De indignos e indignados: No alcanza solo con enojarse en las pantallitas de la realidad virtual

Indignados. Así vivimos. Todo el tiempo nos indignamos por algo. Con la misma celeridad que cambiamos de ropa o de tema en una conversación sin rumbo. Pero, a veces, deberíamos indignarnos más. O hacerlo por cuestiones que van más allá de la foto que hoy lleva el póster central. Y hacer algo, ante eso que nos indigna.

Escribe: Germán Giacchero

Nos indignamos mucho, pero mucho.

Con las terribles imágenes de niños y niñas, pibes y chicas, mujeres y hombres que padecen tragedias, dolores, muertes y devastación a lo largo y ancho del planeta.

Sobran los ejemplos.

Nos indignamos en las redes sociales, sobre todo. Y protestamos, denunciamos, gritamos, nos horrorizamos, pero en las pantallas de los celulares.

Señalamos con el dedo, acusamos, nos convertimos en odiadores seriales y nos creemos dueños de la verdad. Y de la mentira.

Vivimos indignados. Y está bien. Porque es la chispa para involucrarse, el agua en ebullición para la reacción, el principio del intento para cambiar y transformar.

Pero, no está bien hacerlo solo por una parte del drama. La guerra, la miseria, la muerte, la pobreza, el dolor, la injusticia no dan bolilla a las fronteras, los idiomas o los caprichos de la geografía.

No nos indignamos tanto…

No nos indignamos tanto, ni nosotros ni nuestros gobernantes, por los niños muertos en la selva casi impenetrable del norte argentino. Esos chicos desnutridos, infestados por parásitos y devorados por las enfermedades y la indiferencia social.

Pero, mueren porque no nos importan. Porque no hacemos lo necesario para que se alimenten bien, cuiden su salud, vivan mejor y no sean rehenes crónicos de políticos desalmados o aprovechadores de toda calaña.

No nos indignamos tanto por los chicos de las villas argentinas, de los barrios periféricos o de los cinturones pobres, hambreados de cuerpo y espíritu, azotados por los narcos, la violencia y la desesperanza.

Total, son “negritos” hijos de negros de mierda, que nos van a robar o matar en cualquier momento, que no tienen otro futuro que la cárcel o el cajón.

No nos indignamos tanto por los chicos y grandes que viven en ranchos o casillas, con una cortina de tela o una chapa como puerta, en muchos barrios de la ciudad que queremos sea un ejemplo.

Tampoco lo hacemos por los chicos y grandes que en Villa María remueven la basura y buscan algo para vender y mejor si es para comer.

Por los chicos que limpian los vidrios y piden monedas en vez de estar contenidos en la escuela o en su casa.

Por los que salvan su día o su semana en el calorcito de un comedor o un merendero solidario.

Esos lugares que, muchos de los indignados por una foto de un paisaje lejano, ni siquiera conocen de su existencia.

Los indignados no salen a indignarse y hacer algo por los millones de pobres, los cinco millones de indigentes y por uno de cada tres niños que se cagan de hambre o necesitan unas zapatillas, un cuaderno, las vacunas y un abrazo

Nos duele, nos indigna…

Nos duele, nos indigna, nos carcome hasta el llanto, el drama de los que se encuentran a miles de kilómetros de casa. Pero, nos olvidamos de lo que sucede en la esquina, a la vuelta, en nuestro barrio, en la ciudad que habitamos, en el país donde vivimos.

No está mal indignarse por aquello, pero no debemos olvidarnos del mal que se hace acá.

Los indignados por las cosas que ocurren lejos vivimos en un país fagocitado por las carencias, con problemas y conflictos ocultos y silenciados, visibles y naturalizados. Pero no se indignan muchos por esas atrocidades siempre actuales y menos salen a copar las calles por semejantes atentados a la vida.

Los indignados no salen a indignarse y hacer algo por los millones de pobres, los cinco millones de indigentes y por uno de cada tres niños que se cagan de hambre o necesitan unas zapatillas, un cuaderno, las vacunas y un abrazo.

Nos indignamos mucho por los femicidios, pero cada 30 horas se continúa matando a una mujer en forma violenta. No nos indignamos tanto tampoco porque se condena a miles de chicos y chicas a la droga, la explotación o la delincuencia.

No nos indignamos tampoco porque uno de cada cuatro argentinos no tiene acceso a agua potable, la mitad de la población no tiene cloacas o medio país es envenenado en su propia casa con comida chatarra, agua contaminada o aire plagado de tóxicos urbanos y rurales.

Porque nuestra falta de indignación desnuda nuestra indiferencia, nuestro olvido, nuestra responsabilidad y nuestra hipocresía en esta escenografía del horror cotidiano con falsos decorados de felicidad, preocupación y bondad.

Ha llegado el momento de indignarse más.

Ojalá nos indignemos más por el resto de las atrocidades y atentados cotidianos a la vida que pasan a nuestro alrededor.

El primer paso para ocuparnos en serio de las cosas que, aunque las ignoremos, las olvidemos o no las pretendamos ver, no están bien y siempre nos hacen mal.

Para que no seamos indignados de ocasión, indignados por TV y por Facebook o Instagram, indignados de cartón…

Indignados por nada.

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El miedo a vivir sin recetas y las mentiras de la felicidad eterna

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