[La infancia de los líderes] Sandro, el «Gitano» salvado por la música

Roberto Sánchez Ocampo, más conocido como Sandro – 1945/2010. Cantautor argentino, actor y director de cine. En el año 2005 recibió el Grammy Latino.

Escribe: Prof. Luis Luján

Entre la década de 1950 y la siguiente, muchas pandillas habían ganado las calles del Gran Buenos Aires. Adolescentes de todas las edades que no encontraban su espacio en las aulas, eran reclutados para conformar alguna hermandad delictiva.

Navajas, cadenas y camperas de cuero distinguían a estos adolescentes que atormentaban a cuántos vecinos y transeúntes se les cruzase.

Roberto era uno de ellos. Había abandonado los estudios a sus trece cortos años para comenzar a trabajar en varios empleos informales porque sentía una gran insatisfacción en su vida.

Tal vez debía encontrar un buen motivo que lo sacase de las calles y no caer en las manos del hampa para terminar su vida en una prisión, o en un cementerio sin haber cumplido sus veinte años.

Sus padres, Vicente e Irma, ambos de origen español, vivían en Valentín Alsina, Partido de Lanús, en el Gran Buenos Aires, aunque él había nacido en la maternidad Sardá, en Capital Federal, el 19 de agosto de 1945.

Y fue en aquella localidad bonaerense en donde Roberto viviera toda su infancia y su renegada adolescencia. Tal vez la personalidad del jovencito la adquirió de los genes de su abuelo paterno, de descendencia húngara, perteneciente del pueblo rom, de apellido Popadópulo, quien al emigrar a España lo cambiara por el de Rivadullas, nueva identidad con la que emigró hacia Argentina.

Al jovencito lo apodaban “gitano”, y eso le asignaba cierto privilegio en su pandilla

Por eso al jovencito lo apodaban “gitano”, y eso le asignaba cierto privilegio en su pandilla. Pero Roberto desde niño sintió cierta pasión por la música sin saber que ese arte sería su mano salvadora.

Comenzó a cursar sus estudios primarios en la escuela Nº 3, República de Brasil, en la calle Presidente Juan Domingo Perón 3018, de Valentín Alsina. Sus maestras rápidamente advirtieron ese don que poseía el niño.

Cuando tenía diez años Robertito se había deslumbrado con las actuaciones del Rey Elvis Presley, sintiéndose fuertemente atraído por la música del cantante norteamericano, tanto él como cualquier niño preadolescente de la época.

Tal fue la devoción hacia Elvis que el pequeño comenzó a imitarlo en su último año de asistencia a la escuela primaria. Y para no desalentar el encanto que poseía Robertito, la maestra de sexto grado lo invitó a participar en una actuación única que lo marcaría por el resto de su vida.

Fue justamente en el Día de la Independencia de 1957. En la oportunidad realizó una imitación de su ídolo llevándose los aplausos y la ovación del público presente, descubriendo allí su vocación por la actuación, el canto y la música.

Pero el haber pasado a una instancia superior en sus estudios lo frustró. No quería estar en las aulas, deseaba libertad ya en su corta vida. Cuando tenía trece años decidió que el estudio había llegado a su fin en su adolescencia, el que jamás retomaría. Definitivamente no quería estar entre cuatro paredes.

Entonces comenzó a trabajar en diversos oficios y quehaceres. Primeramente, lo hizo con su padre en el reparto de vino en damajuana. Después de repartidor de una carnicería. Pero lo que más anhelaba Robertito era la calle, sus amigotes, y comenzó a participar en una pandilla de la zona, muy cerca de su casa.

Con sus primeros ahorros compró una campera de cuero de color negra para identificarse con su grupo callejero. También se hizo de una navaja y de una cadena para fortificar su poder ofensivo hacia otros jóvenes.

Como no le gustaba permanecer mucho tiempo en un mismo lugar, abandonó el oficio de repartidor y trabajó en una droguería, en una farmacia y hasta de oficio de tornero, la mayoría de las veces en trabajo informales, o de medio tiempo.

Pero había algo que sí había aprendido de todo eso, a ahorrar su dinero. Fue así como movido por la música compró su primera guitarra a crédito, y en sus tiempos libres se dedicó a aprender acordes y a practicar pasos de bailes para perfeccionarse cada vez mejor.

Y como en la barra tenía un amigo que poseía amplios conocimientos en el arte musical con la guitarra, entonces decidió aprender de él, de Enrique Irigoytía, hasta que un día formaron un grupo de voces y de guitarra con el que comenzaron a participar de concursos de cantos.

Y como tenían coraje para todo, también cantaban serenatas en los suburbios del Gran Buenos Aires, en los que Robertito hacía versiones de boleros de moda, tango y rock and roll, mientras que Enrique lo acompañaba en este último género e interpretaba canciones litoraleñas.

Ese momento de reflexión lo salvó del camino de la delincuencia y de la mala vida

Y fue justamente, cuando Roberto tenía quince años, que decidió tomar un camino determinante en su corta vida. Abandonó para siempre la pandilla, la campera de cuero, la navaja y las cadenas que lo mantenían atado a esos jóvenes.

Tuvo ese momento de reflexión que lo salvó del camino de la delincuencia y de la mala vida, momento que recordaría siempre. En 1960, siendo aún adolescente, hizo su primera actuación con el nombre que habían querido ponerle sus padres, pero que las autoridades no se lo permitieron, en un local llamado Recreo Andrés, ubicado en la calle Coronel Warnes, de Villa Jardín, Partido de Lanús.

Allí Roberto Sánchez sintió que la música había salvado su vida y su alma gitana.

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