La investigación por los presuntos abusos sexuales infantiles denunciados en...Leer más
🔴 Desde el gremio @ate.villamaria remarcaron que la negociación salarial se encuentra...Leer más
El principal acusado por el femicidio de Agostina Vega fue...Leer más
Del 22 al 27 de junio habrá talleres, espacios de...Leer más
Imagen: mundoempresas.com.ar Un equipo de la Universidad Nacional de Villa...Leer más
La propuesta gratuita está destinada a estudiantes de nivel primario...Leer más
[Historias] Una vuelta a los 90: El baterista Fernando Samalea y la visita de Illia Kuriaky a Villa María
En su primer libro «Qué es un Long Play» (Sudamericana, 2015), Fernando Samalea recordó su paso por Villa María a mediados de los noventa, acompañando a la banda Illia Kuriaki & The Valderramas.
El reconocido baterista, bandoneonista y escritor, que tocó con Charly y con Cerati por mencionar solo algunos de los grandes, formó parte de la banda en una gira por la provincia de Córdoba, que incluía 12 shows en la misma cantidad de noches.
En su relato, recreó el primer recital de esa gira que fue en el club Sparta. Volvamos a los noventa por un rato…
Escribe: Fernando Samalea (*)
Corría el verano de 1996 y el plan inmediato de los Illya Kuryaki & The Valderramas -organizado al milímetro por Gigoló Producciones y varios promotores locales-, incluía brindar doce conciertos en doce ciudades cordobesas… ¡durante doce noches consecutivas!
“¡Nos dimos manija Tour!” fue la consigna, mientras subíamos al arcaico bus de la Empresa Belén, que parecía de los años cincuenta, el cual nos llevaría a lo largo y ancho de la querida provincia de Córdoba.
El asunto arrancó con mucha actitud, el 1 de febrero en el Club Sparta de Villa María. Al no haber camarines razonablemente utilizables, los líderes Dante Spinetta y Emmanuel Horvilleur, el bajista Fer Nalé, el tecladista Claudio Cardone, el guitarrista Pinguino Verdirame, el percusionista Gustavo Spinetta, el flautista Gustavo Ridilenir y un servidor tuvimos que adoptar nuestro micro para tal fin, estacionado frente al ingreso principal del gimnasio, donde esperamos el momento de salir a tocar.
Nuestro manager José Luis Micelli se asomó por la escalerilla, cámara de video en mano, y cuando eran exactamente las 3:24 Am dijo: “Vamos, gente… ¡Todo listo!”.
En segundos, saltamos a la vereda y copamos el modesto escenario al ritmo de “Chaco”, a puro hip hop-heavy rap. Detrás de nosotros, a modo escenográfico, se había colgado un enorme telón con llamas de fuego dibujadas. La euforia general de un millar de jóvenes acompañó con danzas y ovaciones.

Emmanuel, con enorme gorra, entró bailando y gesticulando como bien sabía y el trance se puso en movimiento. Todos parecían cautivados con los dos rappers, a los que les gritaban elogios como “¡Idolos!”, “¡Divinos!”, “¡Genios!” y “¡Maestros!” ininterrumpidamente, incluso después del final del concierto, cuando la cámara se paseó por el lugar mientras el público desconcentraba el recinto.
Las chicas, decididas, no dudaron en profesar insinuaciones sexuales explícitas para los líderes: “decile a Emmanuel que me desnudo acá mismo”, “Decile a Dante que lo parto al medio”, “Díganles a los chicos que me los voy a comer crudos y hacer una fiesta con los dos” y demás etcéteras imaginables, fueron los comentarios más suaves, los que harían empalidecer a sus propios padres, abuelos o bisabuelos, seguramente con vida.
A partir del Sparta, noche a noche, sucedieron los correspondientes viajes de carretera y las entradas y salidas de hoteles, moteles o lo que tuviese un lugar para dormitar un rato.
La convivencia general era excelente, colmada de imitaciones histriónicas de Aníbal o de seres imaginarios de dudosa moral, como propietarios de condominios o comerciantes afectos a drogas y negocios turbios.
Emmanuel y Dante, frunciendo con gracia sus rostros de narices torcidas e impostando voces graves, solían improvisar personificando desagradables sujetos de tendencias fascistas o xenófobas.
Río Cuarto y Río Ceballos
—¡Acá estamos, implementando la técnica de confiscar vidas! Nos gusta confiscar vidas, ¡sobre todo las de los pendejos que tomen drogas! —actuó Dante, mientras ocupamos durante largo rato el salón de una heladería en Río cuarto, pidiendo inocentes vasitos y cucuruchos, entre perros que asomaban olfateando desde la calle.
—¡Muerte!… ¡muerte!… ¡muerte! —cantaba su novia Eloísa Ballivian con voz aguda e irritante, sobre la base hipnótica que sosteníamos junto a Emmanuel y Natalia, guitarra acústica, pandereta y bongó mediante.
