[Educación] El otro Mundial: Qué países son los «campeones» en el aula

La consultora Idesa realizó una comparación de los resultados de las pruebas PISA entre los países clasificados al Mundial 2026. De los 48 países, 30 cuentan con resultados comparables en PISA 2022, la última edición de la prueba que la OCDE aplica a estudiantes de 15 años en matemática, lectura y ciencia. Si se armara una tabla de posiciones con esos resultados, Japón y Corea del Sur ocupan el podio educativo, muy por delante del resto. Argentina aparece en el tramo bajo de la tabla, con un promedio de 395 puntos —83 puntos por debajo del promedio de la OCDE— y prácticamente empatada con Brasil.

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Cada cuatro años, el Mundial ordena a los países bajo una misma regla: todos compiten en igualdad de condiciones. PISA hace algo similar en educación. Desde el año 2000, la OCDE evalúa cada tres años a estudiantes de 15 años en matemática, lectura y ciencia, con una metodología común que permite comparar sistemas educativos muy distintos. En 2022 participaron 81 países.

PISA no evalúa a todos los estudiantes, sino a una muestra representativa del sistema educativo de cada país. Esa muestra se construye estadísticamente para reflejar distintas escuelas, regiones y niveles socioeconómicos. La prueba se aplica de forma estandarizada en todos los países, lo que hace comparables los resultados.

Esa comparación importa porque la calidad educativa no es un dato más. Es una de las señales más claras del futuro económico y social de un país. Un sistema que logra buenos aprendizajes forma personas capaces de comprender, resolver problemas e innovar. Uno que no lo logra no solo falla hoy: también limita lo que podrá producir y desarrollar en las próximas décadas.

La tabla de posiciones

La tabla queda liderada con claridad por dos selecciones asiáticas. Japón (533 puntos) y Corea del Sur (523) se despegan del resto del lote por más de 15 puntos, una distancia considerable en la escala PISA.

Les sigue un pelotón amplio, entre los 480 y los 510 puntos, donde conviven anfitriones del Mundial, potencias europeas tradicionales y casos que combinan fortalezas dispares: Canadá (506) y Suiza (498) encabezan ese grupo, seguidos por Australia, Inglaterra, Polonia, Estados Unidos, Suecia, Bélgica, Austria, Alemania y Países Bajos, todos dentro de un rango de apenas 26 puntos entre sí.

Un tercer bloque, entre los 460 y los 480 puntos, agrupa a Francia, Portugal, España, Noruega, Croacia y Turquía: países que rondan el promedio de la OCDE (478) sin necesariamente superarlo.

A partir de ahí se produce el quiebre más marcado de toda la tabla: ningún país sudamericano, africano o de Medio Oriente clasificado al Mundial llega a los 430 puntos. Uruguay (425) y Catar (422) son los mejor ubicados de ese segundo nivel, seguidos por México (407), Colombia (401), Brasil (397) y Argentina (395), los cuatro dentro de un margen de apenas 12 puntos. Cierran la tabla Arabia Saudita, Panamá, Jordania, Marruecos y Uzbekistán, todos por debajo de los 390 puntos.

Los primeros doce puestos son todos asiáticos o europeos, sin una sola excepción. El país sudamericano mejor ubicado, Uruguay, aparece recién en el puesto 19 de los 30 con datos disponibles —dieciocho lugares por debajo de Japón—.

Dónde queda la Argentina

Argentina se ubica en el puesto 25 de 30, en la parte baja de la tabla. A nivel global, queda apenas dentro de la segunda mitad de los 81 países que participaron en PISA 2022. Está lejos del grupo de mayor desempeño y por debajo del promedio de la OCDE en las tres áreas evaluadas, con una distancia que la propia metodología asocia a varios años de escolaridad.

En el contexto regional, tampoco destaca: ocupa el octavo lugar en matemática en América Latina, detrás de Chile, Uruguay, México, Perú, Costa Rica y Colombia, y apenas por encima de Brasil.

Sin embargo, ese promedio nacional oculta diferencias internas importantes. PISA permite ver parte de esa heterogeneidad porque, además de la muestra del país, en 2022 tres jurisdicciones participaron con sobremuestra propia: la Ciudad de Buenos Aires, Córdoba y Mendoza. Los resultados muestran realidades educativas muy distintas dentro del mismo sistema.

La Ciudad de Buenos Aires se ubica muy por encima del promedio argentino, con desempeños cercanos a países europeos de la mitad superior del ranking. Córdoba también supera con claridad la media nacional en las tres áreas, con resultados intermedios en el contexto regional. Mendoza, en cambio, se mantiene prácticamente alineada con el promedio del país. La distancia entre estas jurisdicciones muestra que hablar de “la” educación argentina es una simplificación que oculta diferencias relevantes.

Más allá del puntaje promedio, PISA también permite mirar una dimensión más estructural: los niveles de desempeño, es decir, qué proporción de estudiantes alcanza las competencias mínimas para seguir aprendiendo.

En Argentina, menos de un tercio llega al nivel básico en matemática. Eso implica que la mayoría de los estudiantes llega a los 15 años sin las herramientas fundamentales para comprender problemas simples, aplicar conceptos básicos o sostener aprendizajes más complejos en la escuela secundaria.

En términos concretos, no es solo una cuestión de posiciones en un ranking: es un punto de partida débil que condiciona trayectorias educativas enteras y, con ellas, las oportunidades de empleo, ingresos y movilidad social en la vida adulta.

La educación funciona como una infraestructura invisible. Impacta en la productividad, la innovación y la movilidad social. Cuando los aprendizajes son bajos, las brechas de origen tienden a persistir y el desarrollo se vuelve más difícil de sostener.

Por eso medir la calidad educativa no es un ejercicio técnico. Es una forma de saber si un país está acumulando capital humano o perdiéndolo sin advertirlo.  Sus resultados no deberían quedar en un informe. En los países que lo toman en serio, sirven para identificar rezagos, orientar políticas y evaluar reformas con evidencia comparable.

En definitiva, PISA no importa por el ranking, sino porque obliga a una pregunta incómoda: qué tan preparado está un país para el futuro que dice querer construir.

Informe: Idesa

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