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[Tiempo Loco] Para los que no aguantan más el verano: Algunos indicios de la próxima estación
Escribe: Mg. Hernán Allasia
Pasa de todo.
En solo unas horas la atmósfera y el aspecto del campo pueden sufrir cambios.
El mal tiempo maltrata a los árboles de hojas casi secas que, de un momento a otro, sacudidos por el temporal, pueden perder todo su follaje.
Pero a la vez favorece a las coníferas, cuyas copas oscuras brillan con lustre, mojadas por los chaparrones. En el campo, nieblas y escarchas blanquea el amanecer.
Todos estos cambios vienen impulsados por el soplo del viento otoñal.

Noche clara, de luna alta y cielo despejado.
La bóveda celeste parece una campana de cristal bajo la que no se mueve “una gota de aire”.
Noche serena.
Amanece con una intensa helada. Cuatro grados bajo cero y un alto índice de humedad son suficientes para teñir de blanco los campos.
El gran cristal del cielo nocturno se ha fragmentado y cubre la tierra con millones de diminutos cristales de hielo.
A media mañana el viento empieza su faena, la de remover la masa de aire quieta y traer agua. El cielo está bajo, encapotado por las nubes.

Un viento arrastra a las hojas secas por el suelo, sacude a los árboles, que gimen en todos los tonos de la escala de los vientos. Una vez cumplida su misión, agitada la atmósfera, el viento calma y los chaparrones dejan paso a una lluvia suave, larga, prolongada, que empapa la tierra, rellena los manantiales y empieza a preparar el campo para una siembra todavía muy lejana.