[Aniversario y reflexiones] Villamarienses somos todos… ¿O no?

Lo lamento por los villamarienses nativos. Pero, ya no tienen los derechos exclusivos. Villa María es la ciudad de todos. O, al menos, de muchos más que solo de los que nacieron a orillas del Ctalamochita. Si a un lugar lo hace su gente, su identidad reserva un sitial de honor para el río, el anfiteatro, la Costanera y otros símbolos tan propios. Pero, no alcanzan para dar cuenta del ADN que circula por sus calles.

Escribe: Germán Giacchero

La telaraña infinita de baldosas rojas de la vieja terminal.

La casa de la abuela Magdalena donde leí por primera vez el nombre “Teniente Ibáñez”.  Y también “El Principito” de un tirón.

Las siestas en el patio de esa casa, en vacaciones de verano, con mi primo Guillermo al borde del naufragio en el modesto dial villamariense ante el intento de apresar alguna de las primeras FM en el aire. Río, Paradise, entre otras, mordían el anzuelo.

La belleza postadolescente de mi prima Fabi y los mates y asados en el río con Tato, quien sería su futuro esposo, y replicaría el humo y las brasas algunos años más tarde.

Los verdes bulevares y sus palmeras. Una caminata con mi Viejo, tan extensa como ellos. Otro paseo solitario en un domingo nostalgioso. Una revista de los primeros Soda Stereo en el Kiosco Trinitarios. La Casa de los Mil Faros (¿cómo hacían para contarlos?).

Unas reuniones familiares con sueños de niño en la casa de mi tío Rubén. Unas vueltas en su vieja Siambretta y un anfiteatro menos cosmopolita y sin techo, con Guarany en escena clavándose un tinto con la misma precisión que el Chúcaro de su canción gastaba a las mujeres en el baile hasta hacerlas morir.

Varios años después, la amistad, el amor, el trabajo, el dolor, la soledad, el reencuentro. Y nuevamente el amor.

Y Tomás, villamariense en los papeles y en el corazón, fruto de ese amor entre dos villamarienses por adopción, que llegó para sellar con risas, lágrimas y sangre el apego por esta tierra bendecida.   

Un lugar en el mundo

Siempre fui de muchos lugares diferentes. Pero, Villa María siempre había estado cerca, con esos y tantos otros recuerdos y vivencias, antes de ser mi lugar en este mundo. Y también el de muchos, muchos otros que llegan de todas partes.

Es que Villa María ya no es solo ella. Es una amplia porción de tierra, ilusiones y gente que se agolpa por placer, necesidad, trabajo, diversión y caprichos de la geografía y la política en las puertas y calles de la vieja comarca que, dicen, alguna vez fue de Manuel Anselmo Ocampo.

Hoy, devenida en una ciudad-región con tremenda realidad y potencial cultural, artístico, productivo, educativo, sanitario y muchos más.

Hace rato que Villa María dejó de ser la ciudad de antaño, de los villamarienses solitos. Ya es la ciudad de todos o, al menos, de muchos.

Más que el río más bravo, la costanera más larga, el anfiteatro techado, el subnivel, la exruta pesada, los bulevares, el festival de peñas, la noche, su belleza, su imagen de ciudad modelo y demás símbolos, se define hoy por su naturaleza múltiple. Por su fuerza cosmopolita tierra adentro, que aún abraza la siesta y muchas otras tradiciones del «pueblo grande» que no se resignan a partir.

Por los aportes de miles y miles de personas que viven, pasan, se quedan, se atienden, hacen negocios, se educan, se curan, se enamoran, se van, vuelven, dejan huellas.

Hace rato que Villa María dejó de ser la ciudad de antaño, de los villamarienses solitos. Ya es la ciudad de todos o, al menos, de muchos. Profesionales, trabajadores  y vecinos de todas las edades, personas reconocidas y destacadas, dirigentes y funcionarios, son y se sienten villamarienses, pero han nacido en otras tierras o son hijos de padres que abrazaron a esta ciudad como propia. Ocurre desde hace años, pero se ha acentuado con el paso del tiempo.

El ser villamariense tiene cada vez más de un ADN compartido, regional, integrador y abierto, que desconoce los límites de los cuatro bulevares e impregna con una nueva esencia la vida en la ciudad.

Con todo lo positivo y negativo que eso conlleva.

Con las dudas y temores que nos despierta.

Con las expectativas y proyectos que esta ciudad maravillosa nos invita a soñar.

¡Salud Villa María!

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