta qué grado debemos los auténticos argentinos honrar a esos actores anónimos, bravíos, sentimentales, nobles, abnegados y fuertes.

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