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[HISTORIAS] Casi una tragedia: El avión que aterrizó en Silvio Péllico
Escribe: Julio A. Benítez – benitezjulioalberto@gmail.com
Todo ocurrió a eso de las 16 horas de un caluroso día de la primera semana de febrero de 1949, cuando don José Barotto, el panadero de Silvio Péllico, que estaba haciendo el reparto en la colonia con su jardinera tirada por dos caballos, vio al gigante herido que venía volando muy bajo y llegó al pueblo con la noticia… y el julepe.
Otro vecino, don Alberto Busso, que estaba trabajando en su galpón porque llovía, escuchó el ruido de un avión y presuroso salió y vio a la máquina buscando un lugar para aterrizar.
El lugar era cercano a la Escuelita Rural Nº 488, “La Internacional”, hoy “Rosario Vero Peñaloza”, ubicada a cinco kilómetros al oeste de Silvio Péllico, cinco kilómetros al norte del Paraje Santa Rosa y a quince, hacia el sur, de La Playosa.
En este caso, precisamente en la “Estancia San Guillermo”, que lindaba con los campos de Antonio y Sebastián Margaría, el epicentro de esta historia, en momentos que una tormenta se avecinaba a la zona, ya que por su cielo pasaba la ruta aérea Buenos Aires – Córdoba.
Casi una tragedia
A esa hora, el Douglas D.C.3, Matrícula LV – A.C.D., de la empresa “Sociedad Mixta Zonas Oeste y Norte de Aerolíneas Argentinas – ZONDA”, con capacidad para 48 pasajeros y tripulantes, en ese momento con 46 pasajeros y tripulantes a bordo, había sido sorprendido por una tormenta del norte con fuertes vientos, mucha lluvia y grandes piedras del tamaño de una naranja mediana, cuando volaba sobre Marcos Juárez.
El piloto trató de eludir, elevándose, pero más arriba también era violenta, averiando seriamente su estructura, por lo que el comandante decidió buscar un lugar para aterrizar.
Además, la visibilidad era casi nula, pues la piedra había astillado el parabrisas, que debieron romper con una hachita para ver bien un lugar accesible para descender y lo hizo en ese campo que no era el más adecuado para tal maniobra, muy desparejo y blando, pero la tarea tuvo un final feliz, pues podría haber sido una tragedia.
Cuando los vecinos llegaron presurosos y asombrados, vieron al piloto asomado a la ventanilla, con una herida sangrante en su sien, provocada por los vidrios cuando rompió el parabrisas.
Lo primero que preguntó fue: “¿En qué lugar estoy?”. A lo que don Antonio Margaría le contestó “¡En Silvio Péllico!”.
El piloto dijo “¡Oh, en Silvio Pellicó!”, acentuando la “o” y una señora mayor, de unos 80 años, llegó a la cabina, se asomó y preguntó si ya habían llegado a Córdoba.
Invitados inesperados
Desde ese momento, la familia Margaría tuvo que pensar rápidamente cómo atender transitoriamente a los pasajeros y cómo trasladarlos. Era costumbre por aquellos tiempos que, cuando llegaban visitas, se les invitaba a almorzar o cenar y se echaba mano a algún ave del corral, que siempre había en abundancia…
Pero en este caso eran 46 inesperados huéspedes. Don Antonio Margaría carneó un cordero, lo asó a la parrilla y comieron en largas mesas.
El piloto dijo que cuando volaba en círculos vio ese campo, oscuro, como recién arado, que en realidad era yuyo que estaba creciendo parejo.
Fue sorpresa, asombro y curiosidad para los tranquilos habitantes de ese tranquilo pueblo. Don Carlos Demarchi, en su vehículo de última generación, un sulky, llevó al comandante de la nave, vestido con un impecable traje azul y blanco y gorra visera, a la policía para realizar los correspondientes trámites de rigor por lo ocurrido.
La autoridad resolvió alquilar un camión “De Soto” a la “Cooperativa Unión Popular” de esa localidad, le colocaron una cobertura de lona, unos largos bancos y allí viajaron los hombres hasta Villa María, donde alquilaron un ómnibus para que fuera a buscar al resto del pasaje femenino.
A los pocos días, llegó otro Douglas D.C.3, similar al averiado, con los mecánicos, repuestos y herramientas. Periódicamente iban y venían aviones más chicos, para colaborar en las reparaciones del avión que había sufrido el accidente.
Otra tormenta
A los cuatro días del siniestro, durante las tareas de reparación, estaba el policía don Lisardo Romero y el señor Juan Oliva, jefe de la custodia, con el vecino Juan Nolter, cuando llegó otra tormenta del sur.
Esas personas colocaron estacas con marras y trataron de asegurar la máquina, pero el viento fue tan fuerte que arrastró a las tres personas y al avión lo hizo girar en 180º, dejando huellas de casi medio metro, después de haber sido arrastrado unos 200 metros.
La cola de la nave quedó hacia donde venía la tormenta, que la levantaba y la hacía rebotar contra el suelo, como si fueran corcovos de un brioso bagual.
