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La pandemia los hizo más ricos: los megamillonarios en un mundo cada vez más pobre
Que el mundo es un lugar injusto por donde se lo mire no resulta novedad alguna. Pero nunca hubo tantas evidencias juntas como ahora. La riqueza se concentra cada vez más y se sumerge en la pobreza a la mayoría de la humanidad. El boom de los multimillonarios es una inquietante muestra de la obscenidad del sistema económico que nos oprime. Y la pandemia no hizo otra cosa que profundizar esa brecha.
Escribe: Germán Giacchero
La guita de un solo tipo en todo el mundo podría acabar con la miseria económica de medio planeta al menos durante un año. Mientras media humanidad sobrevive con menos de un dólar por día y no tiene el dinero suficiente para invertir en un reloj para colocar en su muñeca, el hombre más rico del planeta, Jeff Bezos, instaló un reloj de 150 metros de alto en las montañas de Texas para medir el paso del tiempo durante los próximos 10 mil años.
Tiene una aguja preparada para moverse cada siglo y un pájaro cucú que se asomará cuando hayan pasado mil años. Se llama Reloj del Largo Ahora.
No le va a alcanzar la vida (ni a varias generaciones de sus descendientes) para disfrutar por completo de esa creación que le costó 42 millones de dólares. Pero no lo importa. A sus 57 años, el fundador del imperio Amazon.com y el hombre más rico del globo terráqueo según la revista Forbes, amasa una fortuna extravagante e imposible para la mayoría de los mortales.

Al primer homo sapiens de la historia en disponer de un patrimonio de 12 cifras, no le alcanzaría el resto de su tiempo para contar billete por billete de los 177 mil millones de dólares con los que mira, cómodo, desde arriba al selecto club de los multimillonarios. No hagamos la prueba de pasar a pesos esa cifra suculenta, que entra en la calculadora pero no en la cabeza: tardaríamos en reconocer el número final.
Para tener una idea: con esa cantidad en billetes de 1 dólar colocados uno al lado de otro podría dar 663 vueltas a la Tierra tapizando en verde la línea del Ecuador. Más simple: su riqueza multiplica las reservas monetarias de la Argentina.
Pero, esto que suena curioso, increíble y hasta divertido si se quiere, esconde un trasfondo oscuro. Y no solo por las formas -algunas nada santas- en que los audaces lobos de las finanzas y el comercio acopian su capital. No alcanza solo con el talento; a otro lado con ese verso.
Alta suciedad
La pandemia no los afecta. El fenómeno de los multimillonarios, del cual Bezos es hoy la principal figura, seguido de cerca por el genio extravagante de Elon Musk, el creador de Tesla y Space X, es una muestra indiscutible de las asimetrías económicas que dominan el mundo.
Desigualdades que presentan condicionamientos sociales y culturales y que terminan por confirmar las injusticias que perduran por los siglos de los siglos. Pero, que hoy se muestran más crueles que nunca.
Las estadísticas y los números suelen ser fríos y jodidos. Aunque, resultan ejemplificadores. Según la Oxfam, una organización internacional que lucha contra la pobreza, en 2010 la riqueza de 43 personas alcanzaba para igualar a la del 50% de la población mundial más pobre. Esa cantidad se ha reducido a solo 8 acaudalados. O quizás menos.

El nivel de desigualdad causa escalofríos. Según la ONG, uno de cada tres habitantes en el planeta es pobre y lo será hasta el final de sus días. Créase o no, esa proporción se repite con creces en nuestro país: uno de cada tres compatriotas vive en condiciones de escasez, cuando no, uno de cada dos argentinos.
En un informe de enero de este año, Oxfam reveló lo que todos sospechamos desde un principio: el coronavirus es el virus de la desigualdad. La pandemia de COVID-19 tiene el potencial de aumentar la desigualdad económica en prácticamente todos los países del mundo al mismo tiempo.
Y da un ejemplo concreto: en tan solo nueve meses, las mil mayores fortunas del mundo ya habían recuperado las pérdidas económicas originadas por la pandemia, mientras que las personas en mayor situación de pobreza podrían necesitar más de una década para recuperarse de los impactos económicos de la crisis.
Hay audacia, talento, trabajo y algo de azar en la creación de esas riquezas. Pero, esas fortunas astronómicas se hacen a sangre, fuego, sudor y lágrimas de millones de marginados, el otro perfil de este paraíso cada vez más selecto, pero a todas luces obsceno y denigrante para el resto que lo mira por TV. O ni siquiera eso.
Ricos, muy ricos
“Los muy, muy ricos se volvieron mucho, mucho, más ricos” durante el primer año de la pandemia sostuvo la Revista Forbes cuando publicó su ranking anual de los jerarcas de la riqueza.
En el selecto listado aparecen 2.755 multimillonarios con patrimonios superiores a los miles de millones de dólares. En 2020, el 86% de ellos vio aumentar sus fortunas de manera considerable.
Además, el ranking de Forbes presentó 660 personas más que hace un año, de los cuales 493 ingresaron por primera vez. Otros 250, en tanto, no habían ingresado en la lista anterior, pero regresaron en la publicación de este año.

En total, las fortunas de los megamillonarios suman 13,1 billones de dólares, frente a los 8 billones de dólares de 2020. Estados Unidos es el país más representado en la lista, con 724 personas, seguido por China, con 698.
En el podio, además de Bezos con 177 mil millones de dólares y Musk con 151.000 millones de dólares, aparece el francés Bernard Arnault y familia, con 150 mil millones, líder de un emporio de la moda con Louis Vuitton a la cabeza.
Bill Gates, un histórico abonado, se quedó con la cuarta posición, con la nada despreciable cifra de 124 mil millones.
Obsceno y denigrante
En un año, mientras más hombres y mujeres caían en los abismos de las necesidades básicas insatisfechas, cada dos días aparecía un nuevo multimillonario, una persona que sobrepasaba en sus cuentas bancarias los mil millones de dólares. Esta ultraconcentración de la riqueza no es casual y producto del esfuerzo, el talento y el atrevimiento personal o corporativo.
Hay audacia, talento, trabajo y algo de azar. Pero, esas fortunas astronómicas se hacen a sangre, fuego, sudor y lágrimas de millones de marginados, el otro perfil de este paraíso cada vez más selecto, pero a todas luces obsceno y denigrante para el resto que lo mira por TV. O ni siquiera eso.

La teoría del derrame es una vulgar mentira. El crecimiento económico solo beneficia a los más ricos y sus bondades se les niegan cada vez más a los que menos tienen.
Mientras no haya decisiones políticas adecuadas y tomadas en conjunto por los países para combatir esta sideral brecha, no habrá nada por hacer. Más que esperar el lavaje de cara de los nuevos ricos de rigor en la portada de “Forbes”, mientras medio mundo se muere de hambre.
A este ritmo, ni los 10 mil años del súper-reloj de Bezos alcanzará para ver alguna vez un mundo más igualitario, justo y sin tanta opresión sobre la inmensa mayoría de esta dolorida humanidad.