Dolarizar la economía: ¿gesto patriótico o actitud vendepatria?

Escribe: Julio César Nieto

Dos noticias en la semana encendieron alertas en los mercados.

Por un lado, las expectativas sobre el endurecimiento del cepo, al borde la prohibición total en la compra de dólares; y por otro, el bloqueo de más de 4600 cuentas por supuestas operaciones fraudulentas.

La obsesión argentina por el dólar, data de décadas y tiene que ver con la desconfianza histórica que se tiene por la moneda, las instituciones y las políticas económicas.

Para tener una idea, el peso actual es equivalente a 10 billones de pesos moneda nacional ($10.000.000.000.000).

Dolarizar el sistema monetario argentino implicaría la supresión total de la moneda nacional, es decir, el final de los pesos circulantes y los depósitos en pesos, adoptando de esta manera la moneda de un país extranjero.

Para hacerlo, tal como nos enseña la experiencia de Panamá y Ecuador, no es necesario la autorización de los Estados Unidos.

Ahora, lo que parece una tarea sencilla o administrativa, requiere de una serie de reformas estructurales poco viables en un país estatólatra como Argentina.

¿Qué consecuencias traería una dolarización?

– Declaración de Default en las obligaciones futuras del país con acreedores y organismos como el FMI o Club de París.

– Reforma en los Códigos tanto Civil y Comercial en materia de Contratos valuados en pesos.

– Derogación de leyes, resoluciones e impuestos sostenidos (o bancados) con emisión o toma de deuda. 

– Imposibilidad del Banco Central de emisión monetaria para financiar el Gasto Público.

– Limitación a las provincias y municipios en cuanto a gasto, dejando como única posibilidad financiarse bajo recaudación impositiva con nulas posibilidades de emisión o toma de deuda sin respaldo.

– Suspensión de bancos comerciales (satélites del BCRA) de financiarse bajo altas tasas de interés anulando su rol de multiplicación secundaria del dinero con altas tasas de interés.

Lo positivo

Una dolarización, traería consigo el final de un flagelo argento de casi un siglo, como es la inflación existente desde 1935 (año cuando se crea el Banco Central).

Esta acción dejaría inhibida a la corporación política que coactivamente siempre gastó y se endeudó por encima de sus posibilidades.

Claro que, lo que sería un gesto patriótico, se nos presentaría como una medida “vende-patria”.

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