Vivir en la calle: la indigencia que duele debajo del puente

Desalineado, contextura delgada, educado y con un inmenso amor por los perros. Tiene ocho a su cuidado. Los alimenta y consiguió que las hembras estén castradas. Hace 20 años se encuentra en situación de calle, en obras, descampados, cuevas y ranchos. Desde octubre del 2019 vive debajo del puente Alberdi. No le exige ni reprocha nada al municipio, sobrevive de sus changas y no le da vergüenza recibir colchas, ropa o mercadería. Es la indigencia que nos roza debajo del puente.

Escribe: Carolina Durand

Gustavo Orellano tiene 56 años, es oriundo de Villa María y hace 41 vive en Villa Nueva. Se casó y se separó hace 20 años. Desde entonces, vive en la calle, de changas. Guarda para sí dos décadas de historias que le han marcado poco más de la mitad de su vida.

Deconstruir su realidad puede incomodar a varios, politizar su contexto beneficiar a otros, criticar su condición de indigente, evadir responsabilidades sociales e indiferencias.

“Me separé hace 20 años. Dormí en obras en construcción, en descampados y viví debajo de varios puentes. Por situaciones de la vida, estuve un tiempo viviendo en un rancho que hicimos en barrio La Floresta frente al río con dos hombres, pero en octubre de 2019 topadoras de la Municipalidad lo tiraron abajo. Los dos, pudieron cambiar su rumbo. Uno se fue a trabajar a un campo y otro volvió con su señora”, comentó Gustavo con total naturalidad, mientras alistaba una valija.

Gustavo y sus fieles compañías en la soledad de la calle, sus perros.

Ligero de equipaje

El equipaje se ve pesado. En la valija guarda dos colchas limpias y algo de mercadería. “Esta me la llevo todas las mañanas antes de ir a buscar changas. La dejo en una despensa donde me la guardan y donde tengo mis herramientas de trabajo, porque varias veces me han robado lo poquito que tengo, solo para hacer daño; porque más que ropa vieja y las colchas no hay nada más debajo del puente”, comentó.

Son las 8.30 de la mañana y se prepara para ir a ver una changa para hacer una loza. Cuatro de sus ocho perros duermen sobre uno de sus colchones. Los demás, salieron a caminar la calle más temprano.

Entre sus pertenencias hay medio bolsón de comida para perros que le donaron. “A ellos no les hace falta la comida, una vecina me trae y ellos salen a buscar huesos, les gusta más que el balanceado; y si no encuentran, su plato de comida acá lo tienen siempre”, describió con una sonrisa.

El hombre sale por la mañana temprano en compañía de los canes a buscar changas de albañil, limpieza de patios o el trabajo que le ofrezcan. Vuelve de noche a cocinarse y a descansar con sus fieles compañeros.

“A pesar del frío que empieza a hacerse notar, duermo muy tranquilo. Los perros no dejan que nadie se acerque, me cuidan y me alertan si alguien se acerca abajo del puente. Los crié a todos de chiquititos”.

“Duermo tranquilo”

En alusión a la noche, recordó una vez que se quiso aproximar la policía con linternas y los perros hicieron una barrera, comenzando a ladrar y no dejando que se arrimen al lugar, ni a él.

Seguridad Ciudadana y la Policía suelen pasar por el lugar, lo saludan, cruzan algunas palabras, pero no han intentado sacarlo del Alberdi.

Su alimentación no es buena ni nutritiva, pero su salud es la de un roble. “A mediados del 2020 fui a donar sangre, me hicieron unos análisis y estaba totalmente sano. Nunca me he enfermado. Será que con tantos años en la calle, mi cuerpo se hizo inmune”, asintió con una mueca.

Gustavo se encuentra en situación de calle porque no tiene trabajo y lo que gana con changas ocasionales, lo usa para sobrevivir día a día. Es consciente de que no tiene recursos para pagar mensualmente un lugar para vivir. Tiene una hermana, con la que habla frecuentemente, pero no quiso dar detalles respecto de por qué no vive con ella, en lugar de a la vera del puente.

Un lugar para todos

“Me gustaría trabajar de casero en un campo, para poder llevarme a Grandota, Solia, Mundi, el Rengo, Unki, Ojudo, la Flaca y la China, mis perros; no podría alquilar una pieza para vivir y dejarlos en la calle, ni vivir de arrimado en una casa y abandonarlos”, afirmó mirándolos, y posando su mirada sobre Mundi, que es el último en levantarse de su colchón, presintiendo que es hora de comenzar el día.

Según el último informe del INDEC, en marzo, los nuevos porcentajes implican que 19,2 millones de argentinos son pobres, y entre ellos, 4,5 millones son indigentes.

Pero estas cifras no hablan solo de la pobreza estructural y la indigencia de Buenos Aires, sino la que habita en todo el territorio y también, la que se enraizó debajo del puente que une las dos villas.

Dos décadas. Cinco gobiernos nacionales y ninguno pudo ofrecer estabilidad a un indigente. Los planes sociales (a los que Gustavo nunca accedió), debieran ser una ayuda circunstancial para quien lo necesita, pero no ser el único ingreso de los sectores vulnerables. Generación de empleo de calidad, sustentado en el tiempo, debería ser lema de todo gobierno, para combatir el hambre y la desidia.

Por trabajar, perdió la vianda

En cuanto al asistencialismo municipal, el hombre explicó: “Antes de la pandemia, me daban el almuerzo en el Hogar de Día. Conseguí una changa un mes en un campo cercano y me fui. Cuando volví, al no ir tres días seguidos a buscar la vianda, me quedé sin el lugar. Expliqué el motivo, pero no me la dieron más. En cuanto a los módulos de comida, nunca fui a pedirlos, porque si me sale un trabajo por unos días y dejo de ir, va a pasar lo mismo, por eso no insistí. Tampoco en el 2020 el estado me otorgó un IFE, pero no me he muerto por eso”.

Gustavo recibe donaciones de vecinos, a veces ropa, mercadería y un carnicero de Villa María, que suele darle carne. Posee una vieja reposera, dos colchones, y sus perros tienen balanceado. No tiene celular, ni baño, ni electricidad y todos los días sale a buscar una changa.

El rocío de la mañana, enmarca el caminito que emprende el hombre, con su valija y sus perros. A paso lento inicia su recorrido. Lejos de ser una persona gruñona, resentida o triste, Gustavo tiene actitud.

Sus pertenencias caben en una valija. No echa culpas a los demás de su indigencia, y sobrevive gracias a sí mismo, su búsqueda de trabajos temporarios, sus perros que lo cuidan para que por las noches descanse, y la ilusión de algún día poder vivir en el campo con ellos.

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1 comentario en “Vivir en la calle: la indigencia que duele debajo del puente”

  1. Que increíble nota!! Que pensamiento lucido tiene. A lo mejor el andar en la calle tantos años le dió la sabiduría que tiene.. está muy actualizado con todos los temas y ojalá el resto de su vida pueda pasarlo con sus perros en un campo. Gracias por está nota hoy empiezo muy bien mi día !!!!

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