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[Leyendas Urbanas] El misterio del niño de la Ruta 4

Escribe: Prof. Luis Luján

En la década de 1970, no muchos vecinos de Villa Nueva tenían automóviles. El vehículo más común seguía siendo la bicicleta. A veces tener un auto nuevo, en algunos hogares de clase media, era casi todo un lujo. A principio de los ochenta, ya habían comenzado a entrar al país muchos modelos importados, aun así, la flota automotriz no era como la hoy.

La ruta 4, que unía esta ciudad con la localidad de La Carlota, era muy frecuentada, especialmente por los habitantes de los pueblos que habían quedado sin el ferrocarril como medio de movilidad. Y como no en todos los pueblos tenían colegios secundarios, los adolescentes debían viajar a Villa Nueva o a Villa María para continuar sus estudios de nivel medio.

Muchos de estos jóvenes acostumbraban a hacer dedo en la ruta con el propósito de ser trasladados hasta su destino por algún generoso desconocido. Por lo tanto, era frecuente ver a la vera del camino a personas solicitando ser transportadas.

En el mes de abril de 1972, un conductor que provenía de la localidad de Etruria hacia Villa Nueva, apenas dos kilómetros antes del cruce con la ruta 2, observó a un menor, de aproximadamente cuatro años, junto al asfalto de la ruta. Al verlo en soledad le atrajo la atención y detuvo la marcha del rodado. Descendió del mismo y se dirigió al niño preguntándole qué hacía solo en ese lugar tan peligroso.

El pequeño no contestó, simplemente comenzó a llorar desconsoladamente con un timbre en su llanto que aturdió los oídos del hombre. Éste levantó la mirada y buscó en vano los progenitores del niño, y constató que se hallaba totalmente solo y desprotegido.

Al no encontrar una respuesta por parte del purrete, se dirigió hacia su humanidad, lo abrazó y lo cargó en sus brazos. Cuando lo elevó al pequeño tuvo que hace un esfuerzo descomunal, como si el niño pesara igual que un adulto. Creyó que todo fue por alguna mala maniobra, pero igualmente era sumamente pesado.

Se dirigió hacia su camioneta, un viejo Rastrojero, abrió la puerta del acompañante y lo introdujo finalmente. Cuando ascendió al vehículo el menor ya había calmado su llanto. Entonces aprovechó la oportunidad para entablar una conversación, pero el niño solamente sonreía sin pronunciar palabra alguna.

Sorprendido el hombre ante la actitud del otro, decidió llevarlo hacia la comisaría de Villa Nueva y entregarlo allí para que la autoridad se hiciese cargo del extraño niño. Intentó entonces dar encendido al vehículo, pero fracasó en sus cinco intentos. Jamás le había sucedido esto. Descendió y abrió el capot de la camioneta y no encontró nada fuera de estado. Esperó unos diez minutos e intentó nuevamente darle arranque, pero fue en vano.

Como estaba detenido muy cerca de la capa asfáltica, creyó que era peligroso que el niño permaneciera en el interior mientras él intentaba solucionar el inconveniente, entonces, con gran esfuerzo, bajó al pequeño del vehículo y lo dejó junto al alambrado. Curiosamente, en el primer intento, encendió el motor.

Cuando descendió para buscar al menor, éste ya no estaba allí. Al levantar rápidamente la mirada contempló que el niño se hallaba del otro lado de la ruta, y del susto casi se le paralizó el corazón. No comprendía en qué momento cruzó rápidamente el asfalto. Contempló que un camión de gran porte se acercaba a toda velocidad, entonces le gritó al menor que no se moviese de allí, pero cuando el vehículo mayor cruzó delante de él, otra vez perdió la visión sobre el misterioso niño. Por un segundo creyó que el camión lo habría enganchado y lo había arrastrado.

Ante la desesperación sintió un ahogo y comenzó a llorar pensando en el destino de aquel niño que no pudo salvar

Comenzó a llamarlo a los gritos, pero no tuvo respuesta. Cruzó la ruta y buscó cerca de los alambrados y no halló nada. Ante la desesperación sintió un ahogo y comenzó a llorar pensando en el destino de aquel niño que no pudo salvar.

Acongojado regresó a su camioneta, y cuando abrió la puerta para ascender quedó perplejo al ver al niño sentado en el interior del rodado. El hombre creyó que le iba a explotar el corazón del susto. Mientras tanto, el pequeño lo contemplaba en silencio mientras le ofrecía una sonrisa algo irónica.

En ese momento el conductor no supo qué hacer. Estaba anonadado ante el estupor de saber que lo que estaba sucediendo estaba más allá de lo normal. No podía comprender toda la magnitud de la situación. Rápidamente emprendió la marcha hacia la ciudad sin ni siquiera dirigirle la mirada al niño, quien ahora comenzaba a reír a carcajadas como burlándose del hombre.

Antes de llegar a la curva, junto a la ruta 2, el conductor del Rastrojero volvió la mirada sobre lo que antes era un niño, y con desesperación contempló a un engendro de la naturaleza, del tamaño de un niño, con una cabeza de dimensión descomunal, que echaba fuego por sus ojos, y poseía cuatro brazos con garras en sus extremidades.

El hombre abrió la puerta del rodado y se arrojó hacia la ruta y el vehículo continuó su marcha hasta caerse en un zanjón y prenderse fuego en su totalidad.

Según comentaron los testigos, el vehículo ya estaba en llamas entes de impactar. El conductor fue trasladado al Hospital Pasteur, de Villa María, con escoriaciones múltiples, y una fractura expuesta de fémur. Jamás hallaron restos de lo que allí había, según dichos del hombre accidentado.

Éste es sólo uno de los tantos otros hechos similares que describieron conductores y transportistas que socorrieron a un niño a la vera de la ruta, durante la década de 1970.

Veinte años más tarde no se volvió a hablar de esos hechos, o debe ser que por razones de seguridad ya nadie levanta a niños ni jóvenes que hacen dedo en la ruta 4. Por las dudas, si un niño le solicita que lo lleve, tome la determinación correcta, y no se olvide del matafuego.

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