De la depresión a la euforia, de la crisis nacional a ser campeones del mundo: Que el 2023 sea más parejito

Escribe: Germán Giacchero

Lo bueno de terminar un año es que comienza otro. Menos mal.

Pero, tirar un almanaque para colocar otro nuevo -una sublime antigüedad en tiempos digitales- no es el único cambio.

Aunque nos haya ido muy mal durante el ciclo anual que se nos va, la ilusión del año nuevo nos gana por goleada y volvemos a caer en las redes de la fantasía de coquetear con el futuro, que está a horas, minutos, segundos, ¡ahora es nuestro! Chin chin, salud.

Pero, la magia sucumbe al desencanto en general y al poco tiempo de transcurrido nos damos cuenta de que por más que arrasen los años en nuestro calendario, todo fue puro deseo y ganas a montones de cambiar esta realidad que nos duele, nos molesta, nos gusta en ocasiones, nos deja afuera o nos termina aplastando.

Una realidad que la política debería mejorar y no solo maquillar, para hacerla más inclusiva y equitativa en serio, y para derribar las tinieblas del maniqueísmo nacional.

Esa tendencia tan nuestra de abrazar solo los extremos y abrasarnos hasta incinerarnos antes de reconocer los errores propios y dejar de señalar los ajenos

Esa tendencia tan nuestra de abrazar solo los extremos y abrasarnos hasta incinerarnos antes de reconocer los errores propios y dejar de señalar los ajenos.

Ese tic nervioso que no reconoce matices en la vida y que en un universo tan heterogéneo solo encuentra polos opuestos.

Esa estúpida argentinidad congénita que tiende a dividir antes que a sumar. La misma esencia nacional que partió al país en dos mitades desde siempre.

Grieta, a secas, o como quieran llamarle. La Real Academia tiene un buen diccionario de sinónimos.

Una realidad que en 365 días nos llenó de aburridas cotidianidades, rutinas interesantes, cosas sin importancia y muchas otras cuestiones trascendentes a nivel personal, pero que también nos arrojó a la cara y nos desembuchó en el alma una catarata de hechos que marcaron la agenda mediática. Que no es la misma que la nuestra de cada día, pero a la cual no podemos dejar de mirar.

El 2022 asomó con una nueva guerra entre Ucrania y Rusia y termina del mismo modo. Aunque ya no nos hablen tanto de las muertes y las destrucciones.

También marcó un hito con la muerte de la reina Isabel del Reino Unido, que parecía eterna.

Hubo graves protestas en Irán y China, que cambiaron algo para que nada termine de cambiar de manera definitiva.

Los brasileños volvieron a elegir a Lula Da Silva como presidente, pero solo un poco más de la mitad de ellos.

Argentina campeón mundial permitió un desahogo personal y una catarsis colectiva que allende los mares aún no alcanzan a comprender del todo

Argentina comenzó, continuó y finaliza con crisis política y económica. Aunque los indicadores de la macroeconomía son alentadores, ni la economía de entrecasa ni los bolsillos de la mayoría de los compatriotas aún se dieron por aludidos. El efecto derrame se sigue haciendo desear.

Una inflación de casi el 100% anual, con tres ministros de Economía en un mes, un dólar más huidizo que Messi en el Mundial, un transpirado acuerdo con el FMI que nos hace seguir metiendo la pata hasta el fondo y un fuego cruzado interno en el gobierno nacional fueron parte del paisaje no tan soñado del año que se nos va.

¿Te acordás que hubo un censo nacional en mayo? Durante la Copa del Mundo no sabíamos si decir 40, 44, 45 o 47 millones de argentinos, porque aún tampoco lo sabemos.

Sí conocemos con seguridad, porque lo dijeron en la tele, que 5 millones salieron a celebrar la tercera estrella en la camiseta celeste y blanca.

Cristina Fernández fue protagonista, sobre todo, por dos sucesos conmocionantes: el intento de magnicidio cerca de su casa y la condena a prisión e inhabilitación perpetua para ejercer cargos públicos por corrupción en la causa de Vialidad.

El broche de oro del 2022, fue una síntesis entre la desmesura y la felicidad desatada por la obtención de la Copa en el desierto vip de Qatar. Argentina campeón mundial permitió un desahogo personal y una catarsis colectiva que allende los mares aún no alcanzan a comprender del todo.

Y fue el año cuando muchos -con falta de tacto- descubrieron que Messi, ahora sí, es el mejor jugador del planeta y la copa dorada en sus manos lo elevó al mismo olimpo celestial que Maradona. Y pensar que con semejante alas, es dueño de una sencillez tan terrenal como eterna y descomunal.

Y, de la misma manera que coreamos hasta el hartazgo la canción que se transformó en himno durante el Mundial, “Muchachos, ahora nos volvimo’ a ilusionar…”, así estamos con el año nuevo.

Ilusionados, aunque sepamos de antemano que el revés podría llegar en cualquier momento. Casi como un gol de Francia, pero con un final menos feliz.

No importa, solo pidamos que el 2023 sea un poco más parejito, nomás.

Quién dice que a lo mejor se haga realidad.

Salud, feliz año nuevo y gracias, como siempre.

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