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El terrible encanto de jugar con fuego: Se incendia el país de los pirómanos
Aunque quizás no nos percatemos de ello, los argentinos tenemos cierta vocación incendiaria. Nos encanta sumir a la realidad en una hoguera. Nuestra piromanía social no es solo simbólica: pasa por estadios moderados, como la incitación a la violencia a través de las palabras y desencadenar una quemazón en tierras forestales, hasta períodos durísimos como llegar a provocar un inédito incendio en un tribunal judicial o fogonear el caos desde la irresponsabilidad electoral o la carencia de gestión política. Y sobran los ejemplos de esta torpeza tan frecuente entre la clase dirigente y no menos ausente entre los ciudadanos comunes.
Escribe: Germán Giacchero
El país se incendia. Y no hacemos otra cosa que ir a comprar fósforos o tirar nafta por todos lados.
Nos encanta jugar con fuego. Desparramar nuestros chispazos para el incendio colectivo.
Buenos Aires (la City, Recoleta y La Matanza, CABA y el AMBA) el centro del universo criollo, es un polvorín a punto de reventar y esparcir sus esquirlas incendiarias de Usuahia a La Quiaca.
Con escala en Córdoba, claro, donde parte de su geografía está ardiendo bajo fuego, literalmente.

Apenas una analogía ridícula de otro incendio más voraz, que amenaza con llevarnos a la ruina por enésima vez, reducir a cenizas todo a su paso, para que entre el ejército de pirómanos emerjan, de manera paradójica y cínica, los bomberos salvadores.
No es la casta. Son las castas. Los privilegiados y bendecidos de siempre, los figurones de la política, los empresarios y financistas, algunos representantes de los gremios y otros sectores corporativos que especulan siempre con que les vaya bien a ellos y se jodan los demás.
Y los demás somos nosotros, esa gran masa desclasada, poco comprometida, desahuciada y tristona, que no hace más que parir adoradores del fuego en potencia, con la tibia y vana esperanza que algunos de ellos puedan sofocar la llama que muchos se empecinan en que sea eterna.
La vocación incendiaria se manifiesta con los campos y bosques incinerados por personajes perturbados o, al menos, irresponsables.
Pero, también en las decisiones políticas de gobiernos y oposición, enardecidas en febriles tiempos electorales, también de la mano de personajes perturbados o, al menos, irresponsables. Y así sucesivamente.
Declaraciones, acciones y omisiones, inacciones, ausencias, silencios e impotencias desparraman brasas en un terreno resbaladizo, anegado por el combustible de la inseguridad, la inflación, la incertidumbre y la pobreza.
Antorcha destructiva
El fuego nos fascina. Desde que éramos unos pobres cavernícolas asustadizos ante la hostilidad del planeta y las llamas se constituían en objetos de deseo colectivo.
El hombre lo usó para darse luz, calor, abrigo y vida. Pero, también para quemar, incinerar, hacer desaparecer para siempre aquello que no le gustaba.
Desde las célebres piras alimentadas con libros “dañinos” y prohibidos en varias etapas de la historia universal y argentina, y las incineraciones masivas de “herejes” en tiempos de la Inquisición.

Como también se observa tristemente, cada año arden bajo las llamas millones de hectáreas de bosques y pastizales en todo el país, incluyendo nuestra región.
La mayoría de las quemazones fueron producidas con intencionalidad. Todo un síntoma que se refleja en nuestras acciones cotidianas.
Podemos usar el fuego para crear, buscar nuevas salidas, iluminar el camino en medio de la oscuridad, pero preferimos usarlo para incendiar todo nuestro alrededor, para que sólo puedan salvarse unos pocos de las llamas desgarradoras.
Nerón, quizás el pirómano más célebre, incendió Roma para reconstruirla a su gusto, reducir a polvo y cenizas lo que sus antecesores habían levantado a lo largo de cientos de años.
En forma lamentable, se trata de un viejo vicio del poder, que se extendió a través de la historia. Destruir, arrasar con todo lo anterior sin que queden rastros.
En esa fogata, todo se consume, no sólo aquello que no sirve y de lo cual podríamos prescindir. Se suele pensar que así se aniquila al enemigo, cuando en verdad solo nos acerca más al abismo y prolonga nuestra agonía.
Una práctica autodestructiva. Una incineración colectiva, suicida y homicida a la vez.
Los pirómanos, aseguran, poseen un desorden mental y sentimientos de tristeza, soledad y violencia, que los llevan a iniciar incendios como una salida. ¿Nos pareceremos a ellos a pesar de que ningún especialista nos diagnostique la enfermedad?
En tiempos antiguos, a los fanáticos de las grandes quemazones intencionales les cortaban las manos como castigo. Tiempo después, se buscó una solución más apacible, pero no menos violenta: se los ataba en una camilla para alejarlos de los fósforos u otros elementos contundentes que les permitiera desarrollar su pasión incendiaria.
¿Será necesario reactualizar esa práctica ancestral antes de que terminemos consumidos por el fuego que siempre nos preocupamos por mantener encendido?
¿Nos quedaremos sin manos o nos daremos cuenta a tiempo de que quien juega con fuego sale quemado?
Quizás podamos, antes de que nos asfixien las cenizas.
Hay sólo una letra de diferencia, pero una distancia abismal en su sentido. Ojalá podamos terminar abrazados.
Resultaría atroz acabar abrasados.