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La muerte de Abigail: cuando las excepciones son solo para algunos
Escribe: Germán Giacchero
En el atardecer de este domingo 31 de enero, falleció Abigail Jiménez.
Quizás su nombre no diga nada, en principio. Pero se convirtió en emblema del estado de excepción en que vivimos. No solo en tiempos de pandemia, pero excepcionalmente peor en tiempos de cuarentena.
Era la nena de 12 años que se hizo conocida cuando se viralizó un video junto con su papá, que tuvo que llevarla en andas durante 5 kilómetros para ingresar a su provincia, Santiago del Estero, en medio de un tratamiento oncológico por el cáncer que padecía.
Un oficial de policía no los dejaba ingresar desde Tucumán, cumpliendo órdenes de sus superiores. Tal cual sucedió y sucede en otras provincias, donde las medidas anticoronavirus suelen atentar contra el más elemental sentido común y las normas de convivencia.
Luego el gobernador Zamora pidió disculpas en su Facebook, pero ya era tarde. El daño estaba hecho.
Un caso similar ocurrió con Solange, una joven con cáncer residente en Alta Gracia, que murió sin poder ver a su padre que había viajado desde Neuquén visitarla. No le dieron permiso para ingresar a la provincia de Córdoba.
Las leyes antipandemia habían atentado también entonces contra el sentido común.

Estados de excepción y decepción
Vivimos en un estado de excepción, no en un estado excepcional como sería el deseo de la mayoría.
Y rima mediante, aunque no exista nada de poesía en esta condición, podríamos decir que vivimos en un estado de decepción.
Estado de excepción promovido por los más altos estándares políticos y las jerarquías gubernamentales. La misma que hace las excepciones, la que transgrede las mismas normas que quiere que el resto de nosotros cumplamos.
La que debería actuar con mayor responsabilidad y ética ante sus conciudadanos.
Casi al mismo tiempo que se viralizaba la patética y dolorosa imagen de la travesía de Abigail y su papá para acceder a su suelo natal, una muestra de fervor popular hacia el máximo ídolo argentino barría con todos los protocolos, normativas y recomendaciones sanitarias habidas y por haber. Al igual que las multitudinarias marchas y concentraciones con eslóganes de ocasión, sean pro o antigobierno de turno.
El velatorio de Diego Maradona fue un ejemplo masivo de fe terrenal. Pero, también cumplió con el patrón de la falta de sentido común del estado de excepción permanente. Y del estado de decepción. Ambos estados, promovidos por los más altos estándares políticos.
Porque el estado de excepción también tiene sus excepciones. Y las excepciones son solo para algunos. Cuando les conviene, donde les conviene y para quienes les conviene.
Porque no hubo excepción para ese papá que viajó de Neuquén a Córdoba y no pudo ver a su hija que finalmente murió por cáncer.
Porque no la hubo para Abigail cuando quiso volver a entrar a su provincia y su papá la tuvo que cargar a pie durante kilómetros, con el calor, las moscas, y ella con un tumor en la pierna.
Porque no la hubo para los formoseños que quisieron ingresar a su provincia y tuvieron que esperar semanas enteras en el límite geográfico sin poder acceder a su tierra. Ni para los que son aglomerados a la fuerza, en la turbiedad de los centros de aislamiento de la patria chica del gobernador Gildo Insfrán.
Porque no la hubo para todos aquellos “infractores” sin antecedentes, que después de mucho cumplir las normativas por el aislamiento, tuvieron necesidad de reencontrarse con sus familias, o de socorrerlas, de ayudarlas, por los motivos que fuera.
Porque no hubo excepción para todos aquellos que cometieron mínimas infracciones y fueron sancionados, multados, detenidos y hasta encarcelados. Por no usar barbijo, por ejemplo.
Hipocresía y contradicciones
Fíjense hasta qué punto llega la hipocresía política y de nuestra sociedad, que se rasga las vestiduras, pero que luego practica lo mismo que dice combatir.
Es la esencia congénita que llevamos en nuestra sangre, en nuestras vísceras y en nuestras cabezas. Con las eternas contradicciones entre lo que proponemos, decimos y hacemos; entre lo que dice la ley y lo que hacemos con lo que dice esa ley.
Estado de decepción, de hipocresía, con una sensación de tristeza y amargura que nos invade por todas estas muestras de excepcionalidad que parecen gratis, pero que en verdad nos cuestan vidas.
Nos falta mucho por aprender.
Nos falta mucho para creer y para volver a ser lo que quizás alguna vez fuimos, o lo que quizás alguna vez soñamos ser.
Ojalá podamos, algún día.
Foto de portada: ilustración de @comadrejadark