[HISTORIAS] Anécdotas de un sepulturero

Escribe: Julio A. Benítez – benitezjulioalberto@gmail.com

“En los años que me dedico a mis tareas como sepulturero en el cementerio de esta ciudad, me he visto en situaciones muy complejas y aunque a veces trato de negarlo, las cosas pasan y no encuentro explicaciones coherentes a situaciones que parecen surgir de nuestra imaginación.

Muchas veces he abierto féretros para cambiar cuerpos, por roturas del cajón o para reducir los cadáveres; cuando hacemos esto último, no siempre están en condiciones óptimas y la tarea es horrenda y nauseabunda, pero nunca quedé tan anonadado como en el caso que pasaré a contarles.

Noviaba yo con una hermana de José, quien había nacido con un problema de salud que por aquellos tiempos los médicos que lo revisaron en Villa María, pese a su preocupación y esmero, no pudieron dar con la solución para esa enfermedad.

Sus padres, mis futuros suegros, decidieron llevarlo a la ciudad de Córdoba. En ese momento José ya había cumplido 11 años. Una vez auscultado por el profesional, éste ordenó análisis y otros estudios, que dieron como resultado que el joven había nacido con un soplo en su corazón y que la única solución era una cirugía que la realizaría un prestigioso cirujano de la ciudad de Rosario.

Volvieron a su casa ubicada en un campo, que resolvieron venderlo para mudarse a la ciudad, a fin de estar dedicados a cuidar de su hijo, sin aceptar la operación pensando que podría morir durante la misma.

Las tres hermanas no se opusieron a lo que sus padres decidieron y todos pusieron su granito de arena para que el muchacho viviera lo mejor posible pese a la gravedad del caso. Todo transcurrió, digamos, bien. Había cumplido diecinueve años y estudiaba en una escuela secundaria.  A todo esto, nos habíamos casado con mi novia, y José era mi cuñado.

Determinado día de clase la maestra y sus compañeros observaron que, de estar sentado y atento, se inclinó hacia delante y apoyó su cabeza en el banco.

La señorita le preguntó que le pasaba, se arrimó, lo habló, pero no obtuvo contestación. Lo tocó, quiso sentarlo; todo fue inútil, José había muerto. Demás está decir que la maestra se comunicó de inmediato para solicitar auxilio, pero todo fue en vano.

Comunicada la triste novedad a sus padres y hermanas, todo fue un sin fin de llantos, desconsuelo, tal vez arrepentimiento con algo de egoísmo por no haberlo hecho operar. Su familia, destrozada, no quiso verlo en el féretro, por lo que el velatorio se realizó con el cajón cerrado. Su mamá le había regalado un anillo de oro que sus hermanas dijeron que había sacárselo, pero los padres no quisieron.

Como empleado del cementerio, junto con un compañero fuimos los encargados de colocarlo en el nicho. Cuando levantamos el cajón sentimos un ruido raro, que siempre ocurre cuando el cuerpo empieza a despedir gases o líquidos, situación que no me permitió dormir bien algunas noches.

Mis cuñadas y mi esposa me pidieron que abriera el cajón para retirarle el anillo. Conversé con el jefe quien me permitió realizar dicha tarea, que iniciamos con el mismo compañero, una hora antes de abrir la puerta del cementerio.

Procedimos a su apertura…Y ¡Horror! José estaba sobre su costado derecho, con sus manos destrozadas sobre su rostro, sangre, con sus rodillas desechas que utilizó para poder salir. Me puse a llorar sobre el hombro de mi compañero ¡Lo habíamos sepultado vivo! Para sacarle el anillo tuve que amputarle el dedo. Entregué el anillo a mi esposa y nunca les dije de la situación que me tocó vivir”.  

Fuente: “Crónicas de un sepulturero” – Editor Luis Luján – Octubre de 2015 – ARCO Impresiones”                                                                                                                          

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