[Historias] Gerardo “Pirucho” Rodríguez: De los “Campeonatos Evita” al fútbol como trabajo y categoría obrera

Cuando “Pirucho” Rodríguez (en Ballesteros nadie lo conoce por Gerardo Pantaleón) me abre la puerta en una fría mañana de marzo, más que a su casa me hace pasar a un santuario; uno de los tantos a los que ingresé durante mi niñez pero que ya no existen o cuesta creer que aún sigan existiendo en el pueblo.

Escribe: Iván Wielikosielek

En las bajas paredes de su living blanqueadas a la cal, apenas brilladas por el resplandor rosado del Pozanjón, sobresalen viejas fotos de fútbol; el Tiro y Gimnasia de los setenta en deslavado color de medio siglo hasta el Talleres del sesenta en nítido blanco y negro.

Sin embargo, la luz más potente proviene de un velador que, extrañamente, ha quedado atrás de la puerta. Y su haz se proyecta a medida que “Pirucho” la va cerrando. Entonces me vuelvo y la veo… En un retrato en color artificial, Evita me sonríe desde alguna tarde del cincuenta.

Su luz de mujer es tan brillante como la del foco que la ilumina, del mismo modo en que un sirio hace resplandecer una imagen sagrada. Y me doy cuenta que esa es, exactamente, la razón por la cual el velador y el retrato están juntos; la misma por la cual los campesinos rusos iluminaban sus íconos de Jesús o San Vladimir con una vela.

“Pirucho” me ha sorprendido mirando (acaso algo embelesado) aquel rincón, y entonces me pregunta si soy peronista. “¿Y vos, Pirucho?”, le contesto con su misma pregunta.

“No, yo no soy nada… A mí nunca me interesó la política. Pero ella… Bueno, ella es otra cosa…”.

No, yo no soy nada… A mí nunca me interesó la política. Pero Evita… Bueno, ella es otra cosa…

Y Pirucho se calla durante tres segundos, como atragantado por un dolor sin nombre. Y entonces me doy cuenta que, de haberle respondido antes, mi contestación hubiera sido exactamente igual a la suya. Es en ese momento cuando Elba, su mujer, viene en su ayuda.

“Decile al muchacho que acá somos peronistas… Pero no de estos de ahora, ¿eh? Somos peronistas de los de antes… Bueno, de Evita y de… Pero sentate querido, que ya les traigo café”, me dice la mujer con esa amable familiaridad que sólo recuerdo de esos templos de la infancia, de la gente de mi pueblo que siempre se preocupó por servir más que por ser servidos, como manda el Evangelio.

Para niños descamisados

-Decíme entonces, “Pirucho”, por qué te hiciste peronista…

 -Ya ni me acuerdo… O mejor dicho, sí me acuerdo… Me hice peronista porque Evita me mandó el primer guardapolvo que tuve para ir a la escuela. Y, además, porque me dio la oportunidad de empezar a jugar al fútbol… Porque yo debuté en los campeonatos Evita ¿sabés? Y que de no haber sido por ella; los chicos como yo, no hubiéramos podido jugar nunca… Después, con los años, el fútbol se volvió un oficio para mí, un modo de ganarme la vida…

-¿En los campeonatos “Evita” jugabas para Ballesteros?

-Sí, el director técnico era un señor Romero, que arreglaba zapatos. Él armaba los cuadros y nos llevaba a Morrison, a San Marcos… Me acuerdo que jugaba con el Hugo González, que sería un grandísimo jugador de Talleres después…

-¿Y a qué edad empezaste a trabajar?

