Rodrigo y los 50 años que no pudo celebrar: Vivir y morir rápido, el show debe continuar

El 24 de mayo, Rodrigo hubiera cumplido 50 años. Pero no pudo ser. Su vida se fue tan rápido como la vivió. Su figura se hizo mítica tras la tragedia y el dolor. La santificación no resulta extraña en una sociedad necrofílica y exitista como la nuestra.

Escribe: Germán Giacchero

La necrofilia es la atracción que ejerce la muerte en las personas o en una sociedad. Una extraña fascinación que hermana a los argentinos y que se manifiesta en prácticas como el tradicional homenaje a nuestros próceres el día de su muerte y el recordatorio constante de fechas trágicas.

También en los funerales masivos y en la transformación en mitos o la glorificación de aquellas personalidades cuya muerte estuvo rodeada por la fatalidad.

La trágica y temprana muerte del Potro cordobés Rodrigo y su automática conversión en mito o leyenda bajo el influjo mediático fue una muestra más de la necrofilia nacional. De una sociedad exitista que necesita crear mitos a imagen y semejanza con los cuales identificarse.

Aunque de la misma manera que invoca a sus figuras, puede hacerlas desaparecer de escena. Los ejemplos sobran: la larga lista necrológica de hombres y mujeres del espectáculo y de la música que fueron glorificados -y algunos, luego, olvidados- incluye desde Gardel y Julio Sosa hasta Gilda y Rodrigo, pasando por Pappo, Figueroa Reyes, María Elena y Susy Leiva, allá lejos y hace tiempo.

Los mitos

Tras la muerte trágica, el artista, músico o actor, se vuelve intocable, su personalidad se sobredimensiona y es despojado de toda crítica. Él era un fenómeno popular, pero mal que le pese a sus fanáticos, y dejando de lado sus dotes artísticas y lo que representó su figura para el espectáculo argentino, en general, y para el cuarteto en particular, Rodrigo logró la masificación con su muerte.

Ya se había asomado a la ventana del reconocimiento social en los últimos años de su vida, cuando se codeó con el jet set autóctono y se subió a la lógica del reviente que impone la trilladora televisiva, la fama ardiente de la noche y el monstruo de los negocios no siempre claros.

Si algunos ya lo calificaban con el mote de leyenda antes de estamparse en un sospechado accidente de tránsito, el efecto de su muerte hace 23 años selló para siempre su destino de idolatría de multitudes.

La tragedia, se sabe, acelera el proceso de mitificación.

Muerte, negocios y dinero

En este escenario, la muerte le sienta bien a la industria discográfica. El coqueteo con la muerte de algunas de sus estrellas le ha sido rentable a un negocio que ha hecho suya la máxima punk “vive rápido, muere rápido”. Quienes más saben, aseguran que Rodrigo, como tantos otros, murió en su ley, de la misma forma en que vivió, respetando ese mandato.

Entre las páginas negras de las tragedias vinculadas a la música sobresale Cromañón. El siniestro acabó con la carrera de Callejeros, pero no con el negocio.

Pero, existen otros ejemplos más allá de nuestras fronteras. La imagen de James Dean (murió aprisionado en su Porsche), un ícono de la cultura pop, cotiza en alza, mientras que Elvis Presley (sobredosis de sustancias) y Los Beatles (John Lennon fue asesinado a sangre fría por un fanático) embolsan más millones que cuando estaban vivos.

“El blues como el tango es lamento, melancolía, es la pérdida. De una mujer o de lo que sea”, solía decir Pappo. El tango, el rock y el cuarteto comparten muertes trágicas.

La de Gardel, en un accidente aéreo en Colombia, y la de Julio Sosa, al estrellarse su auto contra una columna de cemento, son ejemplos del primer caso.

El mito de Gardel es uno de los más sólidos que el pueblo argentino supo conseguir. En la frase que pasó a la inmortalidad, “cada día canta mejor”, parecen diluirse sus aspiraciones a más.

El “varón del tango”, como lo llamaban a Sosa, fue un adelantado para su época: murió de madrugada, manejando a toda velocidad, después de una noche con mujeres, amigos y alcohol. “Una muerte rockera, cuando todavía los rockeros no habían empezado a morirse”, dirían algunos.

La necrofilia nacional también catapultó a la cima a una ignota cantante de cumbia, Gilda, y la convirtió en una especie de santa pagana luego de su muerte signada por la tragedia.

De la misma manera, luego de acabar golpeado en el frío pavimento de una ruta, el rostro joven de Rodrigo, el cuartetero cordobés, se reproducía en miles de estampitas. Está de más decir que, en ambos casos, las ventas de merchandising se dispararon hacia las nubes.

En medio del exitismo y de la mediatización que nos rodean, Rodrigo, el tipo buenazo, querible y piola, se convirtió en leyenda y su imagen se ha magnificado hasta llegar al altar de los santos criollos paganos.

Por supuesto que nos hubiera gustado tenerlo vivo, acá entre nosotros, para seguir disfrutando de su música y de sus locuras. Pero, el destino ineludible de mito hizo lo suyo.

Y ya se sabe que después de él vendrán otros.

El show, como siempre, debe continuar.

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