Y a don Romero, que estaba atado con un cinturón de seguridad, le pareció que con cada cimbrón que daba, cortaba un hilo del alambrado. Ya era de noche y oscuridad total, no se veía nada y con un gran susto encima gritaba “¡Ya cortamos dos alambres y estamos siendo arrastrados hacia el arroyo!”. En realidad, no habían cortado ningún alambrado.
Los mecánicos almorzaban en la casa de la familia Margaría y a la noche don Demarchi los traía a Villa María en su pequeño transporte.
Una vez reparado el Douglas D.C. 3, tarea que demandó un mes, en agradecimiento, los vecinos pudieron realizar un vuelo de bautismo, sobrevolando la zona.
Hora de la despedida
Después de una emotiva despedida y entre una gran polvareda, con sus poderosos motores rugiendo, levantó vuelo para perderse en el horizonte, ante la mirada aún sorprendida de la gente que se había reunido. Todos hicieron visera con la mano para poder verlo un poco más, hasta que desapareció totalmente en el azul de un hermoso día.
Imaginamos, así, a la distancia, que, para esa época, ver un aparato volador tan grande y en el medio del campo, habrá sido como ver ahora una nave espacial.
Entre la documentación que nos facilitó el señor Ismael Sampo, encontramos una autorización de la empresa “Zonda”, firmada por su Jefe Divisional Centro, don Fernando Fader, con la cual había solicitado a los señores Margaría Hermanos la atención necesaria para su personal y tripulantes.
Esos gastos fueron abonados el 23 de abril de ese año, con cheque Banco de la Nación Nº 0239768 por m$n 3.058.50 (pesos moneda nacional tres mil cincuenta y ocho con 50/100).
Se puede leer una carta que dice: “A partir de aquel momento ustedes son considerados por todos nosotros, como buenos amigos”, firmada por los 14 miembros del equipo de mecánicos y el personal del avión.
Durante el tiempo que el aparato estuvo en reparaciones, todos los días llegaba gente, entre otros pueblos, de Arroyo Algodón, Colonia Santa Rosa, La Playosa, San Antonio de Litín, Alto Alegre, Cintra, Noetinger, Villa María, Villa Nueva, Sanabria y Ausonia.
El recuerdo de Don Ismael
En la entrevista realizada al señor Ismael Sampo, dijo: “Cuando ocurrió este hecho, yo tenía dos años y con mis padres y otros vecinos pudimos subir a la nave para conocerla, pero a los pocos días se suspendieron las visitas, pues algunos tomaron algunas cosas como recuerdos, ceniceros, algún almohadón para apoyar la cabeza y descansar… Todavía hoy a tantos años del episodio, la gente mayor recuerda este acontecimiento… Debo agradecer a la familia Margaría que aportó datos, fotografías y documentos que certifican lo narrado”.
Algo que llamó la atención, entre otras cosas, fue observar la máquina clavadora de remaches “POP”, que se cortaban con un fulminante accionado con pólvora.
La escuela
Don Ismael continúa diciendo: “Había corrido el rumor de que los directivos de la empresa “El Zonda” habrían participado para poder continuar con la segunda parte de la construcción de la escuelita “La Internacional”, hoy Rosario Vera Peñaloza… Eduardo “Dudo” Demarchi convino en hablar con el ex alumno de dicha escuela, Daniel Besso, que sabía que el 17 de octubre de 1947 había nacido el séptimo hijo varón de Domingo Conrero y Carmen Baldassa, bautizado como Juan Domingo, dado que su padrino sería el presidente de la Nación, General Juan Domingo Perón”.
En representación del Presidente vino el Diputado Nacional Enrique Martínez Luque y en el acto público en la localidad de Silvio Pellico entregó una medalla recordatoria y el “Nombramiento Simbólico” para construir una escuela en ese lugar.
Doña Ana Primo ya había donado una hectárea y media y se habían realizado los trabajos de la primera etapa, a cargo del constructor don Alfredo Cicardini. El 29 de enero de 1951 se recibió el nombramiento que había prometido Enrique Martínez Luque.
Lamentablemente ese día falleció la donante del campo, doña Ana. Todo se hacía hasta ese momento recaudando fondos por venta de rifas y donaciones.
Llegó el Gerente de Zona de “EL ZONDA”, señor Sebastián Aprile, persona muy vinculada con el gobierno de nuestra provincia y amigo personal del por entonces vicegobernador, don Bernardo P. Lacase, ante quien intercedió para conseguir una audiencia con el ministro de Educación.
Una vez conseguida, viajaron don Antonio Margaría, Carlos Conrero, Ernesto Demarchi y Domingo Della Rosa, quienes consiguieron los fondos para terminar la obra “Escuela Rosario Vero Peñaloza – Establecimiento Zona 3210 – Región Tercera – Destino Mixta.
Agradecemos la colaboración de don Ismael Sampo y a la familia Margaría por las fotos.