-A los diez años. Justo se murió mi viejo y con mi mamá nos quedamos solos, porque todos mis hermanos ya eran grandes y se habían ido. Así que tuve que dejar la escuela… No pude usar mucho tiempo el guardapolvo que me regaló Evita -Y “Pirucho” sonríe con más tristeza que picardía-. Así que a los diez años me anoté para desyuyar maní en Hernando y Tancacha. En esos tiempos, los chicos trabajábamos a la par de los grandes y había que traer plata para comer… Después, acá en el pueblo, hacía un montón de trabajos… Me acuerdo que limpiaba el tanque del club Talleres o hacía changas de lo que viniera…

A los diez años se murió mi viejo y con mi mamá nos quedamos solos. Así que tuve que dejar la escuela…

-En el pueblo, todos te recuerdan trepado a las antenas como “Spiderman”…

-Sí (risas) ¿Sabés por qué agarré lo de las antenas? Porque un día lo vi haciendo eso al “Cachi” Bauk… Todavía no se había recibido de médico y ya hacía ese trabajo. Pero cuando él se mudó a Córdoba, lo agarré yo…

Es un trabajo que hice años y me salvó un montón de veces… Con decirte que todavía me llaman para sacar las torres de las casas viejas… Tienen miedo que se les caigan o les rompan los techos… Pero ya tengo 83 años… (risas).

Talleres de Ballesteros a principios de los ´60. Pirucho es el primer jugador parado de la izquierda.

El oficio de futbolista

-¿Y el fútbol? ¿Cuándo empezaste?

-Debuté de chico en la primera de Talleres. Y cuando el José Carlos Flores se fue a jugar a River de Villa María, me fui con él. O sea, cada vez que el José Carlos no podía ir, me llamaba a mí.

Así que jugué doce partidos allá, en ese equipo que salió cuatro veces seguidas a fines de los cincuenta. Yo jugaba de “cinco”; pero si estaba el José Carlos, yo me pasaba de “seis”. No era mucho lo que te daban, pero siempre me traía algo de plata…

-¿Y después?

-Después jugué para otros equipos; Sarmiento de Villa María, General Deheza y la Liga de Leones… Pero en Leones no pagaban mucho, así que no fui más. Un día me golpearon la puerta de mi casa y era la policía. No sabés el miedo que me agarró… Pero me dijeron: “No se haga problema, Rodríguez, lo venimos a buscar para jugar al fútbol… ¿Le gustaría formar parte del equipo del ejército?”.

-¿Les dijiste que “sí”?

-¿Y cómo iba a decirles que no a los milicos en esos tiempos? Jugué muchos años en ese equipo, que se había armado para campeonatos de “Fútbol Siete” acá por la zona… Había jugadores de Bell Ville, de Villa María, de todos lados…

Al José Carlos también lo llevaron… Me acuerdo que teníamos una camiseta que decía “Ejército Argentino”; y cuando entrábamos a la cancha, nos ponían la marcha “Avenida de las Camelias”…

La primera vez que jugué, ni nos hablaron de plata… Pero cuando terminamos, se me acercó un oficial y me dio un sobre: “Acá está la paga, Rodríguez”, me dijo. No era mucho, pero a mí me ayudaba un montón. Yo ya tenía a los chicos, el Enzo y la Érica. Y esa era una buena changa para los fines de semana…

Vistiendo los colores del «merengue» de Tiro y Gimnasia, en el Ballesteros de los años ´70. Gerardo «Pirucho» Rodríguez con su compañero inseparable del mediocampo, José Carlos Flores.

Me llama profundamente la atención que, cuando “Pirucho” habla de fútbol, siempre mencione la paga por encima de la pasión por jugar. Quisiera preguntarle, pero él, dejando el café sobre la mesa, se adelanta a mis pensamientos.

“Yo siempre jugué al fútbol como un trabajo… Cuando te quedás solo a los diez años, te das cuenta que la vida no es otra cosa que eso, trabajo y más trabajo… No tenés chances de estudiar, sino que vivís para que no le falte nada a tu mamá, a tu mujer y a tus chicos…

Aunque la Elba ha trabajado toda la vida; y mucho más que yo (risas)… Tal vez por eso es que…” -Y sin decir nada, “Pirucho” mira de reojo el ícono de Evita, el mismo que resplandece tras su cabeza y le pone una súbita aureola de cuarenta wats; como si fuera un apóstol del pasado.

“Comé torta, pibe… Comé que está buenísima”, me dice mi entrevistado, cambiando de tema. Y, efectivamente, la pastafrola de doña Elba es el mejor de los panes de cara a la Pascua; y acaso también de cara a todos los festejos de la gente que se ganado trabajando todo lo que tiene.