Así llegamos a una hostería de Río Ceballos, luego de actuar en el Gimnasio Municipal. Era regenteada por una familia de asombrosa fisonomía homogénea. madre, hija y dos hijos de entre ocho y doce años, eran un calco genético, regordetes, de anteojos y dentadura prominente.

Al advertirnos en el mostrador de la recepción, anotando nuestros nombres y números de documentos en un cuaderno de registro y filmando la escena, los niños olvidaron el sueño y nos rodearon haciendo morisquetas y gestos pretendidamente graciosos, sin parar de hablar y demandar atención.
—¡Ahí lo tienen a Francescoli! —gritó uno de ellos al verme, por mi supuesto parecido, según su visión, con la estrella uruguaya de River Plate.
—Chicos, ¿Por qué no se van a dormir?
Dicho sea de paso, eran tiempos dorados para el Club, de alzar copas locales y Libertadores de América de la mano del DT Ramón díaz, con baluartes como el Mono Burgos, Astrada, Almeyda, Juampi Sorín, el gran Enzo, el Muñeco Gallardo, Salas, Crespo y el Burrito Ortega. Aunque ya no estuviese en el club el inolvidable Ramón Ismael Medina Bello.
“¡Qué genio el mencho! Yo he conocido a muchas celebridades, subí en ascensor con David Bowie y Boy George, saludé a Peter Gabriel de mingitorio a mingitorio, salí de parranda con Jon Anderson, merendé con Sabato… ¡Pero un día lo crucé a Medina Bello en el pasillo de un avión y me paralicé!”, le conté a Dante, también hincha de River, mientras nos metíamos en unas cuchetas crujientes de frazadas marrones para intentar descansar.
En el Uritorco
Kilómetro a kilómetro, íbamos turnándonos asientos y cuchetas del desvencijado Belén, que cada vez lucía más condenado a un cementerio de automotores. Las charlas eran imprevisibles, incluso sobre documentales de Gala y Dalí, aunque los cortes solían ser abruptos: “Vamo’ a lo de un amigo, acá de la zona —bromeó Emma, adoptando su clásica voz grave y nariz fruncida, quien solía usar lentes de marco blanco de aspecto cibernético, a veces apoyados sobre la parte superior de sus rastas”.
Durante el intenso periplo que se fue desarrollando ciudad a ciudad, atravesamos el lago San Roque e infinidad de pequeñas poblaciones que parecían no contar ni siquiera con habitantes, como maquetas solitarias puestas en la ruta a modo escenográfico.
Cuando divisamos el Cerro Uritorco, se decidió hacer una parada. más que por “mística”, el motivo fue una necesaria orinada general bajo el sol. Nuestro Belén, por supuesto, no contaba con tan distinguido servicio.
“¡El Uritorco es una especie de holograma extraterrestre!” Buscamos sectores de pasto quemado y rastros de hipotéticos aterrizajes de naves espaciales. O de restos fósiles y materia inorgánica.
—Las pruebas son contundentes —dijo Dante, imitando la voz de un traductor centroamericano de documentales—. Estos, sin duda, son los vidrios del capot de una nave, licenciada por fiat —agregó.
—¿Ustedes vieron cuando José de Ser visitó el Uritorco para Nuevediario? —gritó el tío Gustavo Spinetta desde varios metros más abajo de la pendiente.
Casi anocheciendo, luego de instalarnos en Capilla del Monte, alcanzamos la cima del mentado Uritorco para no perdernos la experiencia sideral. La banda sonora del pasacasete del bus podía ser alarmantemente variable, desde Prince y Djavan a Dr. Dre o música soul. Los asistentes batían palmas sobre la música, mientras Fer Nalé daba el toque «british», cantando temas de Duran Duran o de su adorado Pink Floyd. “The lunatic is in my head, you raise the blade, you make the change, you rearrange me ‘till I’m same…”, entonó el joven bajista, con excelente pronunciación.

Los cambios de look eran habituales. Dante alternaba boinas blancas con pañuelos o vinchas, al tiempo que Emmanuel portaba indumentaria de alta moda e ingenio. El resto, incluyéndome, también se esmeraba. Nuestro movedizo bajista Nalé alcanzó la mayoría de edad en plena gira y recibió los saludos entre las paredes de piedra de El Molino Rojo, el club de Villa Carlos Paz.
A esa altura, llevábamos once días ininterrumpidos de viajes, armados, pruebas, conciertos y desarmados -cruzando Traslasierra, Río Tercero, La Falda, Río Cuarto, Villa General Belgrano, San Marcos Sierras, Villa Dolores y demás-, aunque en verdad no hubiese demasiadas muestras de cansancio.
El espíritu estaba alto para que encarásemos la última noche, programada en el Viejo Cine de Mina Clavero, el mítico lugar serrano que acompañó los inicios de Luca Prodan y el grupo Sumo, según se comentaba. Coronamos la misión cumplida entre abrazos y chistes. ¡Ni nosotros podíamos creer todo lo que habíamos hecho en esos doce días!
