Plegaria para “Messie” Messi: Un poco de respeto, por favor

Escribe: Germán Giacchero

Messi con tonada afrancesada se dice “Messie”.

Que en el lenguaje de esa nación ancestral significa Mesías, un apodo místico con el que ya se había bautizado al mejor jugador del mundo.

Un podio que comparte sin dudas, y al mismo nivel, con Diego Armando Maradona, D10S a secas, y al cual se suma una extensa legión de cortesanos y plebeyos del balompié, algunos de los cuales son adorados como dioses, también paganos pero domésticos, en otros rincones del globo terráqueo.

Sí, como ese que te hacían girar en la primaria para ubicar parajes recónditos y continentes desconocidos luego de apoyar el dedito delator de nuestra insuficiencia cardio-geográfica.

Los mismos paisajes exóticos donde Messi hoy, como Maradona ayer, no son vocablos extraños para esos dialectos imposibles, porque esos apellidos ya son patrimonio de un idioma universal que trasciende todas las lenguas vivas y muertas.

Solo Messi fue capaz de eclipsar, aunque sea por unos días, a este mundo triste y jodido

Nada es inmune, indiferente o pasivo ante este tremendo fenómeno de masas -digno de estudios de las universidades más célebres y prestigiosas- llamado Messi. Perdón, Messie Messi. Con acento francés de ocasión.

Ni la voracidad de las junglas asiáticas, ni la eternidad de las nieves del Norte y del Sur, ni el reloj de arena que envuelve el tiempo en las aldeas perdidas de África o de Asia, ni el cosmopolita sueño neoyorquino, ni el dorado desierto de Qatar, que ahora no está tan lejos, ni todas las riquezas que bañan en oro a unos pocos, ni todas las carencias que desnudan la miseria de más de media humanidad.

Nadie escapa a este cataclismo mundial desatado por un mortal con una zurda divina, que pasó casi toda su existencia encadenado por placer a una pelota, más de media vida con los botines soldados a sus pies y el sudor tatuado en la piel desde que destilaba magia en los potreros de la infancia, más allá de la alta costura de los trajes de Armani y los perfumes con el sello de la patria de Chanel.

Nadie escapa a este cataclismo mundial desatado por un mortal con una zurda divina

Solo Messi fue capaz de eclipsar, aunque sea por unos días, a este mundo triste y jodido que, además, de algunas chispas de felicidad.  sacude espanto, dolor y muerte por doquier. Un tridente temible combatido a fuerza de hechicería futbolera, que ninguna de todas las ciencias habidas y por haber se animaría a rechazar.

Todo un planeta se conmovió ante las hordas celestes y blancas, con sangre argentina, pero también con gritos, cánticos, sudor y efervescencia globalizada desde Bangladesh hasta la Antártida, desde Hollywood hasta La Quiaca.

Ni en Barcelona, ni París, ni Qatar. Este hijo pródigo planetario fue parido en otras tierras, más lejanas, no siempre tan agradecidas.

Porque seguro lo puteaste algunas veces de pies a cabeza, le criticaste que con la selección nunca ganaba nada, lo tildaste de pecho frío o cagón, lo ninguneaste y te atreviste a compararlo con quien no lo merecía.

Pero, eso ya no importa. Como tampoco importa el color de la camiseta que vista de manera ocasional. La albiceleste es la suya por toda la eternidad.

Nada de eso importa. Porque Messi ya es patrimonio universal. Y en el final de los tiempos, su nombre será una palabra difícil de olvidar.

El tiempo dirá si bailará su último tango en París, Barcelona o Rosario. Pero, de lo que no cabe dudas a esta altura, aunque ya no le hubiera hecho falta, es de su paso definitivo hacia la inmortalidad.

Y si le faltaste el respeto alguna vez, aún estás a tiempo.

Amén (con perdón de los devotos de otros dioses y profetas).  

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Versión adaptada. La versión original de esta nota se publicó en 2021.

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