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[Historias] Un partido de fútbol memorable hace más de cien años
“Villa Nueva de 1918. Equipo de fútbol. ¿Su nombre? ¡Vaya uno a saber! Los once “valientes” quedaron en esa foto como para inmortalizar un momento de la historia de la vieja villa, con el “Patón” como extremo izquierdo y el “Pichicla” con ganas de que comience el partido. Era una tarde muy calurosa, con una “calorescencia” ¡es-pec-ta-cu-lar! (como decía el “Iguana”).
Escribe: JULIO A. BENÍTEZ – benitezjulioalberto@gmail.com
A principios del mes de noviembre, cuando todas las mujeres se aprestaban a estrenar vestidos el día de los fieles difuntos, se estaba por terminar la temporada del fútbol y había una gran expectativa con relación a quién sería el nuevo campeón. Por primera vez el Sportivo Chupaganso club estaba a un punto del campeón del anterior y debía disputar el último encuentro con él.
Era domingo, cuatro de la tarde. No volaba ni una mosca, pero igualmente la gente se encaminaba hacia la cancha, un campito alambrado del turco Samuel, que algunas veces lo rodeaban con bolsas arpilleras del negocio de cereales que estaba en la calle Artes (actual Bartolomé Mitre). Yo tenía diez años y un agujero propio entre las bolsas, para mirar el partido gratis.
Una vez me pilló un vigilante y desde arriba del caballo me levantó de la camiseta mientras yo le decía, “estoy cuidando que no entren los colados”.
Nunca comprendí por qué tapaban la cancha, si lo mismo lo veían muchos sin pagar, ya que doña Eva, una mujer grandota como un ropero, les prestaba el techo con la sola condición de que le compraran el vino y que ella se los alcanzaba con el “sistema aljibe”.
Los jugadores eran unos verdaderos personajes, más conocidos que la ruda: el Piojo, el Patón, el Cara e’ Nada, el Semillón, el Coto, Pichicla, el Baba, La Polla, DT don Honofre, árbitro Moco Verde, ayudantes Camiseta é Frisa y el Rundún.

El Baba, delantero como pocos
Pero de todos ellos, el destacado era uno de los delanteros del equipo, que vaya a saber si tenía un nombre verdadero, porque todos le decían “El Baba”, ya que estaba siempre boquiabierto, no sabía las reglas del juego, pero tenía una patada con la que una vez noqueó a un ternero cuando trabajaba de boyero en el campo.
¡El Baba! Era corpulento y peludo. Un día le ganó una pulseada a doña Eva, pero ella no se lo perdonó y (a traición) le pegó un tortazo que el pobre contrincante quedó hablando solo un día entero.
Este jugador llevaba su equipo en una bolsa de harina, a la que él mismo la había puesto unas manijas de cuero cosidas con hilo lonero. Entre esa ropa tenía una camiseta del año pasado, con los colores del club, es decir rojo, negro y blanco.
Los botines habían sido de Froilán Garnero, un veterano del club, pero como el Baba era una bestia, le quedaban chicos, entonces les hizo un agujero en la punta y para no lastimarse los dedos al patear, los remendó con un trozo de vejiga de vaca que le había sobrado cuando fabricó un fútbol, con el que se entrenaba en el patio de su casa.
Los pantalones eran negros, de color y por viejo, y que, como no los lavaba, por cábala, tenían no sólo mal color.

Un domingo memorable
Ese domingo iba a ser memorable, no únicamente para el Baba, sino para todos los simpatizantes del Sportivo Chupaganso Club. Iban empatando y faltaba un minuto. El árbitro se equivocó y cobró un penal a favor de Chupaganso y el Baba decía desesperado.
-¡Me van a matar! ¡Yo no lo pateo! ¡Tenés que hacerlo! – le decía Moco Verde… solamente vos podés hacerlo… Es el último minuto, después se acaba. Al Baba le tiritaban las rodillas como si hubiera diez grados bajo cero.
No había terminado de escuchar lo que dijo el “güin izquierdo”, cuando se armó el lío. Los adversarios estaban furiosos. Ladrillazos, piedrazos, botellazos y todos los azos que se puedan imaginar, volaban por el aire como los cohetes de la procesión de San Grato.
Las bolsas de arpillera se habían transformado en polleras hawaianas, de tantos tirones que le habían dado los visitantes con el propósito de escapar más rápido.
Al referí lo llevaron al Puesto Sanitario donde don Salustiano, el boticario, le extrajo de la garganta un objeto sonoro llamado silbato, el cual, una vez expulsado le dejó decir: “el domingo que viene se jugará lo que resta del partido, en cancha neutral”.
El Baba no durmió bien por una semana. ¿A qué lado le pateo para no errarlo?, decía. Después, pensándolo bien, se acordó que el arquero del otro equipo era un vasco porfiado, que siempre se tiraba para la izquierda. Pero, ¿si esta vez se tira a la derecha?
En cancha neutral
Como era de suponer, el domingo siguiente, todo el pueblo se fue a la cancha neutral. Pero no los dejaron entrar.
El Baba se puso el equipo sin lavar, por cábala. Cuando llegó el momento de acomodar la pelota, el Rundún le cantó la justa… ¡Hacele el gol de la historia, Baba! Sonó el silbato y en ese momento el Baba cayó desmayado y un ¡Hu… u…u … se generalizó en las improvisadas tribunas tal como si la enorme ola de un sunami hubiera recorrido la multitud.
Entonces, ante tal siniestro, no quedó más alternativa de que lo reemplazara Pichicla, que dijo “No tengo ningún problema” y se puso frente al balón mientras se refregaba las manos con escupida y arena.
Pichicla tomó carrera y tiró a la derecha y el arquero se tiró a la izquierda.
Y un grito de ¡Go… o… o… o… ol! Se oyó hasta la mima cancha del Sportivo Chupaganso Club que estaba vacía.
También podés ver:
Fuente: Libro de la escritora villanovense Carlota Molina “Villa Nueva, sus casas y sus cosas contadas” – Impreso en octubre de 2010 – Villa María.
Agradecemos al historiador villanovense Luciano Pereyra por su colaboración con la fotografía principal. Se trata de una captura de un partido entre los equipos de Firpo y Sport, el 9 de julio de 1922 (imagen original obtenida por Joaquín Puente y publicada por la publicación «El Chupaganso»).