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Hay que volver a las escuelas, sí o sí
Escribe: Germán Giacchero
Cuando todavía nos encontramos con la temporada de verano encima de nosotros y muchos se encuentran disfrutando sus vacaciones como pueden, hay una duda que atormenta a millones.
Aunque hay mayores certezas que hace unos meses, padres, docentes, estudiantes, directivos y supervisores se suman al coro dubitativo sobre el futuro del comienzo de las clases en este 2021.
Más allá de que desde las esferas políticas comenzaron a dar señales de vuelta a la presencialidad (a medias, claro), las convicciones se diluyen ante el avance de nuevos casos de Covid en distintas partes de nuestra provincia y el país.
Y por el temor a un rebrote mayúsculo, cuando falta rato para que la vacunación sea masiva y surta el efecto colectivo deseado.
Córdoba puso primera con el anuncio de un regreso mixto, entre presencialidad y virtualidad, realizado por el gobernador Juan Schiaretti. Y desde otras provincias tomaron el ejemplo para que sus autoridades avancen en el mismo sentido.
No será fácil la vuelta. Está más que claro. Hasta los propios docentes y autoridades escolares, más allá de desear volver cuanto antes a las aulas, manifiestan incertidumbre, dudas y temor ante un potencial regreso. Aunque este sea gradual, escalonado y con espacios y grupos diferenciados.
No solo aparece el fantasma del contagio agitando miedos, también asoman un montón de vacilaciones respecto de la infraestructura escolar, la forma de organización de las clases, la disposición de los espacios y el armado de los grupos de estudiantes.
Nadie tiene la certeza completa de cómo será ese bendito retorno a las aulas, pasillos y patios escolares.
Pero, de manera más generalizada, asoma una percepción y un acuerdo tácito: los cuidados sanitarios y la virtualidad -a la que hay que realizar varios ajustes- llegaron para quedarse, obvio. Pero, los niños y adolescentes deben volver a las escuelas sí o sí.
No solo porque lo piden desde muchos sectores, entre estas, agrupaciones de padres conformadas para luchar por esa finalidad, sino porque es una sensación social presente de manera amplificada.
Pero, sobre todo, porque es una imperante necesidad. Y mucho más que eso. Resulta una obligación. Política, social, ética, educativa, económica, cultural y sanitaria.
Y resulta hasta una obligación estética si se quiere. ¿Cuánto tiempo más tendremos que soportar ver a nuestros “coles”, escuelas, jardines de infantes y maternales convertidos en edificios fantasmales, en metáforas de una educación en crisis, en territorios antes creativos y llenos de vida, ahora transformados en postales tristes del vacío, las ausencias, el miedo, los silencios y el olvido?
Recordemos que una escuela sin sus estudiantes, sin sus docentes, sin sus directivos, sin su personal de limpieza, sin la familia, sin su comunidad completa no es más que un esqueleto de ladrillos.
¿Descuidar la salud? Claro que no. Pero tampoco dejar que la desigualdad social y educativa siga ampliando su brecha, con estudiantes de primera, de segunda y de tercera; ni que la contención y la formación, entendida en un sentido amplio, se transformen en una deuda pendiente para millones de chicos y chicas con conectividad mala o nula, o con escasos recursos escolares, económicos y culturales.
Estudiantes, muchos de los cuales se sumarán, lamentablemente, a las oscuras estadísticas de la deserción y el fracaso educativo. Que es una manera resignada de hipotecar el futuro de millones de chicos y chicas, y, en definitiva, de un país completo.
No contribuyamos más con ese desgarro.