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Preguntas que meten miedo: ¿Por qué nos cuestan tanto las conversaciones incómodas?
Escribe: Lic. Noelia Benedetto (*)
Hay preguntas que meten miedo… ¿Por qué nos cuesta tanto preguntar? ¿Qué hay detrás del muro de las preguntas? Respuestas, silencios que también son respuestas. Miedo a que todo se acabe…
Si se termina por preguntar, ¿qué sentido tiene que se sostenga por no hacerlo? ¿Hay que tener cierta antigüedad como vínculo para preguntar? ¿Cuándo es muy pronto? ¿Cuándo es demasiado tarde?
Está muy instalado esto de que si preguntás lo que el otro quiere o lo que te pasa a vos es de intensos o que hablar de afectos es sólo para determinados vínculos con cierta antigüedad. «Necesitamos aprender a apostar a la ternura sin sentirla como una amenaza», dice la licenciada Sofía Calvo.
No hay modo de darnos por enterados de cosas si no preguntamos y mantenemos conversaciones incómodas
¿Cómo nos damos por enterados si estamos en una /en la misma/ en otra? ¿Cómo hacerle saber a alguien para qué estoy y para qué no en este momento? ¿Cómo llega a saber que cambió lo que querés? O simplemente, ¿cómo informamos en relación a lo que nos gusta y lo que no?
La clarividencia, telepatía y la futurología no son dones con los que contamos… Sólo nos queda nada más ni menos que la comunicación.

No hay modo de darnos por enterados de cosas si no preguntamos y mantenemos conversaciones incómodas.
El concepto de que si tiene interés se tiene que dar cuenta, o de que tal cosa salta a la vista no es algo que resulte frecuentemente, refuerza la ilusión de entendimiento por adivinación del amor romántico.
Activemos más preguntas y menos suposiciones. Y si le resulta intenso o demasiado, quizás tengas que preguntarte si querés y deseás vincularte con alguien que le parezca un montón de comunicación asertiva.
(*) Psicóloga y sexóloga