Pero, en lo estrictamente personal, no tenía tiempo que perder. Eran las cinco de la mañana y, aunque pareciese inverosímil, ese mismo día, a la noche, yo debía tocar con Charly García en Brasil, para luego viajar al día siguiente a la Patagonia argentina y reencontrarme 24 horas después con los IKV en la costa.
—Llegó el remise… ¡Chau, señores, nos vemos en dos días en Pinamar!
—¡¡¡Suerte, loco!!!
Pegar al vuelta
Mientras amanecía, un automóvil me llevó hasta la ciudad de Córdoba, distante 150 kilómetros de sinuosos caminos de cornisa. Lo piloteaba un alarmantemente conversador chofer, con alma de corredor de Dakar, que batió todos los récords en cubrir el trayecto. Al bajarme, el hombre hubiese merecido dar una conferencia periodística para contar detalles de su proeza.
Desde el aeropuerto cordobés Pajas Blancas volé hacia Aeroparque, para transbordar otro avión rumbo a Porto Alegre. Tocaríamos con García en el Festival Planeta Atlántida, compartiendo cartel con Os Paralamas do Sucesso, y confieso que alcancé el escenario gaúcho a bordo de un taxi casi al horario de inicio del show. A lo sumo, diez minutos antes.
—¿¿¿Dónde estabas??? —me preguntó Charly con una sonrisa, al verme entrar al camarín valija en mano.
—Ehhh… es que estaba en córdoba con los Kuryakis.
¿No te dije? Pero es muy largo de contar. ¿Salimos ya?
El concierto significó otro merecido éxito suyo en tierras brasileñas y el Artista bajó del palco feliz, aunque tampoco habría demasiado tiempo para derrochar. Tomamos las maletas y volamos de inmediato hacia suelo argentino, para transbordar otro vuelo nocturno en Aeroparque, rumbo al sur. En pocas horas debíamos tocar en el Club Independiente de Neuquén, en plena Patagonia.
Por suerte, la toma de conciencia nunca fue lo mío, así que no me preocupaba demasiado por todo lo que estaba ocurriendo. Tras la presentación neuquina, esa misma madrugada, me di el gusto de acompañar a María Gabriela Epumer -la guitarrista de la banda-, quien mostró sus nuevas composiciones en formato acústico —guitarra acústica y percusión— en un bar colmado de la ventosa ciudad.

Reencuentro
Pero, el descanso debía seguir esperando para mí, ya que tenía que abordar otro avión hacia Aeroparque, antes de que saliese el sol. Allí me estaban esperando unos amigos en un auto y de inmediato tomamos la ruta 2 a toda velocidad, incluso a más de la permitida por las leyes de tránsito, para reencontrar poco después del almuerzo a los fervorosos Illya Kuryaki & The Valderramas en el Parador Pakalolo de Pinamar.
“¡¡¡Llegaste!!! Estuvimos desarrollando mil teorías sobre tu paradero. ¿cómo te fue?”, me dijeron entre chistes.
Luego de una breve prueba de sonido, Dante y Emma calentaron la arena al ritmo de “Abarajame”. Siempre me han gustado esos conciertos de atardeceres sobre la playa, con la juventud sentada o bailando en la arena, disfrutando de sus artistas favoritos.
¡Era mi show número quince en quince días y en quince ciudades diferentes, bien distantes entre sí!
Al terminar con el último platillazo, me senté detrás del palco, sobre una madera saliente, para sacarme las zapatillas. Sentí un agradable relax en todo el cuerpo, y la sensación del «deber cumplido». Poco importó observar que mi maleta estaba cubierta de arena y bastante mojada. Me saqué como pude la ropa para ponerme el short de baño, sin importarme si alguien estuviese observando mi exhibición pública, y lo miré a Emmanuel, aunque las palabras sobrasen. “Vamos al mar ya mismo, ¿no?”.
Al instante, ambos corrimos a la par sobre la arena semimojada, cual atletas en competencia de cien metros llanos, para practicar sendos clavados contra las olas, aunque bastante tímidas en ese balneario de Pinamar. Me revolqué durante un rato largo en el agua. No recordaba hacerlo de esa forma desde que era niño, frotando las plantas de los pies sobre el fondo, como la arena estuviese haciendo su tarea con maestría asiática. “Qué bueno que no está fría…”, nos dijimos.
Al borde del éxtasis, saqué la cabeza y expuse mi cara al sol, con el agua masajeándome hombros y cuello. Levanté los brazos hacia afuera y agradecí a la Providencia el privilegio por tantas vivencias especiales y tanta música en el alma durante mis 32 años de vida. ¡Qué larga que era mi juventud!
(*) Extracto de su primer libro «Que es un Long Play», Sudamericana, 2015