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[La infancia de los líderes] Julio Argentino Roca: Promesa incumplida
Escribe: Prof. Luis Luján
Era el mes de julio cuando el quinto hijo del coronel don Segundo cumplía sus primeros seis años de vida.
Aprendía rápidamente las primeras letras en la escuela franciscana de San Miguel de Tucumán.
Prontamente llegaría el medio siglo de mil ochocientos, y aún el país se debatía en un caos en las eternas luchas entre unitarios y federales.
El carruaje levantó al niño en la puerta del establecimiento educativo y lo trasladó hasta la estancia El Vizcacheral, propiedad de su padre, en donde su madre, doña Agustina Paz, esperaba dar a luz a su octavo hijo.

Nadie recordaba en los últimos treinta años una nevada similar a ese fenómeno meteorológico que se estaba produciendo sobre los cerros tucumanos.
El pequeño bajó del carruaje y se trasladó hasta la habitación en donde descansaba su señora madre y le regaló un fuerte abrazo. Rápidamente los sirvientes de la familia lo trasladaron hacia su dormitorio para que descansara del viaje, pero el purrete, ni bien quedó a solas, abrió el amplio ventanal que daba al patio trasero de la finca y, sumamente abrigado, se escapó hacia los cañaverales en dirección al río.
El pequeño jamás había caminado sobre un manto de nieve. Tampoco advirtió que su calzado no era propicio para afrontar ese fenómeno blanco. Simplemente quiso buscar entre la abundante vegetación junto a las costas de ese río a quien había conocido durante el verano.
Se trataba de una indiecita, nativa de esas tierras, que había logrado cautivar su atención. Recordó el espacio en donde se habían visto por primera vez. Ambos quedaron atónitos ante la presencia de otro. No se dijeron una sola palabra, tal vez creyeron que sus lenguas maternas impedirían cualquier conversación, pero el pequeño grabó en su memoria las facciones del rostro precioso de la indiecita.
Tal vez fue por esa misma razón que él siempre regresaba a esa zona del río para reencontrarse con ella
Tal vez fue por esa misma razón que él siempre regresaba a esa zona del río para reencontrarse con ella. Era ésa la vigésima vez que hacía la misma travesía, pues, no se daba por vencido, muy en su interior presentía que volvería a reencontrarse con ella, pero esta vez trataría de comunicarse a cualquier precio.
Cuando estuvo junto al río, se posó en una roca y allí se quedó con la mirada perdida viendo cómo los copos de nieve caían y se deslazaban sobre la superficie de las aguas.
Advirtió que ya casi no sentía a sus pies, que estaba entrando un estado de hipotermia que posiblemente perjudicaría su salud. Después de media hora de espera reaccionó y comprendió que debía emprender el regreso a casa.

En ese mismo instante percibió un sonido que provenía de los cañaverales y rápidamente volvió la mirada hacia allí y, con complacencia, pudo advertir la presencia de la indiecita, quien llevaba muchos minutos contemplando al niño.
Él le regaló una sonrisa y estiró su mano incitándole a compartir la misma piedra. La niña, muy tímidamente aceptó y, cuando llegó a su lado, se quitó su pullo y cubrió la humanidad de aquél quien estaba próximo a congelarse, y lo abrazó con la finalidad de entregarle temperatura con su cuerpito.
El abrigo de esa prenda de lana y ese abrazo le devolvió el calor que necesita, y quizás le salvó la vida.
-¡Gracias! –dijo el niño.
-¿Qué haces aquí? –le preguntó la indiecita ante el asombro del varón.
-¿Hablas mi lengua?
-Sí, un sacerdote de tu iglesia nos enseña tu lengua. ¿Tú no hablas la mía?
-No, pero si tú me enseñas tal vez lo haga. ¿Cómo te llamas?
-Me dicen Canela. ¿Tú tienes un nombre?
-¡Julio!
-¿Qué hace aquí? Deberías estar en tu casa.
-He venido a buscarte muchas veces.
-¿Por qué me buscas?
-No lo sé. Me gustaste mucho cundo te vi.
-Pero tú eres blanco y yo india, según tu raza, pero ustedes han invadido nuestras tierras. Mis ancestros fueron los primitivos habitantes y nos desean desplazar.
-¡No, yo no! ¡Jamás haría eso! Yo vine porque deseo ser tu amigo.
Cuando esa guerra entre ustedes se termine avanzarán sobre nuestros pueblos
-No podemos ser amigos. Tú tienes tu raza y tu religión. Tu gente está en guerra, se pelean entre hermanos. Cuando esa guerra entre ustedes se termine avanzarán sobre nuestros pueblos.
-No, eso no es verdad. ¡Jamás lo permitiré!
-¿Lo harás? ¿Permitirás que vivamos siempre en nuestras tierras?
-Sí, quiero que estés siempre aquí, muy cerca de mí.
Mientras mantenían ese abierto diálogo hicieron su presencia tres miembros de la tribu de la indiecita y apuntaron con sus lanzas sobre la humanidad del niño quien quedó inmóvil del susto.
Agarraron a la pequeña nativa del brazo y en su lengua materna le reprocharon su actitud ante el hijo del hombre blanco.
Arrastraron a la mujercita de los cabellos hacia los cañaverales mientras ella gritaba en un claro español: -¡No te olvides la promesa, no me eches de mi tierra!
-¡Jamás! ¡Jamás, te lo prometo!
Julio quedó nuevamente en soledad. No comprendía por qué ejercieron tanta violencia sobre la niña, pero sabía que él era el culpable de eso.
Caminó un trecho en regreso a su vivienda y cuando pudo correr lo hizo. Llevaba una pena colgada en su corazón. Sabía que ya no volvería a ver a Canela, pero debía cumplir su promesa a cualquier precio.
-¡Cumpliré mi promesa, Canela, la cumpliré!