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¿Te acordás de tu primer jeans?
Historias detrás de un objeto de culto e ícono sociocultural
Mi primer jeans “oficial” fue un “Vanquish”, la marca a la que tiempo después le hizo publicidad el Mono Navarro Montoya. No sé si te acordás. Era de tiro alto, como todos los de esa época. O, por lo menos, bastante más de los que se usan ahora. Hoy, daría risa.
Me lo había comprado mi viejo en la tienda del Osvaldo Martino, en Chazón. Iba a séptimo grado, acababa 1990 y estábamos por salir de viaje de estudios a Carlos Paz. Y había que llevar algo de pilcha nueva.
Ahí ligué un par de zapatillas y alguna que otra remera. Los nevados eran, por esa época, el último grito de la moda. ¡Cómo olvidar esos pantalones horrendos que parecían sometidos a una sesión de tortura en una cisterna de Ayudín, pero de los cuales todos hablaban!
Los nevados y los “tiro alto” volvieron con el tiempo. En cuestión de moda, nada se pierde, todo se transforma.
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Antes de ese vaquero oscuro, le hacía a los joggins, azules por lo general, a algún que otro “pantalón de vestir”, o a los batalladores “Far West”, o “fargüés”, a secas, como se los llamaba entonces.
La mayoría, como les ha pasado a muchos, era botín de guerra de la herencia familiar, obtenido de algunos primos mayores. Por lo general, de El “Roli”, hijo de la Tía Chola, que era mi madrina, pero siempre caía con regalos para todos; el “Guille”; o muy de vez en cuando, de algunos de los hijos de la tía Marta que vivían en Buenos Aires y a los que casi ni conocíamos.
Mis hermanas también obtenían su tajada alguna que otra vez, pero con las prendas que le quedaban chicas a la prima Fabi.
Los pantalones de corderoy también eran una fija. Algunos, medio gastados, estaban para dar largas batallas invernales. Y los cortos, esos pantalones sí que se las aguantaban. Pensar en un vaquero ni se me ocurría, en parte porque no eran aptos para consumo de cualquier bolsillo, no existía tanta variedad y no gozaban de la celebridad de hoy. La que hace imposible pensar la vida sin uno de esos. Tan insustituibles como la Coca Cola, tan populares como Los Beatles.
Si Levi Strauss pudiera ver en el ícono de la moda planetario en que se ha transformado su lejano invento de un pantalón resistente para mineros y buscadores de oro borrachines, se caería de espaldas. O de culo, para hablar más de entre casa y hacer honor a la gran sorpresa que se llevaría el tipo.
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La ropa de marca, cheta o careta -la denominación va en gusto- era en nuestras vidas una especie de cross al hígado desde la adolescencia. Sobre todo, si no tenías guita. La competencia era atroz. Aparecer enfundado en un Nasa o en un This Week, como ahora lo sería con un Kosiuko, un Levi’s o la marca de moda, y antes con un Far West, un Lee o un Wrangler, era exponerse a la envidia y admiración ajenas. Y solo eran unos pocos
los privilegiados que podían enfundarse en uno de esos. Más o menos como ahora, pero menos todavía.
Eran las primeras salidas, los primeros boliches, las primeras chicas. Había que pelearla para tener un jeans a la altura de las circunstancias. Tremenda disputa que hasta no hace mucho largaba con el acné y la pubertad, pero que ahora comienza, un poco más, apenas la partera pega un par de cachetazos para que lloriquee el bienvenido a este mundo.
Resulta entre increíble y canallesco que los bebés gocen de privilegios que nosotros con granos en la cara y hormonas alteradas no hubiéramos ni soñado. Esos raros objetos del deseo son tan comunes en los primeros años de vida que hasta los chicos de jardín de infantes parecieran tener un posgrado en tipos de jeans. Son capaces de diferenciar con precisión de ingeniero nuclear uno común, de un Oxford o un chupín. ¡Estábamos tan lejos de someter a eternas torturas la billetera de nuestros viejos para poder empilcharnos!
Al tiempo, aparecieron las versiones truchas de las grandes marcas y ahí se consiguió algo de aparente igualdad. A su modo, la lucha de clases se resintió un poco, aunque el mercado de las falsificaciones recién fue mejorando con el tiempo y ahora hay montada tremenda industria paralela a la legal que factura millonadas. La misma que permite que muchos pibes puedan tener un jeans “de marca” como su primer jeans, pero con un descuento generoso por no portar “altas etiquetas”.
Pensar en ese jeans que nos voló la cabeza, para bien o para mal, puede parecer una simple cuestión de espíritu consumista, frivolidad o esnobismo. No importa. Había un tiempo cuando el primer jeans era como el primer amor.
¿Te acordás? Nunca se olvidaba.
Ya no. Pero esa, esa es otra historia.