Yo siempre jugué al fútbol como un trabajo… Cuando te quedás solo a los diez años, te das cuenta que la vida no es otra cosa que eso

Simplemente “Cebolla”

Al escuchar a “Pirucho”, uno pensaría que es hijo único. Pero nada más alejado de la realidad. Es el último sobreviviente de una dinastía de “cracks”, el último retoño de una docena de hermanos de los cuales muchos brillaron en los primeros equipos de Talleres: el “Municaco” (Anastacio Ricardo), el “Mundo” (Reymundo), el “Cebolla” (Hipólito Francisco)…

De todos, el que más me intriga es el “Cebolla”; acaso porque en él se condensa la tragedia de los pueblos que ya es mitología, la del jugador de un talento extraordinario que no pudo (o no quiso, o no supo) dar el salto al estrellato.

Mi recuerdo del “Cebolla” viene de mi infancia también. Todavía lo veo con ropa azul de fajina, sentado en el cordón de los “oficios varios”, como le decían en el pueblo al sindicato de los changarines.

Alguien me dijo una vez, señalándomelo a él: “¿Vos sabés que ese hombre jugó en Newells?”. Yo no lo podía creer y una tarde, rompiendo mi timidez de chico de doce años, me acerqué al cordón y se lo pregunté. (Ahora que lo pienso, debe haber sido la primera entrevista que hice en mi vida).

Y el “Cebolla”, sacándose la gorra me contestó con mucho respeto, como si de hecho fuera una nota para El Gráfico. Me dijo que sí, que había jugado en Newells algunos partidos; y cuando le pregunté si había metido algún gol, me dijo: “Una tarde salimos dos a dos con Unión y yo metí los dos”.

Su voz me lo sigue diciendo todavía, en el disco duro de mi memoria, cuarenta años después. Pero el “Cebolla” moriría en 1988 y yo ya no tendría chances de repreguntas. Era el fin de la conferencia de prensa.

-Todos dicen que tu hermano fue el mejor jugador en la historia del pueblo… ¿Es así?

-Te lo puedo asegurar… Yo nunca vi un jugador igual… Y mirá que he visto buenos jugadores acá, ¿eh?… El “Cebolla” jugó para Newells y Central Córdoba de Rosario. Y cuando yo jugaba los torneos Evita, a él se lo quisieron llevar a Colombia. Pero no quiso ir porque le tenía miedo al avión…

Además, estaba muy metido con la novia del pueblo. Así que un día dejó todo y se volvió… Acá jugó en Sarmiento de Villa María y en Leones… Pero después empezó a tomar… Daba lástima verlo… Dejó el fútbol a los 25 años…

-Y murió muy joven también…

– No llegó a cumplir los 60… Al último daba pena verlo… A veces, a mí me salía una changa para pintar una casa y lo llamaba… Pero él se venía con la botella en una bolsa, y un día le dije que no podíamos seguir así, que iba a perder el trabajo yo… Al último vivía, con mi mamá y ahí murió… Pero comé torta, pibe, comé… ¿No te gusta?

Campeonato relámpago en Cárcano de 1967. «Pirucho» junto a una gloria del arco ballesterense; Ricardo «Cacho» Oviedo.

Pero yo me he quedado pensando en lo que pudo haber sido la vida del “Cebolla” si hubiera ido a Colombia en tiempos de la gran huelga del ´49… Acaso hubiera compartido cancha con Distéfano, Pedernera o “Pipo” Rossi, y de ahí, quién sabe…

Luego pensé en Miriam, su hija, radicada hace años en Rosario, a quien hace poco pude contactar por teléfono y le pregunté por su viejo. “De él sé muy poco, porque se separó de mi mamá cuando yo tenía dos años… Sé que después se deprimió mucho y tomaba. Yo después me vine acá a Rosario, donde me casé. Sólo tengo estas fotos ¿te sirven?”.

