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El miedo a vivir sin recetas y las mentiras de la felicidad eterna

Escribe: Germán Giacchero

Vivimos buscando recetas, soluciones mágicas para todo, con la utopía de la felicidad sobre el lomo.

Nos taladran la cabeza con fórmulas increíbles, técnicas infalibles y consejos de lo más descabellados. Tanto para curtir las heridas del alma, sanar el corazón, fortalecer los músculos o encender el espíritu.

Recetas, recetas y más recetas.

Soluciones mágicas.

Fórmulas increíbles.

Gurúes, falsos profetas, consultoras, libros de autoayuda, psicólogos, profesionales de toda calaña, cadenas de Whatsapp, agentes de juegos de azar, mercaderes de sueños, agentes de la libertad “para pocos”, mayoristas de pastillas y drogas de las más fuleras.

Todo ese menú al paso siempre listo, sin contar familia, amigos, compañeros de trabajo, médicos de cabecera y de la TV (López Rosetti también, aunque nos caiga bien), curas, pastores trasnochados, enviados del más allá, cocineros gourmet, la propaganda oficial y de la contra, políticos de turno (porque muy pocos hacen contraturno), las grandes corporaciones financieras, la tele, internet, las redes y sus influencers estrellas fugaces más un largo listado de mercenarios con recetarios en mano.

Todo el mundo te dice lo que tenés que hacer, porque no sabemos qué hacer. Se trata de un doble juego perverso que aplica las reglas del capitalismo más salvaje y elemental, y de su aliada más fiel, la publicidad: instala necesidades o las incentiva, crea productos de satisfacción nunca garantizada del todo, y juega al lobo feroz compasivo con la regla de oro de la oferta y la demanda.

El mercado del alma insatisfecha obtiene ganancias siderales con las debilidades, miserias y carencias humanas.

Técnicas infalibles.

Métodos seguros.

Nos resulta imposible vivir sin ellas. Está más que claro. Fanáticos cultores de la ley del menor esfuerzo, pedimos a gritos las recetas que nos remienden un poco la existencia, saboteada por tanto caos, abofeteada por tanto ego malherido, despechada por tanto desamor, aniquilada por tanta soledad.

Y hacemos un culto de la automedicación, más allá del estricto ámbito de la medicina. Lo nocivo de la auto-receta es que solemos librarnos de ella con la misma prisa que nos demandó la angustia por hacerla.

Es el mal de estas épocas: vivimos en un mundo descartable, por lo que las indicaciones salvadoras que tomamos como verdades absolutas, terminan hechas polvo contra la realidad, cuando, envueltos en un revoltijo de desilusión y espanto, sentimos que ya no nos son útiles.

Y así nos convertimos, al mejor estilo de los afiebrados buscadores de oro de antaño, en eternos cazadores de recetas. A sabiendas de que resulte probable que no puedan torcer su destino de acabar en el cesto de la basura.

Hasta que alguien, cualquiera de nosotros, con la condena de ser un cartonero de sueños, le restituya su lugar de objeto del deseo público.

Atajos.

Tips.

Desangelados e impotentes, cometemos el error más habitual y grosero: creer que las recetas son todoterreno y polifuncionales, que ofrecen resultados con todas las personas y en todos los sitios por igual.

Vivimos en un mundo incierto sobre la base de fórmulas manoteadas al paso. Y nos azota tremenda paradoja: la de pensar que existen recetas para todo, incluso para ser feliz, cuando en verdad lo más probable resulte que no haya recetas para nada.

Quizás, cuando podamos decirlo en voz alta y reconocer esa ausencia, estaremos jodidos en serio. O tal vez mejor, listos para comenzar una nueva historia.

Por un año sin recetas. Que hasta ahora ya tuvimos demasiadas, con diagnósticos equivocados.

A lo mejor, nos va mejor…

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