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Vivir sin recetas: A lo mejor, en 2021 nos va mejor
Escribe: Germán Giacchero
Vivimos buscando recetas, soluciones mágicas para todo, con la utopía de la felicidad sobre el lomo.
Nos taladran la cabeza con fórmulas increíbles, técnicas infalibles y consejos de lo más descabellados. Tanto para curtir las heridas del alma, sanar el corazón, fortalecer los músculos o encender el espíritu.
Recetas, recetas y más recetas.
Para alargar la vida, para estirar el pene, para colagenar labios y restaurar vaginas. Para que no se nos caiga el pelo, para llegar a fin de mes, para que el matrimonio dure hasta que la muerte nos separe.
Para que se termine la pandemia de una buena vez, para que al coronavirus lo fulmine un rayo, para que la vacuna surta efecto y no haya efectos secundarios.
Soluciones mágicas.
Para que el sueño del pibe se cumpla, para que la derecha se vaya al carajo, para que la izquierda deje de romper las pelotas, para no salir a robar cuando la guita no alcanza, para que no se fuguen tantos pibes de la escuela, para que vuelvan a ocupar las aulas, para que el nene por fin se vaya de casa.
Fórmulas increíbles.
Para una vida sana, para salir de la depresión, para que Argentina salga campeón, para que cierren las cuentas y no haya que cerrar las persianas, para que no desaparezca Facebook, Twitter, Instagram, Tinder o la que venga. Para que no te claven el visto o te dejen sin “likes”.
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Gurúes, falsos profetas, consultoras, libros de autoayuda, psicólogos, profesionales de toda calaña, cadenas de Whatsapp, agentes de juegos de azar, mercaderes de sueños, mayoristas de pastillas y drogas de las más fuleras.
Todo ese menú al paso siempre listo, sin contar familia, amigos, compañeros de trabajo, médicos de cabecera y de la TV (López Rosetti también, aunque nos caiga bien), curas, pastores trasnochados, enviados del más allá, cocineros gourmet, la propaganda oficial y de la contra, políticos de turno (porque muy pocos hacen contraturno), las grandes corporaciones financieras, la tele, internet, las redes y sus influencers estrellas fugaces más un largo listado de mercenarios con recetarios en mano.
Todo el mundo te dice lo que tenés que hacer, porque no sabemos qué hacer. Se trata de un doble juego perverso que aplica las reglas del capitalismo más salvaje y elemental, y de su aliada más fiel, la publicidad: instala necesidades o las incentiva, crea productos de satisfacción nunca garantizada del todo, y juega al lobo feroz compasivo con la regla de oro de la oferta y la demanda.
El mercado del alma insatisfecha obtiene ganancias siderales con las debilidades, miserias y carencias humanas.
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Técnicas infalibles.
Para acabar con la inseguridad, para que el marote no se nos pase de la raya, para que haya menos pobres o se vean menos, para no morir de hambre, para que se pueda cagar mejor, para no morirse por amor, para comer bien o acatar lo que te dicen los carnívoros y veganos de moda.
Métodos seguros.
Para levantarse de buen humor, para que no le duela justo la cabeza, para terminar con las guerras, para que estalle la hecatombe, para que pare de llover, para que bajen los precios, para que “no me dejes nunca más”.
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Nos resulta imposible vivir sin ellas. Está más que claro. Fanáticos cultores de la ley del menor esfuerzo, pedimos a gritos las recetas que nos remienden un poco la existencia, saboteada por tanto caos, abofeteada por tanto ego malherido, despechada por tanto desamor, aniquilada por tanta soledad.
Y hacemos un culto de la automedicación, más allá del estricto ámbito de la medicina. Lo nocivo de la auto-receta es que solemos librarnos de ella con la misma prisa que nos demandó la angustia por hacerla.
Es el mal de estas épocas: vivimos en un mundo descartable, por lo que las indicaciones salvadoras que tomamos como verdades absolutas, terminan hechas polvo contra la realidad, cuando, envueltos en un revoltijo de desilusión y espanto, sentimos que ya no nos son útiles.
Y así nos convertimos, al mejor estilo de los afiebrados buscadores de oro de antaño, en eternos cazadores de recetas. A sabiendas de que resulte probable que no puedan torcer su destino de acabar en el cesto de la basura.
Hasta que alguien, cualquiera de nosotros, con la condena de ser un cartonero de sueños, le restituya su lugar de objeto del deseo público.
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Atajos.
Para que no se corte la luz, para que roben menos y hagan más, para que en la política, las cárceles y los “countries” no estén siempre los mismos, para que Dios atienda en todos lados…
Tips.
Para ser feliz, para bajar la panza y levantar los glúteos, para dejar el faso, para hacer plata sin laburar, para que la ruleta pague más, para que no aumente el dólar, para que no se desplome la bolsa, para no caer en la maldita tentación y librarnos del mal. Amén.
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Desangelados e impotentes, cometemos el error más habitual y grosero: creer que las recetas son todoterreno y polifuncionales, que ofrecen resultados con todas las personas y en todos los sitios por igual.
Los efectos a la vista: como el traste. En menor escala, esta lección debería aplicarse a cada aspecto de nuestra supervivencia. Al decir del célebre psicólogo Carl Jung, “El zapato que va bien a una persona es estrecho para otra: no hay receta de la vida que vaya bien para todos”.
Vivimos en un mundo incierto sobre la base de fórmulas manoteadas al paso. Y nos azota tremenda paradoja: la de pensar que existen recetas para todo, incluso para ser feliz, cuando en verdad lo más probable resulte que no haya recetas para nada.
Quizás, cuando podamos decirlo en voz alta y reconocer esa ausencia, estaremos jodidos en serio. O tal vez mejor, listos para comenzar una nueva historia.
Por un 2021 sin recetas. Que este 2020 ya tuvo demasiadas.
A lo mejor, nos va mejor…