Y el envío de Miriam era una generosa remesa con postales coloreadas de Talleres, y algunas fotos de varios hermanos Rodríguez, entre los cuales estaba “Pirucho”. Se termina la historia del “Cebolla” como el café y la pastafrola y la entrevista.

Sólo para sobrevivientes

Antes de irme, le pregunto a “Pirucho” por algún partido que recuerde.

“Uno a principios de los ´60… Jugamos contra un combinado de Rosario que trajo el “Licho” López. Para ellos jugaba Santaclara, Cobelli, Peloso… Nosotros armamos un equipo de Talleres con algunos refuerzos, pero se lo ganamos bien.

No me acuerdo el resultado, pero sí del equipo completo”. -Y “Pirucho” me lo recita a la vieja usanza, el 2-3-5 de antaño-. Al arco el “Cacho” Oviedo; atrás el “Negro Martínez y el “Cabrón” Quinteros; la línea media éramos el “Kerosén” Junco, el José Carlos Flores y yo. Y adelante el “Cacho” Arrieta, el “Cuchi” Luna, el “Gordo” Gheller, el “Chiquito” Palacios y el “Licho” López…

También de un partido homenaje que jugamos en Leones contra Vicente de la Mata, que terminó por allá… Al poco tiempo nos quisieron llevar a probarme a Newells con el “Kerosén” y el “Cabrón”. Pero no fuimos porque no teníamos plata… Teníamos que pagar la nafta y todos los gastos del viaje… Después nos dijeron “menos mal que no fueron, porque había un montón para probarse y los ponían nada más que diez minutos…”.

A pesar que lo suyo era el duro oficio de marcar, le pregunto por algún gol que recuerde. Y entonces, poniéndose de pie como un resorte, “Pirucho” me dice: “Fue en el equipo del ejército… Yo estaba de espaldas al arco de ellos… Nuestro arquero saca, la pelota me sobra y me pasa por arriba… Y entonces, sin mirar y para que no se me vaya alta, me tiro de chilena… Miro y veo la pelota entrando en el ángulo… Nunca en mi vida hice algo así…

Cuando estaba en el piso, se me acerca el José Carlos y me dice: “qué golpazo que te pegaste, Negro… En el pueblo nadie te va a creer que metiste un gol así…” (risas).

-¿Y qué hiciste cuando te retiraste del fútbol?

-Empecé a jugar a las bochas, al principio por plata en el campo… Pero ojo, a la plata la ponían los otros…O sea que yo no iba a gasto porque no tenía… Si ganaba, me daban la comisión; si no, no ganaba, pero tampoco perdía. Era una buena changa… Después, jugué “de blanco” y gané 47 campeonatos para Talleres… Ahora estoy jubilado de todo; del trabajo y del deporte… Así que ya no tengo más changas los fines de semana… (risas)

Repaso esta nota desde el principio, y me doy cuenta que quise escribir, sin suerte, que la vida de “Pirucho” Rodríguez fue un largo rosario laboral; uno que arrancó hace más de 70 años con las changas en el campo, siguió en partidos de fútbol que para él, más que en títulos, se contaban en jornadas laborales con sus horas extras, y continuó con la instalación de antenas de televisión, pintura de casas y una suplencia en el Banco Córdoba de la que aún se enorgullece.

Pero luego me doy cuenta de que ese punto de vista es sesgado, infinitamente más pobre que la verdad primera y última de su existencia. Y esa verdad me dice que ese hombre que está frente a mí, que ese hombre que me ha invitado a su casa a tomar el café y comer torta, que ese que pasó por los “oficios varios” de la vida es, ante todo, un sobreviviente; un uno de los tantos que hubo en el país en esos tiempos y uno de los pocos que quedan. Y que ayudar a los suyos ha sido y sigue siendo “la razón de su vida”.

Por eso, cuando tengo que partir, le pido una foto al lado de Evita, la mujer que le regaló el primer guardapolvo y le dio la oportunidad de tener su primer oficio.

“¿Está bien, acá?”, me dice. Le digo que sí, que está perfecto. Hago click con el celular y el velador me alumbra, de manera fugaz, la sonrisa de dos descamisados del cincuenta.

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